«General Cabrera en Morella», por Augusto Ferrer-Dalmau - Vídeo: Tomás Zumalacárregui, general en las Guerras Carlistas tiene una muerte absurda

El Tigre del Maestrazgo, el brutal general carlista que aplastó a los liberales españoles de Isabel II

Ramón Cabrera fue uno de los oficiales más importantes dentro del ejército de Carlos María Isidro. Se mantuvo en su puesto incluso después de que el infante partiese al exilio

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En 1833 España se rompió en dos. No era la primera vez que ocurría, ni tampoco sería, como ustedes saben, la última. La muerte de Fernando VII vino acompañada de una guerra que sacudió hasta los cimientos el país. Las pretensiones al trono de su hermano el infante Carlos María Isidro provocaron el estallido de la conocida como Primera Guerra Carlista (1833-1840). La contienda estuvo protagonizada por algunos de los oficiales más importantes de la historia reciente española, como Espartero, O'Donnell o Zumalacárregui.

Entre estos nombres, que son pura Historia de España, se encuentra también el del general Ramón Cabrera. Conocido por sus enemigos como el Tigre del Maestrazgo, consiguió derrotar a las tropas partidarias de la regente María Cristina de Borbón en numerosas ocasiones. Mientras que las tropas realistas languidecían en el norte durante 1838, él logró dominar buena parte del este peninsular convirtiéndose en la mayor amenaza para el trono de la futura Isabel II. Incluso permaneció en su puesto después de que el infante abandonase el país rumbo a Francia.

Así fue como un joven que no estaba destinado a tomar las armas, la guerra le pilló estudiando para clérigo, terminó convirtiéndose en uno de los soldados más capaces que ha conocido España.

Infancia

El Tigre del Maestrazgo nació en Tortosa (Tarragona) el 27 de diciembre de 1803 en el seno de una familia creyente de clase media. Su padre, José Cabrera, era patrón de barco; mientras que su madre, Ana María Gribó, «era conocida en el barrio por su bondad y sus piadosas costumbres», como señala Javier Urcelay en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. Con la ocupación francesa de la localidad catalana, la familia decidió hacer las maletas y probar suerte en la valenciana Vinaroz. La ciudad en la que el padre del futuro carlista falleció.

Una vez finalizó la guerra, la familia retornó a Tortosa. Por entonces, Ramón Cabrera ya comenzaba a mostrar algunas de las cualidades que acabarían conduciéndole más tarde a la senda carlista. Y es que se trataba de un joven con un carácter muy vivo e incuestionables dotes de liderazgo. Su madre fue incapaz de que sintiese el más mínimo interés por la educación, por lo que trató de ayudarle a encontrar un oficio con el que el joven pudiese ganarse la vida. Finalmente se decidió que se preparase para tomar los hábitos.

Carlos María Isidro
Carlos María Isidro

Sin embargo, no fue necesario que pasase mucho tiempo antes de que se hiciese evidente que Cabrera tampoco sentía vocación alguna por la religión. Por el contrario, aprovechaba cualquier oportunidad para bajar a la taberna de turno y participar en tertulias. Estas conversaciones de bar no tardaron en ser monopolizadas por la política, que se convirtió en un tema especialmente espinoso tras la promulgación de la Pragmática Sanción en 1830. Una medida que aseguraba que Isabel, la recién nacida hija de Fernando VII, heredaría el trono a la muerte de su padre. Algo que no sentó demasiado bien en buena parte de la sociedad española de la época, que esperaba que la corona pasase a la cabeza del hermano pequeño del monarca: Carlos María Isidro, a quien tampoco le hacía demasiada gracia que una niña interfiriese en su camino hacia el poder.

De este modo, poco después del fallecimiento de Fernando VII, Don Carlos, que se encontraba por entonces en Portugal, proclamó su candidatura al trono bajo el nombre de Carlos V. En el Manifiesto de Abrantes, el documento con el que reclamó el trono, el infante afirmó lo siguente:

«Ahora soy vuestro rey, y al presentarme por primera vez ante vosotros bajo ese título no puedo dudar un solo momento que imitaréis mi ejemplo sobre la obediencia que se debe a los príncipes que ocupan legítimamente el trono y volareis todos a colocaros bajo mis banderas, haciéndoos así acreedores a mi afecto y soberana munificencia. Pero sabéis, igualmente, que recaerá el peso de la justicia sobre aquellos que, desobedientes y desleales, no quieren escuchar la voz de un soberano y de un padre que solo desea hacerlos felices».

Las palabras del aspirante fueron celebradas por muchos españoles, que se decidieron a levantarse en armas para garantizar su subida al trono. Había comenzado la Primera Guerra Carlista.

Cabrera se pone al mando

Los primeros enfrentamientos entre carlistas y soldados cristinos partidarios de la regente María Cristina de Borbón, esposa de Fernando VII, y de Isabel II tuvieron lugar en el norte de España, principalmente en País Vasco y Navarra. Cuando en el Maestrazgo comenzaron a alzarse las partidas carlistas, en Tortosa se decidió enviar lejos de la localidad a todos aquellos que pudiesen sentir cierta afinidad con la causa del infante. Dentro de este grupo se encontraba, entre otros, Ramón Cabrera, que fue obligado por orden del gobernador militar a partir rumbo a Barcelona.

