Miguel de Unamuno leyendo tumbado en una cama de su casa
Miguel de Unamuno leyendo tumbado en una cama de su casa - Cándido Ansede

Las últimas palabras de Unamuno antes de su triste muerte: «¡España se salvará!»

Bartolomé Aragón, antiguo alumno suyo, no se atrevió a despertar al filósofo, hasta que se dio cuenta, por el olor a quemado, que el viejo maestro inconsciente había metido su zapatilla en el brasero y se le estaba quemando, sin que él lo sintiera

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Al estallar la rebelión militar del 18 de julio, el pensador y escritor Miguel de Unamuno efectuó duras críticas contra el gobierno de Azaña, lo que provocó la derogación del decreto republicano por el que, dos años antes, había sido nombrado rector perpetuo de la histórica Universidad de Salamanca. La prensa de Madrid no perdió la ocasión de atacar duramente al profesor, ridiculizándolo y machacándolo, con chistes y caricaturas, por situarse con los enemigos de la república. A modo de réplica, desde la sede del Gobierno provisional de los sublevados en Burgos, poco después se firmó el 1 de septiembre otro decreto para confirmar a Unamuno en todos sus cargos.

[Así fue el incidente entre Unamuno y Millán-Astray]

Unamuno, un figura independiente por naturaleza, retiró pronto su simpatía a las fuerzas militares, cuya intervención había justificado para hacer frente a la anarquía reinante en los últimos años de la Segunda República. En carta a un amigo suyo, un socialista belga, le confesó: «No me abochorna confesar que me he equivocado. Lo que lamento es haber engañado a otros muchos». Ninguno de los bandos, «ni los hunos ni los hotros», ya le agradaban.

Como recuerda Ricardo Senabre en su entrada dedicada al vasco en el Diccionario Biográfico de la RAH, protestó ante «ante la ola represiva de condenas y fusilamientos que se desató en Salamanca apenas instaladas en la ciudad las fuerzas rebeldes».

El discurso que pronunció en un acto literario celebrado en el Paraninfo de la Universidad, mitificado y novelado posteriormente, el 12 de octubre de 1936, colmó la paciencia del claustro universitario bajo el control del Gobierno provisional de Burgos. Se pidió la destitución de Unamuno como rector y, por decreto de 22 de octubre, las nuevas autoridades nombraron a Esteban Madruga. A partir de esas fechas, el filósofo permaneció recluido en su domicilio en una suerte de arresto domiciliario, donde, eso sí, le estaban permitidas las visitas y mantuvo correspondencia con distintos periodistas y amigos. El 21 de noviembre, escribió al filósofo italiano Lorenzo Giusso:

«La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros. Y aquí está mi pobre España, se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo..»

Los últimos días del maestro

Desolado y melancólico por el cariz que había tomado la guerra, su estado de salud decayó al ritmo de los acontecimientos históricos. Ya en una fotografía tomada el 25 de julio, con motivo de la constitución del primer Ayuntamiento de Salamanca de los sublevados, es retratado enflaquecido, desgarbado y un poco desaliñado. Dos meses después, cuando el escritor griego Nikos Kazantzakis lo visitó, lo encontró «súbitamente envejecido, literalmente hundido y ya encorvado por la edad».

La tarde del 31 de diciembre de 1936, murió repentinamente, en su domicilio salmantino de la calle Bordadores, durante la visita que le hizo el falangista Bartolomé Aragón, antiguo alumno y profesor auxiliar de la Facultad de Derecho. Cuenta este testigo de excepción que Unamuno, después de pronunciar su última frase, «¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!», dejó caer su cabeza sobre el pecho, en un desvanecimiento. Su visitante no se atrevió a despertarlo, hasta que se dio cuenta, por el olor a quemado, que el viejo maestro inconsciente había metido su zapatilla en el brasero y se le estaba quemando.

«¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!»

Unamuno no sobrevivió ni siquiera al primer año de la Guerra Civil. Los médicos dirían que había muerto, a los 72 años, de una congestión cerebral, producida por las emanaciones de anhídrido carbónico del brasero doméstico. Se le enterró al día siguiente, 1 de enero de 1937, en el cementerio municipal, entre gritos falangistas.

Antonio Machado diría en esos días:

«Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído nunca y no lo creeré jamás».