Viaje a Corea del Norte, el país donde se planifican hasta los cortes de pelo
Una brigada de hombres, mujeres y niños acarrean piedras en el campo en la carretera a Kaesong (Corea del Norte) - pablo m. diez

Viaje a Corea del Norte, el país donde se planifican hasta los cortes de pelo

Seis años después, ABC regresa a Pyongyang, donde los periodistas entran con cuentagotas

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Más que en el espacio, viajar a Corea del Norte es retroceder en el tiempo a la Unión Soviética de Stalin o la China de Mao. Seis años después de su primera visita, ABC vuelve a Pyongyang, que sólo concede visados a 3.000 turistas occidentales al año y prohíbe la entrada de periodistas.

Tras la escalada de la tensión de las últimas semanas, en las que el régimen de Kim Jong-un ha declarado el estado de guerra y redoblado su retórica belicista, la capital norcoreana está movilizada. Pero no para una contienda, sino para la ligera apertura económica iniciada tras la muerte de Kim Jong-il, padre del actual dictador, en diciembre de 2011.

Nada más aterrizar en Pyongyang a bordo del Tupolev de Air Koryo procedente de Pekín, al visitante le dan la bienvenida las obras en la nueva terminal del aeropuerto. Los albañiles, soldados de uniforme, nos miran a los extranjeros que desembarcamos a pie de pista con tanta curiosidad como nosotros a ellos porque, al fin y al cabo, acabamos de traspasar la última frontera de la Guerra Fría. Si antes los agentes de aduanas requisaban los móviles de los turistas y se los devolvían el día de su marcha, ahora sólo apuntan el modelo y hasta indican al viajero el mostrador donde alquilar por 50 euros una tarjeta SIM para llamar a casa. Curiosamente, sólo funciona en la última generación de «smartphones», pero no en el «viejo» iPhone 3 que lleva encima este corresponsal.

Peluquería donde se ven los 24 pelados masculinos permitidos (FOTO: P.M. DÍEZ)
Peluquería donde se ven los 24 pelados masculinos permitidos (FOTO: P.M. DÍEZ)

Camino de la ciudad, y en medio de un frenético ajetreo, legiones de hombres, mujeres y niños remueven la tierra con picos y palas en las cunetas, reparan la calzada con bloques de piedra que cargan sobre la espalda, pintan de blanco los troncos de los árboles y limpian los parterres de las avenidas. «Al llegar la primavera, el Gobierno moviliza a todo el mundo en abril para adecentar las calles con motivo de los celebraciones por el aniversario del nacimiento del fundador de la patria, Kim Il-sung, y de la fundación del Ejército», nos explica nuestra guía, que nos acompañará durante todo el viaje junto a otra compañera para vigilarnos y que no vayamos solos a ningún sitio.

Al igual que las brigadas urbanas que nos cruzamos, ellas mismas estuvieron acarreando sacos de cemento en la construcción de las futuristas torres de 45 plantas levantadas en doce meses en la calle Changjon para festejar el año pasado el centenario de Kim Il-sung.

Coches y móviles

Con 100.000 apartamentos, tan modernos rascacielos suponen el nuevo símbolo de Pyongyang, junto a los coches que van llenando sus antaño desiertas avenidas y los móviles que empiezan a enganchar a los norcoreanos con tanto furor como a sus hermanos del Sur. Puesto en marcha en 2008 por la teleoperadora local Koryolink en colaboración con la egipcia Orascom, dicho servicio ya cuenta con dos millones de abonados. Aunque con dichos móviles no pueden llamar a los números que se alquilan a los turistas e internet sigue censurado por las autoridades, que sólo permiten acceso a una «intranet» con contenidos controlados en oficinas y bibliotecas públicas, hablar por teléfono era un lujo impensable para los norcoreanos hace pocos años.

