Agentes del FBI, en Nueva York, trasladando al terrorista Petar Matavic tras ser detenido
Agentes del FBI, en Nueva York, trasladando al terrorista Petar Matavic tras ser detenido - ABC

Los seguidores de Hitler que sembraron el pánico en Nueva York un 11-S años antes que Al Qaida

Varios terroristas croatas nazis, admiradores del dictador fascista Ante Pavelic, secuestraron un avión en el aeropuerto de La Guardia y detonaron una bomba en la Gran Estación Central. «Fue un espectáculo infernal», contaba José María Carrascal en ABC

MadridActualizado:

Ocurrió un 11 de septiembre. Un grupo de terroristas con chalecos bomba secuestró un avión en el aeropuerto de La Guardia, en Nueva York. A la misma hora, un explosivo colocado en la Gran Estación Central provocaba la muerte de un policía y varios heridos graves. «Uno de los testigos aseguró que fue un espectáculo infernal, con miembros saltando por todas partes», escribía José María Carrascal, corresponsal de ABC en la ciudad. La escena parece sacada de los atentados contra el World Trade Center, en 2001, pero lo cierto es que este 11-S protagonizado por una serie de nacionalistas croatas simpatizantes de Hitler tuvo lugar 25 años antes... y hoy está prácticamente olvidado.

Los autores eran seguidores de la Organización Revolucionaria Croata Insurgente, conocida como la Ustacha, un pequeño grupo terrorista creado por Ante Pavelic, en 1929, durante su exilio en la Italia de Mussolini. Fue el «Duce» quien le acogió en aquel primer régimen fascista de la historia y lo puso bajo su protección, incluso cuando se enteró de que este nacionalista había ordenado y organizado el asesinato del Rey Alejandro I de Yugoslavia en 1934. Un magnicidio para el que formó un comando de soldados ustachas, con el objetivo de que nada saliera mal.

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Después de aquel atentado, Pavelic adoptó un discurso mucho más antisemita, al tiempo que comenzó a establecer lazos más sólidos con los fascistas italianos y a difundir su idea de un estado croata independiente, nacionalista y católico. Exactamente la misma consigna por la que estos terroristas secuestraron el avión y atentaron en Estados Unidos treinta años después: «El mundo nunca conocerá la paz si Croacia no goza de todos los derechos que se les reconoce a los demás pueblos y naciones», amenazaban los ustacha en pleno vuelo y con la tripulación raptada aquel 11 de septiembre de 1976.

Pavelic, el genocida

La espiral de terror de Pavelic no se quedó en aquel atentado contra el Alejandro I. Se intensificó hasta convertirse en uno de los fascistas más sanguinarios de la historia. Uno cuyas atrocidades en la Segunda Guerra Mundial horrorizaron incluso a Hitler, que le había colocado al frente de una Croacia tras su invasión de Yugoslavia en marzo de 1941. Aquella conquista hizo realidad el sueño de este antiguo abogado que, inmediatamente, se autonombró «Poglavnik», algo así como la versión autóctona del «Duce» o el «Führer».

Ante Pavelic, después de su llegada a Zagreb, en la proclamación de las fuerzas armadas del Estado Independiente de Croacia (NDH), en 1941
Ante Pavelic, después de su llegada a Zagreb, en la proclamación de las fuerzas armadas del Estado Independiente de Croacia (NDH), en 1941- ABC

Poco después de subir al poder, Pavelic recibió toda la autonomía de los nazis para organizar un Estado totalitario a su antojo. Impuso leyes antijudías y antiserbias e inició una persecución brutal contra estos dos pueblos para eliminar, al menos, a una tercera parte de ellos. Según apunta el historiador británico Michael Burleigh en «Causas sagradas: Religión y política en Europa» (Taurus, 2013), el mandatario tenía entre sus dirigentes a una importante representación de terroristas cuyo blanco preferidos fueron las mujeres y los niños.

Aquellos primeros ustachas fueron más allá en sus métodos de exterminio que sus mentores los nazis. En 1941, el obispo de Mostar ya informó del asesinato de mujeres y niños serbios, que eran arrojados vivos por despeñaderos o ejecutados al borde de grandes pozos. También denunció que algunos frailes franciscanos estaban participando en las atrocidades que se perpetraban en el recién creado campo de concentración de Jasenovac, donde fueron masacrados 700.000 inocentes en cuatro años. Muchos de ellos eran niños de entre uno y 13 años que, según el relato de algunos supervivientes, fueron quemados vivos en presencia de sus padres, ahogados en el río Sava y violados delante de sus familiares. Algunos bebés, según apunta también el investigador Dragoje Lukic, fueron acribillados o asesinados a hachazos. Tanto los mandos nazis enviados a Croacia como el propio Hitler expresaron su horror ante unos métodos que consideraron «excesivos y poco eficaces», con los que se eliminó a más de un millón de serbios, judíos y gitanos entre 1941 y 1945.

