Retrato del Rey Carlos II, por Wilhelm Humer
Retrato del Rey Carlos II, por Wilhelm Humer

El prognatismo de los Habsburgo, el mentón gigante que torturó a los Reyes de España

Felipe II, Felipe IV y, en un grado menor, Felipe III, mostraron también la característica mandíbula prominente, pero ninguno alcanzó una desproporción igual a la de Carlos I, ni a la de Carlos II «El Hechizado»

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La endogamia –el matrimonio entre primos hermanos– fue un instrumento político empleado por la familia Habsburgo para mantener unidas las dos ramas de la dinastía, la española y la vienesa, y probablemente la responsable de que el último de sus reyes en España, Carlos II «El Hechizado», fuera incapaz de dar un sucesor a la Corona. Los elevados coeficientes de consanguinidad del Rey, con una cifra de 0,254 (la misma presente en un matrimonio entre padre e hija), le hicieron portador de numerosos genes recesivos y alteraciones genéticas. En esta herencia genética envenenada, Carlos II presentaba el prognatismo que su padre, su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo ya exhibieron casi como un símbolo de poder. La mandíbula prominente fue un distintivo de los Habsburgo, pero también el origen de muchos complejos personales.

El prognatismo es una deformación de la mandíbula por la cual ésta, bien en la parte superior o bien en la parte inferior, sobresale del plano vertical de la cara. Puede ser una característica fisonómica de nacimiento como en el caso de los Habsburgo o incluso estar causado por un problema hormonal como el gigantismo o la acromegalia.

Esta desalineación entre el maxilar y la mandíbula impide el correcto encaje de la boca al cerrarla y causa dificultad para hablar, morder y masticar. Precisamente por ello, el prognatismo –que es habitual en otras especies de homínidos– se soluciona hoy con una cirugía o a través del uso de ortodoncia en los casos más extremos. Sin posibilidad de operarse, muchos personajes históricos tuvieron que resignarse o, si acaso, recurrir a una prominente barba como hizo la mayoría de los miembros de la Casa de Austria, los Habsburgo.

Un símbolo de poder de los Habsburgo

La muerte de Isabel «la Católica», en 1504, y la antipatía de una parte de la nobleza castellana hacia Fernando «el Católico» alzó en el trono de Castilla al hijo de Maximiliano I de Habsburgo, Felipe «el Hermoso», casado con Juana «La Loca», que en el momento del casamiento era la tercera en la línea de sucesión al trono. El hijo mayor del matrimonio, Carlos I, heredó las coronas de Castilla y de Aragón a consecuencia de la prematura muerte de su padre, el fallecimiento sin herederos varones de Fernando «El Católico» y la incapacidad para reinar de su madre.

Si bien su padre Felipe I y su abuelo Maximiliano I de Alemania ya portaban un llamativo mentón, fue Carlos V de Alemania y I de España quien hizo más por la notoriedad del prognatismo. De hecho, esta condición es conocida en los países anglosajones como «the Habsburgo Jaw» a consecuencia, precisamente, del peso histórico e icónico de Carlos V en las islas británicas. Su intermitente amistad, luego enemistad abierta, con Enrique VIII, le convierten en un habitual de las numerosas ficciones que se han realizado sobre aquel periodo de los Tudor.

Retrato del entonces príncipe Carlos, el futuro emperador, con su familia paterna
Retrato del entonces príncipe Carlos, el futuro emperador, con su familia paterna

«Tiene los ojos ávidos, el aspecto grave, pero no cruel ni severo; ni en él otra parte del cuerpo se puede inculpar, excepto el mentón y también toda su faz interior, la cual es tan ancha y tan larga, que no parece natural de aquel cuerpo; pero parece postiza, donde ocurre que no puede, cerrando la boca, unir los dientes inferiores con los superiores; pero los separa un espacio del grosor de un diente, donde en el hablar, máxime en el acabar de la cláusula, balbucea alguna palabra, la cual por eso no se entiende muy bien», describe el embajador veneciano Gaspar Contarini sobre el Emperador Carlos V a los veinticinco años de edad.

El mentón «que parece postizo» era, en opinión de la mayoría de los cronistas, el rasgo más llamativo del Emperador y también el que afeaba más su aspecto, lo cual no evitó que para los estándares de la época fuera considerado un hombre atractivo y apuesto. La fama de hombre mujeriego acompañó toda la vida al Monarca más poderoso de su tiempo, hasta el punto de que se le cuentan al menos cinco hijos fuera del matrimonio.

