LA SEXTA Y LA SECTA

Actualizado:

La primera vez que apareció en la tele se llamaba Milikito y llevaba un cencerro en la mano. Hablaba menos que Harpo. Yo estaba allí, en vivo y en directo, y contarlo en una columna me costó hace tres años algún disgusto leve. Si ayer fue capaz de encender la señal de nuestra última televisión analógica es porque Emilio Aragón es un genio. No cabe otra.

Mi segunda visita escolar a «El gran circo de TVE» (título del que no cabe suponer intenciones premonitorias) coincidió con sus primeras palabras en el medio. Sus escasas líneas de diálogo incluían dos latiguillos (a los que, de nuevo, sólo los más malvados atribuirán vocación profética): «Vaya regalo» y «Huele a gas». Luego vino la candidatura al Emmy y el cuerpo central de un currículum de vértigo, que culminó ayer con sus labores de presidente, presentador, actor,pianista... y lo que se tercie. Su intervención matutina terminó con el anuncio oficial de lo que llamó un pequeño detalle: «¡Tenemos el Mundial!». Luego apareció durante toda la jornada -entre anuncios de coches- en los espacios de autopromoción de la cadena y, esa misma noche, sin sus viejas zapatillas de deporte, empezó a corretear por su primer programa, tan malo como cualquier otro. No se sabe si en la nueva cadena andan escasos de personal, pero a este paso lo van a llamar hasta para regar el césped. Nadie, nunca, lo acusará de no haber dado la cara.

Puede que hasta junio no se coman una rosca, que Urdaci sea peor humorista de lo que promete, que los rostros desgastados de algunos presentadores no den más de sí (más que La Sexta, a ratos parece La Secta). Puede incluso que a «Los Soprano» les siente peor el nuevo traje y que las series de culto se echen a perder en la nevera entre tanta publicidad. Se ha dicho con suficiencia que lo tienen crudo, que tienen más moral que el Alcoyano. De momento, han ganado el Mundial.

PEIPERVIÚ

FEDERICO MARÍN BELLÓN