«Un espectáculo infernal»

Durante este tiempo, Pavelic también copió el culto a la personalidad y la parafernalia propagandística propia de los regímenes fascistas. Lo hizo con tanta intensidad que, como se pudo constatar en el atentado de Nueva York el 11-S de 1976, su figura seguía siendo reivindicada por un sector de la población croata décadas después. Como recordaba ABC en 1991, el dictador era todavía un mito en su país: «El responsable de la mayor matanza de serbios de la historia es aún cantado en himnos patrióticos entonados con las armas en la mano. Su tumba en Madrid, donde murió en secreto, es considerada hoy un símbolo mítico, una “tumba de oro” de la que el temido caudillo debe levantarse algún día». En 1998, este diario recordaba también la anécdota de la entrevista realizada en Zagreb por el escritor italiano Curzio Malaparte (1898-1957), donde este le preguntó al líder fascista por una copa que tenía sobre la mesa rebosando de algo que parecían ostras: «No son ostras, son los ojos de mis enemigos que me mandan mis ustachas», respondió.

Este era el hombre al que idolatraban los terroristas de 1976, los cuales, tras secuestrar el avión de la compañía TWA con 92 pasajeros, declararon haber actuado así para mostrar su oposición a la ayuda que Estados Unidos prestaba al Gobierno de Tito en Yugoslavia –«millones de dólares», decían–, con la que se está produciendo «una brutal represión» contra la población. El dictador socialista llevaba quince años rigiendo el destino del país con una disciplina de hierro, inspirado por el régimen comunista de la URSS. Los ustachas no podían soportar que lo hiciera, encima, con la ayuda del presidente Gerald Ford.

El grupo de ustachas exigía que su comunicado fuera difundido por «The New York Times», «Washington Post» y otros prestigiosos diarios estadounidenses. De no ser así, amenazaban con hacer estallar otra bomba «en un lugar muy frecuentado» de la Gran Manzana. Cuando el artefacto fue encontrado en la Gran Estación Central, un miembro de la Brigada Especial de Explosivos murió al intentar desactivarlo por la explosión. «El periodista no necesita echar mano de adjetivos alarmantes para subrayar la gravedad de la situación», apuntaba Carrascal.

Imagen de los terroristas ustachas que secuestraron un avión y pusieron la bomba en Nueva York, en 1976
Imagen de los terroristas ustachas que secuestraron un avión y pusieron la bomba en Nueva York, en 1976 - ABC

Mientras tanto, el avión despegaba de Nueva York y se dirigía –en vez de a Chicago– a Montreal, a la isla de Terranova y a Islandia, para aterrizar finalmente en París. Los periódicos informaban al día siguiente que el grupo estaba formado por cinco terroristas: un matrimonio y otras tres personas más de origen croata. Desde que Tito fundó la República Federal Socialista de Yugoslavia en 1961, los actos de violencia por parte de este grupo nacionalista se recrudecían siempre que el Gobierno daba señales de debilidad. En 1976, además, se sumaba el hecho de que el presidente no pasaba por un buen momento de salud.

Por su parte, el Gobierno de Belgrado llevaba décadas acusando a los ustachas de todos los actos de violencia acaecidos en el país desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, de la bomba colocada en un cine de Belgrado en 1968 que ocasionó un muerto y 60 heridos. Del asesinato del embajador yugoslavo en Suecia, en 1971. Y de la explosión de un avión también yugoslavo que sobrevolaba Checoslovaquia en enero de 1972, donde fallecieron 27 personas, así como de otros muchos atentados perpetrados contra funcionarios yugoslavos en suelo extranjero.

Fue en París donde los terroristas se entregaron, después de negociar con el embajador norteamericano en la capital francesa y comprobar que, efectivamente, su comunicado había sido publicado por varios periódicos importantes de Estados Unidos. El jefe del FBI informó que los cinco ustachas podrían ser condenados a veinte años de prisión por el secuestro del avión y acusados, también, de la muerte del policía que falleció al intentar desactivar la bomba que habían colocado en la Gran estación Central.

Tras sembrar el pánico durante horas en Gran Manzana y superar pánico del secuestro y el largo periplo por medio mundo con estos «cinco locos irracionales», uno de los pasajeros liberados declaró a « La Vanguardia» con cierto humor: «Nos parece maravilloso estar en París, pero nos hubiese parecido igual de maravilloso estar en Afganistán».