Agentes inspeccionan un piso en Greenwich en el que vivía uno de los dos sospechosos
Agentes inspeccionan un piso en Greenwich en el que vivía uno de los dos sospechosos - REUTERS
radicalismo en greenwich

La delgada línea entre un folleto y la yihad asesina

Algunos lo simplifican hablando de «lobos asesinos». Otros prefieren «células yihadistas independientes». Noman Benotman cree que los fanáticos de Woolwich o de Boston practican la «yihad al-Nickayah»: no buscan la victoria, solo hacer daño

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Michael Adebolajo y Michael Adebowale, los dos sospechosos de matar a un soldado a cuchilladas en plena calle y a la luz del sol, formaban parte del paisaje. El primero, de 28 años, era una presencia habitual en las mesas de información que instalaban grupos islamistas en la calle Powis, el corazón comercial de Woolwich. La semana pasada misma, Adebolajo repartía ahí folletos de reclutamiento de potenciales yihadistas para Siria, según algunos testimonios. Varios testigos aseguran haberle visto a menudo frente a la tienda de Poundland, una conocida cadena de «Todo a 100», gritando invectivas contra la presencia de tropas británicas en Afganistán. Adebowale, de 22 años, formaba parte del mobiliario islamista radical en la cercana zona de Greenwich, donde solía repartir también folletos yihadistas en una mesa junto al «Cutty Sark», el conocido museo-barco del sureste de Londres.

Estos dos jóvenes británicos de origen nigeriano siguen convalecientes en sendos hospitales por los disparos recibidos el miércoles, minutos después del intento de degollar a Lee Rigby, un soldado de 25 años. Adebolajo y Adebowale, a diferencia de yihadistas de los 80 y los 90, no tuvieron que viajar muy lejos para cumplir su delirio de guerra santa. Estos puntos de información radical son habituales en ciertas poblaciones inglesas, marcadas por una fuerte presencia de inmigrantes. Pertenecen a conocidas organizaciones islamistas radicales como Al-Mujahiroun o Islam 4 UK, ambas ilegalizadas en 2010.

Los puntos de información yihadista son habituales en ciertos barrios de Inglaterra

Uno de los líderes más conocidos de la primera, Anjem Choudary, se negó el jueves a condenar el ataque en la BBC. «Lo que dijo [Adebolajo] explica lo que hizo», dijo el predicador, conocido por sus opiniones extremistas. Con las manos aún manchadas con la sangre caliente de Rigby, Adebolajo se expresaba así en un vídeo: «Juramos por Alá el Misericordioso que nunca pararemos de luchar contra vosotros, la única razón por la que hemos hecho esto es porque hay musulmanes que mueren cada día, la muerte de este soldado es un ojo por ojo, diente por diente». Choudary, uno de los «tutores» del proceso de conversión al Islam del joven detenido, lo tiene claro: «No creo que haya muchos musulmanes que no estén de acuerdo», dijo, en referencia a las palabras de Adebolajo.

Convertido y radicalizado por dos conocidos clérigos

Choudary tomó el testigo en la radicalización de Adebolajo de Omar Bakri, el gran líder ideológico de Al-Mujahiroun. Desde Beirut, donde fue expulsado por las autoridades británicas por repetidas incitaciones al odio y justificar atentados terroristas, el clérigo yihadista ha explicado que fue el quien convirtió al joven, proveniente de una familia cristiana. «Teníamos una mesa de información en una calle en Londres en la que hablábamos sobre el significado de la vida con los viandantes; él se paró a hablar con nosotros y le invitamos al Islam», ha explicado Bakri.

El viernes por la mañana no había rastro de tenderetes islamistas por las calles de Woolwich. Un hombre tocaba tranquilamente el acordeón delante de la tienda de Poundland, mientras decenas de vecinos entraban y salían de los comercios de la calle Powis. Otra de las mesas de información en las que Adebolajo era habitual, situada a menudo delante del banco HSBC en la Woolwich High Street, tampoco estaba instalada. En dirección al Este, los responsables del Centro Islámico de Greenwich, conocido también como la mezquita de Woolwich, no quieren atender a la prensa y se remiten a un comunicado de condena.

«No apoyamos y nunca apoyaremos estos actos de maldad, y pedimos que estos dos hombres sean severamente castigados en cuanto criminales, y no como 'musulmanes'», dice el comunicado, publicado en su página web. Decenas de vecinos de muchas de las nacionalidades presentes en el barrio –somalíes, nigerianos, paquistaníes...– se apresuraban a entrar al rezo de la una del mediodía, el más concurrido del viernes. Pero la habitual hospitalidad islámica es sustituida estos días por una cortina de tensión y silencio.

Preocupación vecinal por los puestos islamistas

William Macleod, un vecino blanco de 70 años, no se calla: «Todos tenemos opiniones, pero no deberían permitirles repartir esos folletos y difundir esas ideas», explica. Acaba de depositar junto a su mujer, Carol, un ramo de flores en la verja del cuartel de artillería frente al que fue asesinado el joven soldado. «El islam tiene mucho por lo que responder en todo el mundo», afirma. Estos días, la comunidad musulmana británica, compuesta por cientos de miles de ciudadanos perfectamente integrados en las islas, se esfuerza por separar su credo de acciones como la de Woolwich, cometidas al grito de Alá.

En relación a los folletos con propaganda islamista radical, una especialista se muestra realista. «Ya tenemos leyes que prohiben ese tipo de incitaciones al odio», recuerda Rachel Briggs, responsable de investigación del Institute for Strategic Dialogue, un centro de estudio de la integración. «Hay varios motivos que recomiendan que la política antiterrorista no se desvíe hacia la prohibición de todos los discursos radicales que sean no violentos y legales», entre los que cita la protección de la libertad de expresión, las complicaciones prácticas inherentes a una política así y sus potenciales inconsistencias, «que no harían más que alimentar las tensiones entre comunidades», explica a ABC..

