Una «guerra total» para acabar con el III Reich - ABC Multimedia

Segunda Guerra MundialLa barbarie española en la que se basaron los Aliados para matar a miles de civiles alemanes en Dresde

El 13 de febrero de 1945, toneladas y toneladas de bombas incendiarias aliadas cayeron sobre la ciudad germana por orden de este oficial

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Fue un 13 de febrero de 1945, durante los últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial, cuando llovió fuego aliado sobre la ciudad de Dresde, ubicada 200 kilómetros al sur d Berlín. Aquella jornada, y durante dos más, los Lancaster británicos y las Fortalezas Volantesestadounidenses se lanzaron cargados de proyectiles, y en tres oleadas (formadas sucesivamente por 256, 552 y 311 bombarderos), sobre la urbe sajona. Su objetivo no eran las fábricas que albergaba la región. Al menos no solo. Los aviadores buscaban causar el terror entre la población, destruir viviendas y comercios y, en general, provocar el caos.

Aquello fue el punto álgido de la llamada «guerra total»: el golpeo de civiles inocentes para obligar al Tercer Reich a rendirse. Según su instigador, el inglés Arthur Harris (apodado el «carnicero») funcionó. Pero el coste fue dramático: entre 25.000 y 100.000 muertos. Y es que, a día de hoy, las cifras siguen siendo un enigma. Lo que sí sabemos es que este británico, al frente del «Bomber Command» desde 1942, vio cumplido hace 75 años su cruento sueño: el de demostrar a sus detractores que los bombardeos en masa era la llave para que Adolf Hitler empezara a plantearse el fin de la Segunda Guerra Mundial. Y lo hizo, tras ver las tropelías perpetradas por los mismos nazis en Gernika.

Obsesionado

La táctica inglesa de bombardear ciudades empezó a pergeñarse cuando el teniente general Arthur Harris fue puesto al frente del mencionado «Bomber Command» (o Mando de Bombardeo) en 1942. Conocido a la postre como «Bomberman» Harris o «Carnicero» Harris, este oficial era partidario de que, si se acosaba a la población, esta se alzaría contra el nazismo. «Los civiles, así se esperaba, se volverían contra sus líderes si se les bombardeaba y se les sacaba de sus casas y no tenían medios para sobrevivir. Se buscaba golpearles con fuerza para que su moral se desmoronara», explica Ian Buruma en «La destrucción de Alemania». El historiador Sinclair McKay (autor de «Dresde, 1945») afirma que también se pretendía sembrar el pánico en las ciudades para forzar la rendición del Tercer Reich a golpe de terror.

De los dos objetivos, el segundo era el más realista. Harris, que arrastraba un severo complejo de inferioridad en el ámbito militar por su origen colonial y no aristocrático, se dejó cautivar por la eficacia de los bombardeos ya durante la Primera Guerra Mundial, en la que participó como soldado del 1º Regimiento de Infantería Rhodesio. La inmovilidad en las trincheras le convenció de que había que destruir al enemigo a través de los cielos para reducir la ingente cantidad de muertos que se sucedieron entre 1914 y 1919. A la postre, ver el enfrentamiento en la carlinga de su biplano «Sopwith Camel» (en el que combatió como piloto de caza durante la segunda fase de la contienda) terminó de darle la razón. Los números alababan su teoría, pues la contienda costó la vida a unos diez millones de militares.

Bomber Harris
Bomber Harris

Tras la Gran Guerra, Harris confirmó sus ideas durante la contienda que Gran Bretaña mantuvo en Irak, enfrentamiento en el que sus superiores apoyaron la firme creencia de que era plausible acabar con el enemigo desde el aire y sin necesidad de organizar una ofensiva a ras de tierra. «El joven comandante Harris, en lo alto de los cielos arábigos, pensaba en el efecto de las bombas sobre las sencillas viviendas de abajo: una aldea entera podía quedar reducida a cenizas en cuarenta y cinco minutos. Salvo disparar fusiles al aire, poco podría hacerse para evitarlo desde tierra», explica McKoy. Durante dicho enfrentamiento, el futuro «carnicero» dejó caer explosivos por primera vez sobre población civil y vio el caos que provocaban.

