Los otros conflictos de África
Una mujer sostiene a su hijo, afectado por la hambruna en la región etíope de Ogaden, en el año 2000 - EPA PHOTO AFP

Los otros conflictos de África

Sin el glamour islamista de Malí y Somalia, las luchas armadas en el Ogaden etíope o los movimientos independentistas de Casamance o Cabinda apenas despiertan el interés Occidental

EDUARDO S. MOLANO
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En la última semana, la intervención militar francesa en Malí y Somalia ha despertado a estos dos países africanos del letargo noticioso que sufrían en los últimos tiempos. Un caso similar al de República Democrática del Congo o la lucha de titanes entre Sudán y Sudán del Sur, quienes de forma cíclica pasan del anonimato a la plena actualidad informativa gracias a «perchas» que permiten la intervención de Occidente.

Sin embargo, hay otro tipo de conflictos en el continente: los olvidados y aniquilados. Aquellos cuya existencia e identidad se limitan a las propias fronteras. He aquí tres ejemplos.

El caso más singular quizá sea el del Ogaden. En esta región al este de Etiopía, hogar de cerca de ocho millones de personas, campea en las últimas dos décadas una lucha armada tan solo agitada de forma mediática por la solana.

¿El principal motivo de los choques? Las desavenencias entre el Gobierno central de Adis Abeba y el Frente de Liberación Nacional del Ogaden (ONLF), quien no reconoce la autoridad de las fuerzas etíopes en la zona (Ogaden es una de las regiones que configuran la «Gran Somalia», donde esta etnia representa la población mayoritaria).

Negociaciones

Curiosamente, el ONLF fue uno de los primeros grupos armados del Cuerno de África al que se vinculó de forma más beligerante con Al Qaida. Sobre todo, tras el atentado contra una petrolera china que operaba en la región de Abole y que se cobró la vida de 74 personas.

No obstante, pese a los crímenes cometidos por ambos actores, a comienzos del pasado año, el Gobierno de Adis Abeba aseguró, entre fuegos de artificio, el comienzo de una ronda negociaciones de paz con la milicia.

Sin embargo, en octubre, las buenas intenciones tocaban a su fin.

Por entonces, el equipo negociador de Adis Abeba acusó al ONLF de haberse negado a aceptar la Constitución del país, lo que propició la ruptura del acuerdo (Abdirahman Mahdi, fundador y secretario de Relaciones Exteriores de la milicia, negaría posteriormente este razonamiento).

Y desde entonces, la situación solo ha ido a peor.

En lo que va de año, al menos 40 militares han fallecido en presuntas acciones armadas protagonizadas por la guerrilla en bases militares de Qabridahar, Galaalshe o Caado. «Presuntas», porque el Gobierno etíope siempre otorga la callada por respuesta ante los ataques (desde que fuera emitida la draconiana ley antiterrorista, en Etiopía, está prohibido publicar cualquier tipo de noticias sobre los grupos rebeldes que operan en el Estado).

Fracaso negociador

No menos enrevesado, aunque de menor perfil, resulta el siguiente conflicto: Casamance, considerado uno de los más antiguos enfrentamientos del continente africano (el pasado diciembre cumplía 30 años) y ejemplo de fracaso negociador de sus actores.

En él, se entrelazan las luchas de poder entre el Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance y el Gobierno de Senegal. Pero, sobre todo, las diferencias históricas y culturales entre la metrópolis exuberante y la pobreza sureña. Y para especificar, entre la etnia diola, mayoritaria en la Casamance, y los wolof, grupo dominador del país.

Sin embargo, tras años de lucha silenciosa, por fin, el presidente senegalés, Macky Sall, parece haberse fijado el fin del conflicto como una cuestión determinante en su agenda. Y ante ello, los gestos de buena voluntad parecen sucederse: En diciembre, el MFDC liberaba a siete militares y un civil secuestrados en Senegal desde hacía más de un año.

La gema del petróleo

Es no obstante, el último conflicto, quien más portadas ha acaparado en los últimos años. Aunque de forma indirecta. En 2010, el autobús de la selección de Togo era tiroteado a su paso por la región de Cabinda, en Angola, durante la previa de la Copa África de fútbol. La acción armada, en la que tres personas fallecieron, suponía la ruptura del alto el fuego entre el Gobierno de Luanda y el Frente para la Liberación del Enclave de Cabinda (FLEC), iniciado cuatro años antes.

Las desavenencias, eso sí, venían de largo. En 1975, tras la independencia de Angola, el FLEC apelaba por la independencia de una región, que no se reconoce en el Gobierno central: de mayoría francófona, muchos de sus habitantes apenas se identifican con su país de adopción.

Aunque para Angola, los intereses para no despojarse de esta gema son claros: Cabinda es responsable de cerca del 60 por ciento de su producción de petróleo, por lo que niega la existencia de un verdadero enfrentamiento a día de hoy.

No en vano, el líder histórico del FLEC, Nzita Henriques Tiago, denunciaba recientemente la falta de disposición de Luanda a entablar un diálogo serio para una solución permanente.

«Cabinda no es Angola, Cabinda es un protectorado portugués», destacaba el líder.