Las «siete maravillas del mundo» que quizá no sepas que desaparecieron de Madrid

La capital de España albergó hasta hace no mucho varios palacios, impresionantes fortificaciones, lujosos castillos e imponentes torres que fueron pasto de las llamas o reducidos

Israel Viana
MadridActualizado:

En mayo de 1958, el escritor y periodista Agustín de Figueroa, marqués de Santo Floro, escribía en ABC un artículo titulado: « Evocación de los palacios desaparecidos en Madrid». «No son tiempos propicios para las residencias fastuosas», advertía al principio del reportaje. En él repasaba los lujosos e imponentes edificios de la nobleza madrileña que antaño lucieron en las calles de la capital antes de que fueran derribados o destruidos por la llamas. Hablamos de palacios como el de Medinaceli, Portugalete o Xifré. Este último al que se llegó a conocer como la «pequeña Alhambra».

«El tiempo hace y deshace… en tanto que la ciudad se ampliaba y nacían grandes hoteles, suntuosos teatros e innumerables edificios, ¡otros muchos llenos de empaque y tradición eran reducidos a escombros!», clamaba Figueroa. Pero se olvidaba de otras muchas joyas arquitectónicas desaparecidas en los últimos cuatro siglos que bien podían ser calificadas como las «siete maravillas del mundo» en Madrid. Fortificaciones asombrosas, castillos imponentes y torres gigantescas que los vecinos de la capital ni sus visitantes podrás ver jamás.

1. Real Alcázar de Madrid, destruido por un incendio en 1734

Pintura del siglo xvii del Real Alcázar de Madrid. La fachada meridional, a la derecha, presenta el aspecto que finalmente le confirió el arquitecto Juan Gómez de Mora, en las obras realizadas en 1636
Pintura del siglo xvii del Real Alcázar de Madrid. La fachada meridional, a la derecha, presenta el aspecto que finalmente le confirió el arquitecto Juan Gómez de Mora, en las obras realizadas en 1636 - MUSEO DE HISTORIA DE MADRID

Dentro de la desgracia que supuso el incendio y la destrucción de uno de los conjuntos arquitectónicos más importantes de la historia de Madrid, tenemos que alegrarnos de que, por lo menos, «Las Meninas» de Velázquez se salvó de las llamas. No tuvieron la misma suerte otras quinientas obras de importancia, pero el cuadro más importante hoy del Museo del Prado ha podido llegar hasta nuestros días.

El impresionante edificio del Real Alcázar de Madrid fue la residencia de los Reyes de España desde Carlos I hasta Felipe V y, durante dos siglos, la encarnación arquitectónica de la corte más poderosa del mundo. Se encontraba en el solar donde actualmente está el Palacio Real. Pero lleva tantos años desaparecido que, cuando las llamas lo devoraron en la Nochebuena de 1734, al cuadro de Velázquez ni siquiera se le conocía como «Las Meninas». En el inventario del Alcázar de 1666 se le menciona como el «Retrato de la señora emperatriz con sus damas y una enana», mientras que después del incendio aparecía citado como «La familia del Señor rey Phelipe Quarto».

El Real Alcázar fue construido en el siglo IX como fortaleza musulmana. El conjunto, ya de por sí imponente, fue ampliándose y embelleciéndose con el paso de los años. Sobre todo, a partir del siglo XVI cuando se convirtió en Palacio Real, tras la elección de Madrid como capital del Imperio español. La primera transformación de relevancia fue acometida en 1537 y encargada por el emperador Carlos V. Su aspecto exterior final correspondía a las obras realizadas en 1636 por el arquitecto Juan Gómez de Mora bajo las órdenes de Felipe IV.

2. Palacio Xifré, derribado en 1950

Fue lo más cercano a La Alhambra que tuvo Madrid. Un edificio único que se perdió para siempre en 1950, un año después de que fuera adquirido por una inmobiliaria que no pensó en otro destino para él que su destrucción. Fue, para muchos expertos en arquitectura, una de las construcciones más excepcionales que jamás conoció la capital. «Fue construido en el Paseo del Pardo por Contreras, experto restaurador de la Alhambra y primer arquitecto que en España realizó investigaciones a fondo respecto a la arquitectura árabe», contaba Figueroa en su artículo de ABC.

La construcción del Palacio Xifré comenzó en 1858 y duró cuatro años, en una época en la que esa zona de la ciudad se llenó de lujosos palacios. De hecho, el distrito pronto comenzó a ser conocido como el «barrio de los banqueros», pero ninguna de sus casas fue tan original y bella como este palacete levantado en la desembocadura de la Calle Lope de Vega que da al Paseo del Prado. Justo donde hoy se alza el Ministerio de Sanidad y Consumo.

