Rosa Luxemburgo - ABC

Rosa Luxemburgo: la bestial ejecución de la revolucionaria que repugnaba a Stalin

Partidaria de una revolución «desde abajo», cargó contra la represión de la libertad en Rusia y creó la Liga Espartaco como una escisión del Partido Socialdemócrata

Madrid Actualizado: Guardar
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Han pasado exactamente cien años de la muerte de Rosa Luxemburgo, un personaje que sigue suscitando acalorados debates. Pero, más allá de controversias políticas, lo que se recuerda este 15 de enero es el asesinato de uno de los iconos de la izquierda a manos de los Freikorps, los grupos paramilitares a los que se ordenó aplastar el Levantamiento Espartaquista de enero de 1919.

Tras ser capturada, Luxemburgo fue ejecutada junto al líder políticoo Karl Liebknecht. Posteriormente, sus cadáveres fueron arrojados al Landwehrkanal, uno de los muchos canales de Berlín que desemboca en el río Spree. A día de hoy, ambos son recordados mediante un monumento que honra tanto su memoria como la de un intento revolucionario fracasado.

Pero, además de por su simbolismo, el asesinato es recordado por su barbarie. Y es que, tal y como señala la cadena «BBC», ambos personajes fueron humillados, golpeados y torturados antes de pasar a mejor vida. De hecho, uno de los paramilitares rompió el cráneo de Luxemburgo con la culata de su fusil pocos minutos antes de darle muerte. Cuando la sangre brotaba a borbotones de su cabeza, la revolucionaria fue metida en un vehículo y cosida a balazos.

Los nombres de Luxemburgo y de Liebneck se suelen mencionar simultáneamente no sólo por haber sido asesinados en la misma noche, sino también por haber sido los cabecillas de la disidencia socialdemócrata que llevaría más tarde a la fundación del Partido Comunista Alemán (KPD).

Las leyendas, sin embargo, suelen tejerse más en torno a la figura de Rosa Luxemburgo. «Luchó todavía su vida por un partido por el que ni siquiera podía votar», subraya su biógrafo Ernst Piper para destacar lo particular de una mujer que se convirtió en una de las figuras políticas más importantes de su tiempo en momentos en que el voto femenino era solo una utopía.

Revolución constante

Nacida en Polonia en una familia judía, Rosa Luxemburgo estudiaría en Suiza, el primer país europeo en aceptar mujeres en sus universidades, y luego se instalaría en Alemania donde haría, tras obtener la nacionalidad, toda su carrera política.

Otro aspecto, además de su condición de mujer beligerante, que hace que la figura de Rosa Luxemburgo se destaque frente a otras personalidades históricas del marxismo son sus discrepancias frente a Lenin y a la revolución rusa.

Rosa Luxemburgo no creía, como lo explica Piper en su libro, en una revolución hecha por una elite -Lenin veía al partido como una vanguardia revolucionaria-, sino que estaba convencida de que la revolución tenía que venir desde abajo, de las masas.

Además, en sus escritos criticó la represión de la libertad de expresión en la entonces naciente Rusia soviética y afirmó, en una frase que se cita con mucha frecuencia, que «la libertad es siempre la libertad del que piensa distinto». La revolución, según esta mujer, debía ser permanente, pues era un proceso constante de aprendizaje.

Por eso necesitaba la libertad y, por eso, en 1931 Stalin declararía a Rosa Luxemburgo enemiga de la que, según él, era la única revolución verdadera: la del comunismo soviético. Con ello, según Piper, Stalin asesinó a Rosa Luxemburgo por segunda vez.

División interna

El distanciamiento de Rosa Luxemburgo y Karl Liebneck del Partido Socialdemócrata (SPD) se intensificó con la Primera Guerra Mundial, a la que ellos y el ala izquierda de la agrupación se opusieron, pero venía de más atrás y tenía que ver con la división típica de los partidos de izquierda entre reformistas y revolucionarios.

Con el fin de la Primera Guerra Mundial, la división entre las dos alas se hizo más virulenta y se trataba de definir el tipo de Estado que debía construir Alemania tras la derrota.

La fundación del KPD, a partir de la llamada Liga Espartaco creada por Luxemburgo y Liebneck, fue vista por los socialdemócratas reformistas como una declaración de guerra.

Liebneck creyó que había llegado el momento de hacer la revolución en Alemania. Rosa Luxemburgo era algo escéptica -decía que una revolución no se hace sino que es algo que simplemente ocurre- pero el curso de los acontecimientos la puso al frente de un conflicto que terminaría pagando con su vida.

Klaus Gietinger, en «Un cadáver en el Landwehkanal», defiende la teoría de que los soldados que dieron muerte a Liebneck y Luxemburgo el 15 de enero de 1919 contaban con la complicidad de las altas esferas del gobierno socialdemócrata y sobre todo del comisionado para el ejército, Gustav Noske.