Igual que conducir un coche. Limitados antes a los Mercedes del Gobierno, los taxis Dacia con la línea del Renault 12 y los desvencijados camiones chinos del Ejército, cada vez circulan más vehículos por las calles de Pyongyang. Y más nuevos. Según revelan sus matrículas blancas, la mayoría pertenecen a empresas estatales y son sedanes Fiparam y furgonetas Samcheonri de la marca local Pyeonghwa, que se basan en modelos italianos y chinos. Pero los particulares de Pyongyang ya pueden adquirir su propio coche privado… siempre y cuando tengan un historial ideológico impecable y los 7.000 euros que cuesta el más barato. Para elegir tienen Audis A4, Volkswagen Passat y Ford Mondeos traídos de China… ¡Y hasta un Porsche Cayenne que atraviesa la plaza Kim Il-sung! Allí siguen colgados los retratos del «Presidente Eterno» y de su hijo, el «Querido Líder» Kim Jong-il, en el Gran Palacio de Estudio del Pueblo, pero han desaparecido los cuadros de Marx y Lenin que adornaban la fachada del contiguo Ministerio de Comercio.

Bajo este sobrio edificio pasan cuatro jóvenes con gafas de sol y gorras de béisbol caladas como si fueran raperos, de moda en la conservadora sociedad norcoreana. Siguiendo con estos nuevos aires, la orquesta femenina Moranbong, que aparece en televisión tocando para el joven caudillo Kim Jong-un, no sólo ha popularizado la imagen del ratón Mickey de Disney, que muchos niños lucen en sus mochilas, sino también las faldas por encima de la rodilla.

La permanente número 9

Pero hasta el peinado sigue estando planificado en este país, como se aprecia en los carteles con los 24 tipos de corte pelo para los hombres, y 18 para las mujeres, que ofrece el Centro de Ocio Corporal de Changgwangwon, cuyos 400 empleados atienden a unos 2.500 clientes al día mientras la televisión repite sin cesar imágenes de desfiles militares. Con los rulos en la cabeza, entre ellos destaca la señora Won, funcionaria del Ministerio de Trabajo que escoge la permanente número 9, viene un par de veces a este salón de belleza, habla inglés y forma parte de la élite norcoreana.

Al cambio oficial, el sueldo medio de los funcionarios estatales es de 3.000 won al mes (15 euros) y, según la lógica comunista, debería bastar para adquirir los productos básicos subsidiados por el Gobierno, que cada mes entrega a los empleados públicos 14 kilos de arroz y 28 a los oficiales del Ejército. Pero en los últimos años se ha impuesto la economía de mercado por la entrada de divisas y todo tipo de artículos importados de China, desde carne de Australia hasta coñac Hennessy pasando por ordenadores y pantallas de plasma, que se venden abiertamente a precios astronómicos en tiendas y supermercados. Como consecuencia, ha florecido un mercado no oficial, pero real, que cambia el euro a unos 8.000 won. En el Almacén Número 1, eso es lo que cuesta la bolsa de detergente por el que pugnan un grupo de mujeres. Pero también algo menos de lo que vale una Coca-Cola en la cafetería Pyolmuri, donde unos comensales dan buena cuenta de una ración de gambas, pizza y vino tinto con el pin de los Kim en la solapa y dos paquetes de Marlboro y Camel sobre la mesa.

Sobornos a funcionarios

«Sólo con sus salarios, los funcionarios no pueden sobrevivir ni tener móviles, así que aceptan sobornos», nos explica por correo electrónico desde Seúl Jung Gwang Il, un antiguo militar que trabajaba en una empresa estatal y desertó a China, y luego a Corea del Sur, tras pasarse tres años en un campo de reeducación.

Los campesinos, que ahora pueden comercializar las verduras que cultiven en los patios de sus casas, abarrotan las carreteras con fardos que cargan a sus espaldas o sobre sus bicicletas para venderlas en los mercados callejeros. Con el dinero ganado, pueden comprar otros productos para su propio consumo o para revenderlos en sus pueblos.

«La situación ahora es mucho mejor que durante la Ardua Marcha», asegura en la cooperativa modelo de Chongsanri la abuela Choe Okseon refiriéndose a la «Gran Hambruna» que se cobró entre 300.000 y dos millones de vidas en los 90. Según la ONU, seis de los 24 millones de norcoreanos aún necesitan ayuda humanitaria, pero cualquier cambio parece un notable progreso en este país tan aislado. Incluso aunque al final todo se quede como antes.