En su triste favor habría que decir que, poco tiempo después (allá por los años treinta), grandes estudiosos de la guerra se mostraron partidarios de atacar objetivos civiles como medio para doblegar al enemigo. Lord Tiverton, por ejemplo, puso sobre la mesa una disyuntiva que sobrevolaba la mente de muchos militares de la época: ¿era lícito bombardear a los hombres y mujeres que, en retaguardia, colaboraban con el esfuerzo de la contienda?: «La muchacha que prepara munición en una fábrica forma parte de la maquinaria de guerra tanto como el soldado que la dispara. Ella es mucho más vulnerable y será atacada seguro. Es imposible decir si un ataque así sería injustificado». Su conclusión, más allá de las dudas, era que sufriría las consecuencias en las luchas próximas.

Se inaugura el terror

Este debate fue saldado de un golpe por Adolf Hitler antes incluso de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. Ya en el enfrentamiento fraticida que vivió nuestro país entre 1936 y 1939, la Legión Cóndor bombardeó Gernika en lo que, según McKoy, fue el «claro antecedente de Dresde». No solo eso, sino «el comienzo de la guerra total»; es decir, el ataque sistemático de civiles con el único objetivo de generar el caos y aplastar las líneas avituallamiento enemigas. Aunque, como amos de la propaganda que eran, los miembros del Tercer Reich siempre defendieron que la «Luftwaffe» (la fuerza aérea) había dirigido sus explosivos solo contra las fábricas y las plantas armamentísticas de la ciudad vasca.

Excusas de cartón piedra, pues, ya comenzada la Segunda Guerra Mundial, el mismo Adolf Hitler se mostró enardecido ante la propuesta de reducir la capital inglesa a cenizas a golpe de explosivos. «Göring quiere, mediante innumerables bombas incendiarias de efectos totalmente nuevos, producir incendios en las distintas partes de la ciudad, incendios por todas partes. [...] ¡Destruir Londres por completo! ¿Qué podrán hacer sus bomberos cuando todo esté ardiendo?», explicó en una ocasión el líder nazi. Otro tanto sucedió poco después de los años cuarenta, cuando el «Führer» aprobó el adiestramiento de una tripulación que -en un bombardero pesado de largo alcance- despegaría desde el norte de Alemania para soltar su letal carga... ¡sobre la ciudad de Nueva York!

Estado de Guernica tras el ataque
Estado de Guernica tras el ataque

Así pues, cuando Harris fue ascendido al Estado Mayor en 1940, ya en la Segunda Guerra Mundial, sus ideas no eran ni mucho menos desconocidas. Lo que sí rechina algo más es la forma en que veía los bombardeos sobre Alemania. En las memorias que publicó en 1947, afirmó sentir fascinación por los «tornados y tifones de fuego». A su vez, criticó los explosivos que utilizaba la RAF por considerar que tenían poca potencia. «Las bombas explosivas eran invariablemente demasiado pequeñas e inadecuadas. La bomba estándar de 113 kilogramos era un misil ridículo», escribió.

Este tipo de bombardeos fue apoyado en un principio por el premier británico Winston Churchill. Un político de moral cambiante que, al menos durante aquellos años iniciales de contienda, llegó a afirmar que la única forma de derrotar a Alemania era «un ataque absolutamente devastador, exterminador, con bombarderos muy poderosos desde este país sobre el territorio nazi». Según su parecer, la idea de que la contienda se extendiera tanto en el tiempo como la Primera Guerra Mundial era intolerable. Valga como prueba que, el 22 de febrero de 1942, puso al futuro «carnicero» al frente del mencionado Mando de Bombarderos y le solicitó generalizar el terror con sus aviones sobre las ciudades teutonas.