Fue erigido por encargo de José Xifré Downing, heredero de una de las fortunas más grandes del momento. Pronto decidió que su palacete sería de estilo neomudéjar para recordar claramente a los palacios nazaríes de La Alhambra. A lo largo de sus cien años de existencia pasó por varias manos hasta su demolición, entre ellas las del Duque del Infantado. Antes fue desmantelado y algunos de sus restos se conservan repartidos por diferentes lugares: la fachada se utilizó para un hotel de Segovia y la escalera terminó en Chiloeches, un pueblo de Guadalajara. Una lástima, puesto que aún hoy se opina que el Palacio Xifré podría ser uno de los reclamos turísticos más importantes de Madrid actualmente.

3. Iglesia de Santa María de la Almudena, demolida en 1868

Fachada sur (calle Mayor) de la iglesia de Santa María de la Almudena en 1869, durante los trabajos de demolición.
Fachada sur (calle Mayor) de la iglesia de Santa María de la Almudena en 1869, durante los trabajos de demolición.

La iglesia de Santa María la Mayor o Santa María de la Almudena fue el templo más antiguo de Madrid hasta su derribo en 1868. Este importante edificio religioso fue víctima de las obras de remodelación de la calle Mayor y del viaducto de la calle Bailén. Algunos historiadores creen que su desaparición estuvo influida por el ambiente de rebelión que se vivía en la época, con la recién instaurada revolución de la Gloriosa.

Esta iglesia estaba rodeada por los antiguos trazados de las calles Mayor, donde tenía la entrada, y Bailén, y estaba rodeada por un antiguo callejón que ahora es la calle de la Almudena. Se dice que está construida sobre el solar de la antigua mezquita mayor del Mayrit musulmán. La manzana descrita también albergaba la plaza de Santa María la Mayor, en su extremo occidental.

Hablar de su origen es hablar prácticamente de los comienzos de la historia misma de Madrid. Su construcción está rodeada de los mismos enigmas que se ciernen sobre el nacimiento de la capital en lo que respecta a la existencia de una población estable antes de la llegada de los musulmanes en la segunda mitad del siglo IX. ¿Hubo antes un primer templo visigodo? No está claro, pero lo que sí sabemos es que después, desde principios del siglo XVI hasta el reinado de Felipe IV, hubo mucho interés en convertir a la iglesia de Santa María de la Almudena en una catedral. Nunca se consiguió.

4. La Torre de la Parada, destruida por un incendio en 1714

La Torre de la Parada en un lienzo de Félix Castelo, de 1640
La Torre de la Parada en un lienzo de Félix Castelo, de 1640

Hace siglos que esta impresionante torre desapreció,. Fue uno de los denominados «sitios reales», es decir, una de las residencias que los Reyes de España tenían repartidas por el país. Esta tenía la singularidad de que no era ni un palacio urbano, ni una villa suburbana, ni tampoco un convento o monasterio con una ­zona habilitada para el servicio civil. Se trataba de un espectacular pabellón de caza preparado para alojar al monarca y todo su ­séquito.

La Torre de la Parada estaba ubicada en los montes de El Pardo, a las afueras de Madrid, y cerca del palacio del mismo nombre. Su origen data de 1547-1549 y su construcción fue responsabilidad del arquitecto Luis de Vega, quién optó por un edificio de marcada verticalidad y realizado en mampuesto y ladrillo por encargo de Felipe II.

La Torre se coronaba con un chapitel. A partir de 1630, Felipe IV emprendió una importante transformación arquitectónica y decorativa del edificio, que se llevó a cabo en poco tiempo y lo convirtió en uno de los lugares de la corte española con mayor coherencia decorativa y artística. Así permaneció durante 80 años, hasta que fue destruida en 1714 por el incendio que provocaron las tropas austríacas durante la Guerra de Sucesión española.​

Aunque actualmente pueden verse unas pocas ruinas, no falta documentación sobre el edificio. La principal fuente son los innumerables cuadros que la representado, según el inventario que se hizo en 1700 con motivo de la muerte de Carlos II. Destacan los realizados por Rubens y Velázquez, lo que da cuenta de su importancia.

5. Convento de Santo Tomás, quemado y demolido en 1878

Claustro del convento de Santo Tomás, en una imagen de 1875, poco antes de su demolición
Claustro del convento de Santo Tomás, en una imagen de 1875, poco antes de su demolición

Tres años después de sufrir un aparatoso incendio en 1875, el importante Convento de Santo Tomás fue demolido. No quedó rastro de él. Una pérdida importante desde el punto de vista histórico y artístico, puesto que estamos hablando de una de las muestras de arquitectura más relevantes del Barroco que han existido en la capital.

Comenzó a construirse a mediados del siglo XVI. Durante la primera mitad del XVII vivió su momento de máximo esplendor, cuando el edificio se colocó bajo la protección del conde-duque de Olivares, quien quiso dedicar el convento a la enseñanza teológica, dependiente de los dominicos del Real Monasterio de Nuestra Señora de Atocha. Por eso impulsó su total remodelación, con la construcción de un edificio de nueva planta, en el que no se escatimaron medios. Esas obras comenzaron en 1635 y no concluyeron hasta 1656.