En lugar de aceptar las órdenes y encaminarse hacia la Ciudad Condal, el seminarista decidió dirigir la marcha hacia Morella (ubicada en la actual Comunidad Valenciana), y unirse a los sublevados. Los primeros meses fueron complicados, los partidarios de la regente hostigaban constantemente a las partidas carlistas, que acabaron divididas y muy dispersas.

«El tiempo pasaba y, sin un objetivo definido, el simple hecho de reunir tropas y pertrechos permitía existir a las partidas pero no constituía un éxito más allá de dar testimonio de resistencia. Además, eso ya estaba conseguido, parecía que la agitación carlista era endémica en el Bajo Aragón, pero sus avances no eran claros, fluctuaban continuamente y regresaban una y otra vez», sostiene Pedro Rújula en su libro «Contrarrevolución. Realismo y carlismo en Aragón y el Maestrazgo» (Universidad de Zaragoza).

Cabrera comenzó a sobresalir, precisamente, en la adversidad. Decidió poner rumbo a Navarra, donde el pretendiente tenía su cuartel para informarle sobre la difícil situación carlista en el este de la Península. Una vez cumplido su cometido, fue reenviado a el Maestrazgo con un mensaje para el jefe de las tropas ubicadas en dicha zona: Manuel Carnicer, quien había servido en el ejército español desde la Guerra de la Independencia y era un realista furibundo. Sin embargo, cuando este se dirigía hacia el noreste fue detenido por los partidarios de Isabel II y terminó siendo fusilado el 6 de abril de 1835.

El general Cabrera
El general Cabrera

Con la desaparición de Carnicer de la ecuación, Cabrera se convirtió en el jefe carlista en la zona del Maestrazgo y se descubrió como un líder sumamente competente. Así se habla de su labor en el libro «Vida y hechos de Don Ramón Cabrera», publicado en 1856: «Organizó una terrible policía militar, buscó recursos y provisiones, organizó mil hombres para obtener con ellos los medios de armar y mantener a un número siempre mayor, y este fue el plan de sus escursiones, y esta necesidad lo que se llamaron sus rapiñas».

«Cabrera quiso que sus tropas fueran reconocidas como un verdadero ejército, que luchaba por la causa de un rey legítimo. Se sintió, por tanto, investido de todo el derecho para aplicar la autoridad que emanaba de su rey y para hacerla cumplir en lo que dependiera de él», comenta, por su parte, Urcelay sobre la dureza con la que el militar trataba al enemigo, que le comenzó a llamar Tigre del Maestrazgo. La virulencia del general carlista no hizo sino ir en aumento con el paso de los meses. La culpa la tuvo el asesinato de su madre a manos de los soldados liberales. Y lo cierto es que la respuesta de Cabrera no se hizo esperar.

Durante 1836, los realistas del Maestrazgo alcanzaron un buen puñado de victorias importantes. La guerra, ya cruenta de por sí, alcanzó cotas mayores. No había posibilidad de cuartel para el enemigo. Todo iba sobre ruedas para los intereses carlistas, pero entonces llegó la Expedición Real.

Un importante ejército, encabezado por el mismo Carlos María Isidro, se decidió a terminar con la guerra de un plumazo en 1837. El contingente llegó hasta las mismas puertas de Madrid. Sin embargo, tras pasar dos días acampados, el infante decidió no penetrar en la capital. Nadie sabe muy bien la razón que le llevó a tomar esta decisión. Nunca volvería a tener una oportunidad semejante de ocupar el trono. Pocos días después, los carlistas fueron derrotados en la batalla de Aranzueque a manos de las tropas del general Espartero.

Morella

Cabrera volvió al Maestrazgo masticando su ira. Era incapaz de comprender como era posible que se hubiese dejado perder la oportunidad de tomar la capital. En el levante comenzó a llevar a cabo una serie de conquistas que le convirtieron en amo y señor de buena parte de la Península. Mientras la causa de Carlos V se descomponía con gran rapidez, el Tigre ocupó la ciudad de Morella a finales de enero de 1838 pillando durante la noche y por sorpresa a los liberales que la guarecían. El general optó por convertirla en su capital. «Dueño absoluto de El Maestrazgo, fundó allí un verdadero gobierno y creó un ejército, estableció varias fábricas de fundición de artillería en Cantavieja, y en Mirambell otras de pólvora y fusiles», recoge «Vida y hechos de Don Ramón Cabrera» sobre la labor de este en el levante español. Se había convertido en la mayor amenaza para los liberales.

A pesar de que las tropas cristinas trataron de tomar Morella en varias ocasiones, el Tigre del Maestrazgo logró mantener la plaza en sus manos durante dos largos años. Para ello tuvo que hacer frente a ejércitos que le superaban enormemente en tamaño, como el comandado por el general Oráa, el cual estaba conformado por 20.000 soldados y más de 20 piezas de artillería. También hizo lo propio en Maella contra el general Pardiñas, quien, además, perdió la vida durante la lucha.

En estas andaba Cabrera cuando el 31 de agosto de 1839, el general carlista Maroto y el liberal Espartero firmaron la paz con el Convenio de Vergara. El acuerdo se hizo a espaldas de Carlos V, quien partió al exilio acompañado por buena parte de su ejército. El Tigre, por su parte, optó por mantenerse en su puesto combatiendo a los liberales. Todo, a pesar del fin de la guerra en el norte de España que, como señala Urcelay, «dejó libre al formidable ejército del duque de la Victoria, que se aprestó a caer sobre el Maestrazgo, combinando sus operaciones con el ejército del Centro».