División de opiniones

Desde que ascendió a su nuevo puesto, Harris se planteó dos objetivos: evitar que Churchill cambiara de idea en relación a los ataques sobre civiles y aumentar el número de aviones y tripulaciones a sus órdenes para hacer llover fuego sobre los núcleos de población germanos. McKoy es partidario de que, aunque el «carnicero» odiaba profundamente a los alemanes, siempre defendió que «destruir ciudades, matar trabajadores y perturbar la vida comunitaria civilizada» evitarían una matanza mayor. De hecho, consideraba que morir de esta guisa no era la peor forma de marcharse al otro mundo.

Durante los años siguientes, Harris se enfrentó a todos aquellos contrarios a los bombardeos en masa sobre civiles. «Aquel que expresara escrúpulos o dudas morales sobre su labor era un “quintacolumnista”», desvela McKoy. Desde el principio, sus enemigos principales en este sentido fueron los mandos del Estado Mayor del Ejército del Aire. Estos fueron firmes defensores de los ataques estratégicos sobre puntos muy concretos como fábricas de armamento o estaciones petrolíferas. Según su opinión, de esta forma se evitaba lanzar toneladas y toneladas de explosivos en masa sobre civiles y se lograba ralentizar el esfuerzo bélico germano. Todo ventajas, y sin acabar con hombre, mujeres y niños inocentes.

A su favor, Harris argüía que este tipo de ataques obligaban a los aviadores a acercarse mucho a los objetivos para garantizar que las bombas caían en el lugar deseado; algo que ponía en riesgo su vida y que había costado la existencia a miles de jóvenes de la RAF. En concreto, unos 50.000 hasta entonces. El «carnicero», según McKoy, no esgrimía ese argumento de forma ventajista. Todo lo contrario; casi se veía como el padre de aquellos hombres. «No existe comparación para tal coraje y determinación ante el peligro durante un período tan prolongado, un peligro a veces tan enorme que solo un hombre de cada tres podía esperar a las operaciones», escribió sobre ellos tras la Segunda Guerra Mundial.

Bombardero Lancaster, el más famoso del ejército británico
Bombardero Lancaster, el más famoso del ejército británico

Los enfrentamientos más duros entre Harris y sus detractores se sucedieron en los últimos meses de 1943. Él, sin embargo, mantuvo siempre a su versión inicial. Tanto, que incluso llegó a suscribir la llamada «Operación Trueno»: el bombardeo masivo (casi apocalíptico) de Berlín con el único objetivo de hacer que el Reich se estremeciera. Así se explicaba en el informe que se presentó al alto mando: «El ataque debe llevarse a cabo con tal densidad que suponga un riesgo de muerte lo más cercano posible al ciento por ciento para el individuo que se encuentre en la zona designada».

Al final, primó la visión de un Harris que convenció al alto mando de que, aunque se bombardeara la industria nazi, Alemania contaba con una capacidad casi enfermiza para recuperar su capacidad de producción industrial en menos de cuatro o cinco meses. «Se destruyeron las presas de Möhne y Eder para causar asombro. No se logró nada comparable a los esfuerzos y pérdidas. Nada, salvo una muestra suprema de habilidad, valentía, devoción e ingenio técnico. El daño material fue insignificante frente al que causaría un pequeño bombardeo de “área”», se defendió el «carnicero» en una misiva. La realidad, sin embargo, es que durante el tiempo que duró la controversia Harris ya había ordenado una infinidad de ataques sobre ciudades como Westfalia, Lübeck, Rostock, Colonia, Essen y otro tantas.

Fuego sobre Dresde

Tal y como desvela el famoso periodista e historiador Jesús Hernández en su obra «Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», el bombardeo de la ciudad de Dresde (la capital de Sajonia) fue el punto álgido de la «guerra total» de Harris. En sus palabras, la teoría más aceptada es que era «un importante nudo de comunicaciones y contaba con una potente industria». De hecho, el lugar ya había sido objeto de otros ataques a lo largo de la contienda por ello. No obstante, tan real como ello es que golpearla suponía un duro impacto moral para el régimen nazi.

