La sombra de la Francia imperial se extiende sobre la guerra de Malí
El presidente Hollande visitó el pasado mayo a las tropas francesas acantonadas en la base de Kapisa, en Afganistán - afp

La sombra de la Francia imperial se extiende sobre la guerra de Malí

Desde De Gaulle a Hollande, todos los presidentes han mantenido una relación de «grandeur» con sus antiguas colonias

juan pedro quiñonero
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Valery Giscard d’Estaing habla con un profundísimo conocimiento de la cuestión: «En Malí, Francia corre el riesgo de embarcarse en una aventura neocolonial». Expresidente de la República, Giscard es un testigo, actor y analista excepcional de una crisis cuyos antecedentes permiten comprender la naturaleza «imperial» de una intervención decidida por el actual mandatario francés, François Hollande, en la mejor tradición nacional de la «monarquía nuclear».

La Constitución de la V República confiere al jefe del Estado, elegido a través del sufragio universal, unos solitarios poderes excepcionales en materia de seguridad y defensa: es jefe del Estado Mayor de los ejércitos, puede lanzar y dirigir personalmente operaciones militares en el exterior, y tiene en los sótanos de su despacho la célula militar desde donde puede lanzar un ataque o respuesta atómica.

Tras la independencia, la Francia del general De Gaulle negoció una veintena de acuerdos de seguridad, defensa y cooperación militar con sus antiguas colonias, en virtud de las cuales París puede intervenir militarmente «a la demanda» de los gobiernos amigos y aliados. Ese es el fundamento diplomático, institucional de medio centenar de intervenciones militares en sus antiguas colonias en el último medio siglo.

Todos los presidentes de la V República, De Gaulle, Pompidou, Giscard, Mitterrand, Chirac, Sarkozy y Hollande, han utilizado esas prerrogativas institucionales para dirigir un rosario de campañas militares en África, presentadas siempre con la misma cobertura diplomática: «ayudas a nuestros aliados», «preservar la integridad del Estado» (países creados por Francia), «asegurar los intereses nacionales». Entre ellos, las minas de uranio en Níger (fronterizo con Malí), posiciones militares en Chad, inversiones y alianzas en Zaire, Costa de Marfil, Centroáfrica, Gabón, Togo y Ruanda.

De Gaulle sacó a Francia de la estructura militar de la OTAN y negoció la independencia de Argelia

Desde De Gaulle a Hollande, cada presidente francés ha dirigido a su manera las distintas operaciones militares en las antiguas colonias. Durante muchos años, los analistas militares más calificados estimaban que Francia era una «monarquía nuclear». La tercera potencia atómica mundial (tras Estados Unidos y Rusia) ofrecía a su presidente unos poderes militares excepcionales y un «sable atómico», un parque de artillería nuclear que tuvo una importancia estratégica durante varias décadas.

De Gaulle ejerció la función presidencial con una grandeza de otra época: sacó a Francia de la estructura militar de la Alianza Atlántica, negoció la independencia de Argelia y la descolonización, puso los cimientos industriales, militares y conceptuales de su «monarquía nuclear».

Giscard dirigió en persona la operación «Leopardo», el envío de paracaidistas a Kolwezi, en Zaire, para liberar a unos 3.000 civiles secuestrados por los rebeldes del Frente de liberación nacional del Congo (FLNC). En Chad, Giscard también afrontó personalmente las operaciones de un conflicto secular, teñido de dramatismo por un secuestro célebre.

Durante el doble mandato del François Mitterrand, el primer presidente socialista desde el Frente Popular también se comportó como «monarca absoluto» y dirigió conflictos e intervenciones militares en África. Mitterrand se complacía en la imagen del «monarca» de otra época: utilizó el arma nuclear y los ejércitos nacionales como parte esencial de la panoplia de recursos militares que ofrecían y ofrecen unas posibilidades de influencia excepcionales. Mitterrand jugó un papel significativo en la campaña de los euromisiles, apoyó a Margaret Thatcher durante la Guerra de las Malvinas y decidió la participación francesa en la primera Guerra del Golfo.

Oscuro papel en Ruanda

En 1994, en Ruanda, un gobierno formado por políticos de la etnia hutu intentó exterminar a la minoría tutsi. Hubo decenas o centenares de miles de asesinatos con arma blanca. Se ha discutido sin llegar a una conclusión definitiva cuál fue la posible responsabilidad de las tropas francesas estacionadas en la región. Así como el oscuro papel que pudieron jugar pasivamente los ministros de Defensa de Mitterrand y Chirac más tarde. Quedan en la sombra los informes e informaciones ultraconfidenciales que conocían el jefe del Estado y el gobierno francés ante un pavoroso intento de genocidio étnico.

El sucesor de Mitterrand, Jacques Chirac tuvo desde niño una inconfesable vocación de capitán de una guardia de mosqueteros. Elegido presidente, consagró a su función de jefe de los Ejércitos una dimensión militar y ornamental importante. Chirac era feliz dirigiendo operaciones militares que doraban la imagen «monárquica» de una Francia presta a intervenir durante su mandato en Costa de Marfil, en las Comores, en Chad.

Nicolas Sarkozy, por su parte, encontró en la guerra de Libia que derrocó el régimen de Gadafi —viejo adversario militar de Francia en Chad— el conflicto ideal para dorar la imagen nacional e internacional de un presidente presto a usar el sable en terrenos estratégicos donde estaban en juego intereses nacionales y europeos.

Más incertidumbre

El terrorismo y el secuestro de franceses en Chad, Argelia, Níger, en Somalia, ha sido una constante a lo largo de medio siglo de intervenciones militares en África. En Kolwezi, Giscard dirigió una operación antiterrorista excepcional. Mitterrand, Chirac y Sarkozy tuvieron que afrontar crisis menos brillantes, más trágicas. Hollande se enfrenta a los mismos problemas de siempre, agravados por la incertidumbre.

La campaña de Malí, la operación Serval lanzada por Hollande, es indisociable del secuestro de franceses en Níger (hay minas de uranio estratégicas) y el sur argelino. La lucha contra el terrorismo (independentista ayer; islámico hoy) y la defensa de la integridad de un Estado fantasma, siguen siendo razones de mucho peso. La vieja «monarquía nuclear» asume en soledad los nuevos desafíos, tras una retirada de Afganistán donde los generales franceses no tenían el puesto capital que sí tienen en Malí.