Seychelles, el paraíso fiscal de Kirchner
Cristina Fernández de Kirchner - reuters
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Seychelles, el paraíso fiscal de Kirchner

La presidenta argentina viajó en enero a las islas, donde tendría varias cuentas

carmen de carlos
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Las Seychelles se han convertido en islas malditas para la presidenta de Argentina. La sombra de que este paraíso fiscal es uno de los refugios de los cientos de millones de euros presuntamente amasados por Cristina Fernández de Kirchner y su difunto marido, cada día se alarga más.

La justicia argentina investiga centenar y medio de sociedades atribuidas a Lázaro Báez, supuesto testaferro y socio de Néstor Kirchner que, gracias a una hábil ingeniería empresarial —con múltiples triangulaciones—, terminaría desviando fondos no declarados y de origen «non sancto» a cuentas cifradas en Seychelles.

En ese contexto, las miradas se dirigen ahora a la jefa del Estado. Especialmente después de que un programa de televisión reconstruyera su gira de enero por diversos países asiáticos donde incorporó una escala, aparentemente caprichosa, en las islas bañadas por el Océano Índico donde los multimillonarios del planeta ocultan fortunas de origen dudoso.

La agenda presidencial que tuvo, durante su estancia allí CFK, siglas por las que se conoce a la presidenta, es un misterio que alimenta más la idea de que las Seychelles son el refugio de su fortuna oculta.

El periodista Jorge Lanata, al frente de PPT (Periodismo Para Todos) y su equipo, se ocuparon de seguir la denominada «ruta del dinero K» por el archipiélago y provocaron el mayor temblor —en el terreno de la corrupción— que se haya registrado en la Casa Rosada desde mayo del 2003, fecha en la que Néstor Kirchner llegó al poder.

Prueba de ello fue la reacción del Ejecutivo.

El Gobierno, una semana después de las denuncias, aún no aclaró qué hizo Cristina Fernández durante su estancia, según el Ejecutivo, de «13 horas y 30 minutos» en las Seychelles (El BOE la amplia a 48 horas).

Poco convincente

La Casa Rosada justificó oficialmente la parada por la necesidad de hacer una escala técnica donde, curiosamente y pese al tiempo de estancia, el avión ni siquiera repostó (lo haría seis horas más tarde en otro destino). El argumento de la «escala técnica» obligatoria de tantas horas fue desbaratado por el expiloto presidencial Jorge Pérez Tamayo, media docena de especialistas en aeronavegación y la periodista venezolana Nella De Luca que coincidió por casualidad con ella el 22 de enero y dos días antes con la comitiva oficial que la precedió. «Cuando llegué el 20 ya estaba la delegación (argentina). Eso estaba planeado», declaró.

En lugar de facilitar la información que podría desmentir el reportaje, el Gobierno dirigió las baterías contra el portador de tan nefastas noticias que, una vez más, volvió a colocar al matrimonio Kirchner y ahora a la viuda del ex presidente, en el blanco de la corrupción argentina.

El Ejecutivo reaccionó con virulencia, insultos y algo muy parecido a amenazas implícitas. Por primera vez, la Casa Rosada disparó un comunicado desmintiendo todo antes de que terminara el programa. El texto, firmado por el secretario general, Oscar Parrilli, trató al periodista de «sicario de Magnetto» (gerente del grupo Clarín), calificó la información de «bastarda, cruel y baja mentira» e insistió en que el informe, hecho sobre el terreno, se hizo «mintiendo descarada y maliciosamente con un nivel ilimitado de odio y saña».

Asimismo, dijo que el objetivo de Lanata era, «infundir odio en sectores de la sociedad en contra de la presidenta de la nación para llevar a cabo su plan maquiavélico de incitación a la violencia». Dicho esto no informó sobre las actividades de Cristina Fernández ni mencionó nada sobre una sociedad, no declarada, de Néstor Kirchner en Irlanda de la que también se dió cuenta en el programa. «Creo que Cristina fue a hacer un trámite financiero (a las Seychelles) que necesitaba, forzosamente, de su presencia física… De su firma», sospecha Lanata, el periodista objeto de la ira oficial.

Parilli, en diversas entrevistas posteriores le llamó «asesino mediático» y la cuenta oficial de Twitter de la Casa Rosada (equivalente a la Moncloa) despachó un mensaje donde se referían a él como el «gordo chanta» (listillo).