Reeducada para no protestar
Cao Shunli, que se pasó dos años en un campo de reeducación mediante el trabajo, ante un cartel de la propaganda con los caracteres en mandarín de la palabra China - pablo m. diez
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Reeducada para no protestar

Una exprisionera nos adentra en los campos de trabajo donde la Policía china retiene a 60.000 personas sin condena judicial

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Ningún juez la condenó, pero Cao Shunli, una disidente pequinesa licenciada en Derecho, perdió su libertad dos años. Por participar en una protesta callejera, se pasó ese tiempo encerrada en un campo de reeducación mediante el trabajo, donde la Policía china puede confinar de forma arbitraria a sus prisioneros hasta cuatro años sin pasar por un tribunal. Conocidos como «laojiao» en mandarín, los 320 campos repartidos por el país retenían el año pasado a 60.000 personas por «delitos» como manifestarse contra las autoridades, pertenecer al perseguido culto «Falun Gong”, drogarse o prostituirse. Muy criticados, el régimen chino estudia reformar o abolir tan cruel instrumento de represión, vestigio de la época de Mao.

«Tras ser detenida, estuve siete días en comisaría, donde me interrogaron 24 horas al día, sin dejarme dormir ni permitirme ver a un abogado», explica a ABC Cao Shunli, quien pensaba que iba a ser puesta en libertad al cabo de una semana. En lugar de soltarla, los agentes la esposaron, la metieron en un coche patrulla y la llevaron a un campo de reeducación para mujeres a las afueras de Pekín. Era mediados de abril de 2009 y allí se pasaría un año entero totalmente alejada de su familia. Como los prisioneros sólo pueden ver a sus progenitores, cónyuges e hijos, pero no a sus hermanos ni a ningún abogado, Cao Shunli, que es soltera, prefirió no decirle nada a su anciano padre.

Empezaba así una vida alienante marcada por el lavado de cerebro de las clases de reeducación y los trabajos forzados, el maltrato psicológico y, en ocasiones, hasta palizas. «Te sientes impotente porque exiges explicaciones y nadie te escucha. Cuando ves los castigos, te derrumbas», recuerda Cao Shunli, quien se declaró en huelga de hambre para protestar. «Cuando caí enferma al quinto día, me alimentaron primero por la nariz con una sonda y luego de forma intravenosa», desgrana la mujer, quien coincidió en la enfermería con algunas seguidoras de Falun Gong que se habían enzarzado en una pelea con los guardias.

Según calcula, en el campo había un millar de prisioneras. La mayoría eran prostitutas, timadoras y drogadictas, pero tampoco faltaban disidentes políticos y «peticionarias». Así se denomina a los agraviados por los abusos de las autoridades, como las expropiaciones irregulares de las tierras de los campesinos para dar «pelotazos» inmobiliarios.

Duras condiciones

Arrastrando problemas de estómago porque sólo le daban de comer arroz con verduras y pan, no le quedó más remedio que adaptarse a la rutina del campo. «Tras levantarnos a las seis de la mañana y hacer la cama, nos pasaban revista y nos daban el desayuno a las siete, antes de trasladarnos a una clase donde teníamos que estar sentados hasta las nueve y media de la noche, con tres descansos para almorzar, cenar y ver las noticias de la televisión estatal», indica Cao Shunli. Con uniformes azules en invierno y rosas en verano, los prisioneros deben permanecer todo el tiempo con la espalda erguida y los brazos pegados al cuerpo o sobre las rodillas. Incluso de noche duermen boca arriba manteniendo horizontalmente la posición de firmes y sin taparse la cara. «¡La prisionera Cao Shunli solicita ir al servicio, señor!», tenía que gritar, en plan militar y levantando el brazo, cada vez que quería orinar.

«Es horrible, hay gente que no lo aguanta. Una compañera intentó suicidarse golpeándose la cabeza contra un muro», se lamenta la mujer, que distingue «dos tipos de reeducación dependiendo de si el prisionero ha confesado o no». En este último caso, los internos deben leer cuatro libros: uno detallando las maneras de confesar, otro con 3.000 caracteres a memorizar sobre las normas del campo, otro para evitar la reincidencia y uno más explicando los efectos positivos del confinamiento. «La enseñanza patriótica incluye proclamas ensalzando al Partido Comunista y las leyes del país, así como técnicas de relajación para pervertidos y exhibicionistas», rememora la mujer, obligada como el resto a estudiar todo el día y a trabajar como mano de obra gratuita en una huerta o fabricando delantales de co cinero.

Como una reminiscencia de la época maoísta, los prisioneros están obligados a relatar su vida entera y la de su familia, o a pintarla en dibujitos si no saben escribir. Todo con tal de lograr el certificado del director del campo que permita su liberación. Esta dependerá de lo servil que sea su comportamiento con los guardianes, que abusan de su superioridad humillando a los prisioneros.

Al cabo de un año, Cao Shunli fue liberada, pero no pudo recuperar su vida normal porque ya había sido fichada como «problemática». Privada de su carné de identidad, necesario para comprar billetes de avión o tren, intentó viajar a la Expo de Shanghái en 2010 y la encerraron otro año más para que no volviera a manifestarse. Vigilada a todas horas, fue confinada bajo arresto domiciliario durante la última Asamblea Nacional. «No podemos fiarnos de ti», le dijo la Policía. Todavía no ha sido reeducada para no protestar.