Prevenir este tipo de tensiones ha sido la gran preocupación de las autoridades tras el asesinato. La policía ha detenido a al menos siete personas por comentarios racistas o incitación al odio. Y distintos líderes religiosos han lanzado mensajes de calma. Pero nadie niega la tensión. Ayer, entre 1.500 y 2.000 personas, muchas más de las esperadas, participaron en una marcha en recuerdo del soldado Rigby en Newcastle, organizada por la Liga de Defensa Inglesa (EDL). «Islam fuera» y «Recuperemos las calles» fueron algunas de las consignas de este grupo islamófobo, que ha pasado de 20.000 seguidores en Facebook a 150.000 desde el asesinato del militar.

Según datos de Demos, un «think-tank» de estudios políticos y sociales, casi la mitad de los miembros de minorías británicas vive ya en barrios «de mayoría no blanca», lo que «incrementa el número de personas con poco contacto con la población británica». Según el censo de 2011, el 86% de los británicos son blancos, pero ya hay unos diez millones de personas pertenecientes a minorías étnicas.

La mitad de las minorías británicas vive ya en barrios de mayoría no blanca

Se refieren a localidades como Woolwich, o Luton. En esta localidad a norte de Londres en la que vive Anjem Choudary, la policía detuvo el mes pasado a dos seguidores de Al-Mujahiroun que planeaban un atentado contra unas instalaciones militares. Probablemente, como Adebolajo y Adebowale, habían dado el salto del reparto de folletos a la toma de las armas. En ese camino, es habitual –aunque no imprescindible– tener una experiencia iniciática en alguno de los puntos calientes del yihadimo. Para Adebolajo, según se ha confirmado en las últimas horas, fue un viaje a Kenia en 2010 en el que fue detenido, arrestado e interrogado por el ejército keniano.

De un perfil similar, Roshonara Choudry es otra de las heroínas del extremismo islamista británico. En mayo de 2010 apuñaló al diputado Stephen Timms, inspirada en el mensaje de Omar Bakri, el gran líder espiritual de Al-Mujahiroun. Según publica «The Sunday Times» este domingo, tanto Adebolajo como Adebowale frecuentaron un grupo de rezo dirigido por Usman Ali, un ex miembro de Al-Muhajiroun, en un centro cívico en Plumstead, al lado de Woolwich.

Muchos recurren a la metáfora del «lobo solitario», en la que se encuadran otros casos como los atentados del maratón de Boston o los asesinatos de militares franceses por Mohamed Merah. A Noman Benotman, que fue un dirigente yihadista libio en los 80 y coordina ahora el «think tank» antiextremista Quilliam, no le gusta la expresión. «Operan en sus propios términos y atacan al enemigo, en grupo o en solitario, sin buscar la victoria, sino con el único objetivo de generar daño y terror», explica por correo electrónico. «Por eso, prefiero hablar de yihad al-Nickayah, un término religioso muy conocido entre los yihadistas», explica.

Debate sobre la definición de este tipo de terrorismo

Javier Jordán, especialista de la universidad de Granada, prefiere no fijarse en las motivaciones a la hora de clasificar el terrorismo yihadista. «Ni los de Boston ni los de Woolwich pueden ser lobos solitarios por la sencilla razón de que eran más de uno, encajarían mejor en la categoría de célula independiente (no vinculada a una organización superior), aunque la célula esté reducida a la mínima expresión», defiende. Su definición de «lobo solitario» es más restrictiva, y cita como ejemplos a Arid Uka, el kosovar que asesinó a dos soldados de EE.UU. en el aeropuerto de Fráncfort en 2011, o el noruego Anders Breivik. «Habitualmente experimenta un proceso de auto-radicalización y, en una proporción superior a la media de los componentes de los otros grupos, sufre algún tipo de trastorno psicológico o psiquiátrico que en ocasiones merma su eficacia», nos explica.

La ministra de Interior británica, Theresa May, lo descartó claramente en una entrevista este domingo: «No eran lobos solitarios». La policía, de hecho, ha detenido a otras cuatro personas por ahora en relación al caso. Es el nuevo terrorismo que los expertos califican como automotivado y, a menudo, pobre en tecnología y armamento. Y la pesadilla de los servicios de seguridad británico es discernir, con la ayuda de los perfiles elaborados por la unidad de estudio del comportamiento del MI5, quiénes darán el salto a esta «yihad al-Nickayah» de entre quienes reparten folletos en las calles británicas.

Las fuerzas de seguridad tienen de forma permanente a entre 2.000 y 3.000 personas en sus listas de radicales. Adebolajo pasó por ellas varias veces. Controlan de cerca de quienes cruzan fronteras rumbo a los frentes calientes del yihadismo, pero separar el grano (los potenciales terroristas) de la paja (quienes defienden puntos de vista radical) en el ámbito doméstico es más complejo.

Así lo ve Richard Barrett, ex responsable de antiterrorismo del MI6: «¿En qué momento alguien que tiene puntos de vista radicales, o que se ha unido a un grupo radical, da el salto a ser un extremista violento? Encontrar esas señales, esas banderas rojas, es muy difícil». Para muchos, es imposible. Eric Pickles. El propio ministro de Comunidades británico, Eric Pickles, reconocía esta semana que el gobierno no tiene ni recursos ni amparo legal para «espiar, seguir, controlar o detener 24 horas al día» a las 2.000 o 3.000 personas que figuran en sus listas.