Que no perjudicara su imagen de hombre proporcionado no significa que el prognatismo estuviera exento de una infinidad de inconvenientes. Según observa el médico psiquiatra Francisco Alonso-Fernández en su libro «Historia personal de los Austrias españoles», su mandíbula le obligaba a aparecer siempre con la boca medio abierta, articular la palabra de una forma defectuosa (signo patológico designado como disartria) y a tener que luchar en la masticación y la deglución de los alimentos. La vergüenza que le causaba que le vieran masticar con dificultad hacía que prefiriera comer en solitario, sin que nadie pudiera contemplar sus apuros. El asunto es especialmente relevante dado que el Rey –con tendencia a sufrir episodios depresivos y a mostrar comportamientos obsesivos– era adicto a la comida y a abusar de todo tipo de alimentos.

La mandíbula de Carlos le obligaba a aparecer siempre con la boca medio abierta, articular la palabra de una forma defectuosa (signo patológico designado como disartria) y a tener que luchar en la masticación y la deglución de los alimentos

Uno de los médicos de la Corte, Villalobos, llamó la atención en sus estudios sobre estos malos hábitos del Rey: reclamaba con reiteración mayor abundancia en la comida y exigía la introducción de nuevos platos casi a diario. Y, puesto que nunca modificó su peso corporal pese a su apetito exagerado, el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández y otros autores argumentan que el Rey fuera bulímico como lo más probable.

«Váyase al diablo, bocina fea»

La característica mandíbula de Carlos V de Alemania y I de España era muy conocida a nivel popular y sirvió a quienes querían ofenderle con improperios. Como Pierre de Bourdeille cuenta en su famosa obra «Bravuconadas de los españoles», un soldado que servía en Hungría al Emperador y a su hermano, Fernando Rey de los romanos, se quejó amargamente de las condiciones del servicio y afirmó de forma deslenguada «váyase al diablo, bocina fea, que tan tarde es venido, que todo el día somos muertos de hambre y frío». La referencia a la deformidad de su boca no ofendió a Carlos V, que se lo tomó con humor y no dio orden de castigar al soldado, al menos según Bourdeille, pero da una idea aproximada del tono de los insultos empleados contra su figura.

Felipe II, Felipe IV y, en un grado menor, Felipe III, también mostraron la característica mandíbula prominente, pero ninguno alcanzó una desproporción igual a la de Carlos V, ni a la de Carlos II «El Hechizado». En el conjunto familiar de las dos ramas, la española y la vienesa, los más afectados fueron Leopoldo I de Austria y Carlos II de España, dos casos donde el grado de consanguinidad era especialmente alto. Los padres de Carlos II eran tío y sobrina y los dos tenían un prognatismo más que visible. Ambos, además, mostraban las características faciales típicas de la familia: una nariz grande, una tendencia a un aplanamiento en la mandíbula superior) y un labio inferior grueso y prominente.

Retrato de Leopoldo I de Habsburgo
Retrato de Leopoldo I de Habsburgo

A pesar de los complejos personales acarreados, los Habsburgo hicieron del prognatismo casi un símbolo de poder. Muchas de las monedas y medallas de estos soberanos, donde podrían haber disimulado sus mandíbulas inferiores, parecen aún más prognatas que en los propios retratos. Como ocurre con la leyenda de la sangre azul, la prominencia de sus mandíbulas les conectaba con sus gloriosos antepasados, que en el caso de la rama española estaba ya presente tanto por parte de los Trastámara como los Borgoñeses, y les diferenciaba así del resto de los mortales.

La mandíbula y el labio Habsburgo estaban ya presentes en la familia, en 1421, en la persona de Zimburga de Masovia, una princesa con una mandíbula saliente que se casó con el Duque Ernesto de Hierro, destacado antepasado de los Habsburgo. Zimburga, que tenía sangre portuguesa, española, austriaca y borgoñona, prácticamente la misma procedencia que sería mayoritaria en la herencia genética de Carlos, legó a su hijo mayor, el Emperador Federico III, una fuerte mandíbula y una barbilla normal. Sin embargo, su hijo, Maximiliano, el Emperador que reinó de 1468 a 1519, desarrolló una aparatosa deformación mandibular.