Más allá del objetivo, el bombardeo de Dresde comenzó a las 22:00 del 13 de febrero de 1945. «En esta primera oleada participaron 244 cuatrimotores Avro Lancaster que arrojaron 800 toneladas de bombas», explica Hernández. Esa misma noche, una segunda oleada barrió la urbe. En este caso, mediante una fuerza formada por 552 aparatos. Una jornada después hicieron su aparición las temibles fortalezas volantes B-17 norteamericanas. Unos aparatos equipados con una ingente cantidad de ametralladoras y que eran apodados de esta guisa debido a que su potencia de fuego y su forma de bombardear al enemigo (se apiñaban en grandes formaciones de combate) les hacían ser un verdadero muro frente a los cazas nazis.

Imagen de la ciudad de Dresde tras el ataque
Imagen de la ciudad de Dresde tras el ataque

En este caso, la USAAF aportó casi cuatro centenares de estos aparatos, cada uno de los cuales podía portar más de 4.000 kilogramos en explosivos. El 15, los aliados dieron la última pasada, terminando de destruir Dresde. A día de hoy se desconoce el número exacto de bajas que se produjeron, pero Hernández afirma que (entre civiles y soldados) pudieron fallecer más de 300.000 personas, «casi el doble de víctimas de las bombas de Hiroshima y Nagasaky juntas». Los más optimistas hablan de 25.000.

Las cifras de explosivos lanzados son analizadas por el historiador Andrew Roberts en su libro «La tormenta de la guerra»: «Las 2.680 toneladas de bombas arrojadas arrasaron más de 33 kilómetros cuadrados de la ciudad, y muchos de los muertos fueron mujeres, niños, ancianos y algunos de los cientos de miles de refugiados que huían del Ejército Rojo, que se encontraba a menos de 100 kilómetros al este». Estos dejaron este mundo asfixiados, calcinados o cocidos, según determina el también historiador Allan Mallinson en uno de sus múltiples estudios sobre el tema. En palabras de Roberts, «cocidos» no es un eufemismo: «Hubo que extraer pillas de cadáveres de un gigantesco depósito de agua contra incendios al que había saltado para escapar de las llamas gente que fue cocida viva».

Tres preguntas a Sinclair McKay

-¿Qué es la «guerra total» que, según afirma en su obra, comenzó con Dresde?

Al comienzo del siglo XX todavía se creía que las guerras se podían limitar a los campos de batalla y que se podía mantener al margen a la población civil (algo que era ilusorio porque la historia está llena de ataques y sitos a ciudades). Sin embargo, en la Segunda Guerra Mundial se admitió con honestidad que esto era imposible y que, aunque al principio se pretendía mantener a las urbes al margen, esto era imposible. La “guerra total” implicaba que todos, militares y ciudadanos inocentes, eran objetivos.

-¿Qué cambió para que los aliados llegaran a la conclusión de que debían usar la «guerra total»?

Guernica lo cambió todo. Lo lógico hubiera sido que el horror que allí se vivió provocara que el mundo rechazara ese tipo de ataques. Pero no fue así; fue el detonante de la “guerra total” y del bombardeo de las ciudades y la población civil. Una contienda donde los más indefensos (bebés, ancianos, discapacitados...) sufrieron las consecuencias.

-¿Entonces, fue el bombardeo de Guernica un precedente directo de Dresde?

En efecto. En Guernica se inició un proceso que fue aumentando poco a poco en intensidad. Varsovia, Róterdam, Coventry, Lübeck, Colonia, Hamburgo, Londres, Liverpool, Glasgow... Con estos bombardeos, tanto los nazis como los aliados buscaban generar el mayor caos posible bajo las creencias (acertadas o no) de que detendrían al enemigo, de que su moral se derrumbaría y de que no sería capaz de continuar con la lucha. Pero no era cierto. Al final, el mismo Churchill estableció que no era posible discernir la reacción de una población vejada de esa forma y que no se podía dar por hecho que aquellos golpes de mano llevarían a la victoria.