El edificio se encontraba en la calle de Atocha, en la manzana donde hoy se levantan la actual Parroquia de Santa Cruz y una serie de bloques de viviendas. En él se impartieron estudios públicos, en total de ocho cátedras, razón por la cual también fue conocido como Colegio de Santo Tomás. Por desgracia, la historia del bello edificio está plagada de muchas desgracias. En 1652 sufrió un primer incendio que obligó a reconstruir, casi por completo, tanto el convento como su iglesia. En 1726, la cúpula se vino abajo y murieron aplastadas más de ochenta personas. En 1756 volvió a quemarse, aunque sin muchos destrozos. En 1836 fue desamortizado. Y en 1872 sufrió su incendio definitivo, que sentenció de muerte a su estructura. Esa fue la razón de que las autoridades tomaran la decisión de demolerlo.

6. Palacio de los Lasso de Castilla, demolido en 1882

Grabado de las «Fiestas ante la casa de los Lasos de Castilla el 3 de abril de 1614»
Grabado de las «Fiestas ante la casa de los Lasos de Castilla el 3 de abril de 1614»

Todas viviendas que encontramos en la gran manzana que forman la calle de los Mancebos, la Calle de la Redondilla y la famosa plaza de la Paja, en el barrio de La Latina, formaron hasta 1882 un único edificio: el Palacio de los Lasso de Castilla. Un enorme edificio levantado en el siglo XIV, que formó hasta hace no mucho una de las residencias más imponentes de Madrid. Según algunos autores contó con más de cien habitaciones.

La belleza y el lujo del inmueble era tal, que durante siglos fue habitado por personajes tan importantes como Rodrigo Díaz de Vivar, Germana de Foix, el cardenal Cisneros, Juana la Loca y su marido Felipe «El Hermoso». Desde 1477, también fue el alojamiento preferido de los Reyes Católicos durante sus estancias en Madrid. Ellos mismos ordenaron la construcción de un pasadizo para comunicar el palacio con la parroquia de San Andrés, de manera que no tuvieran que pisar la calle para llegar hasta su capilla real y asistir a misa.

Benito Pérez Galdós nombra el palacio en su obra «La razón de la sinrazón», publicada en 1915: «Ya estamos en San Andrés. ¡Oh venerable antigüedad! La capilla del obispo, con sus hermosos tapices, el Palacio de los Lasso de Castilla, vivienda de Isabel la Católica, donde estuvo el balcón en que Cisneros dio a los grandes la respuesta famosa, mirando a la artillería situada allí y sin pedir perdón por el modo de señalar».

En un principio, el edificio contó hasta con una torre que desapareció prematuramente. Con el paso de los siglos, la inmensa residencia fue deteriorándose hasta que, en 1882, fue derribada. En su lugar, el Marqués de Cubas optó por levantar la manzana con viviendas particulares mencionadas, que aún hoy siguen en pie. Del palacio, por lo tanto, ya no queda rastro.

7. Fortificación del Parque del Retiro, arrasada en 1814

A día de hoy no queda nada la Fortificación del Retiro. Se sabe de su existencia gracias a una serie de documentos gráficos que revelan su increíble y corta vida, en la que ocupó gran parte de la superficie del pulmón de Madrid. Surgió a principios del siglo XIX, en el contexto de Guerra de Independencia contra los franceses. La Península Ibérica se había convulsionado en 1808 con la llegada de las tropas napoleónicas, que entraron con la excusa de atravesar España para invadir Portugal... pero se quedaron.

Pronto se extendió la noticia del levantamiento alcalde de Móstoles, que llamó a las armas a todos los españoles para que acudieran en socorro de Fernando VII, retenido por Napoleón. Mientras tanto, los galos convirtieron el Parque del Retiro en su cuartel general. Cuesta imaginarse ahora un remanso de paz como el Retiro con un gigantesco fortifización erigida en su interior, llena de baterías y piezas de artillería. Al ser uno de los puntos más elevados de la capital, el General Murat ordenó pronto que se construyese también un gran fuerte con una ciudadela en su interior.

Las instalaciones eran tan grandes que hasta 2.000 soldados franceses vivieron en ella hasta el final de la guerra. Hasta dibujaron los planos del lugar para que quedara constancia de sus caminos, jardines y viviendas. Aquella población causó enormes daños sobre el famoso parque. Podaron prácticamente todos los árboles para alimentar sus hogueras. El centro neurálgico de la fortificación se encontraba donde hoy se ubica la Fuente del Ángel Caído.

Cuando los ingleses entraron en Madrid, lo primero que hicieron fue marchar sobre fuerte y arrasarlo. Sabían que si lo tomaban, se harían con la ciudad entera. Tras ellos, los madrileños acudieron después a destruir y deshacerse de cualquier vestigio de sus restos.