Recreación teatral de Ben Hur
Recreación teatral de Ben Hur - ABC

Las Champions de la Antigua Roma

David Álvarez recorre la historia del circo romano, el mayor espectáculo del mundo antiguo, que guarda muchas semejanzas con el actual deporte rey

«Los ultras del fútbol de ahora son hermanitas de la caridad comparados con los del circo romano», asegura

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El ruido era ensordecedor en las inmediaciones. Dentro, miles de aficionados, muchos vestidos con los colores de su equipo, animaban con tal pasión a los suyos que sus gritos y sus cánticos se oían con claridad en las tabernas cercanas. En ellas celebrarían después la victoria o ahogarían sus penas. Los hay que ganarían por partida doble con las apuestas, o todo lo contrario. Ese día la ciudad giraba en torno al espectáculo deportivo que allí se disputaba. Y no, no era una final de la Champions, aunque escuchando hablar al historiador David Álvarez Jiménez, forofo del fútbol y del circo romano, resulten palpables las similitudes entre la fiebre que despertaban entonces las carreras de carros y los derbis de hoy.

«Era un espectáculo muy adrenalítico», asegura este doctor en Historia Antigua que, en su libro « Panem et circenses» (Alianza Editorial, 2018), recorre la historia de Roma a través del circo. La escena de la carrera de la película de Ben-Hur, que protagonizó Charlton Heston, refleja bien la tensión de la competición, los peligros que debían sortear los aurigas para conducir a sus caballos hasta la meta y el furor que despertaban entre los espectadores que se apretujaban en los asientos.

«Fue el mayor espectáculo que jamás conoció el mundo antiguo», asegura este doctor en Historia Antigua, que aporta datos: el Circo Máximo de Roma debió de contar con un aforo de unas 250.000 personas, una cuarta parte de la población total de la ciudad. Con unas gradas que rodeaban la arena de 621 metros de largo por unos 150 de ancho, «fue el mayor recinto deportivo construido en la historia de la humanidad hasta la llegada de los deportes de masas en el siglo XX, en concreto las actuales competiciones de motor», subraya.

«En el anfiteatro, un gladiador vivía o moría, pero no creaba escuela. En el circo, generación tras generación de una familia seguía a alguno de los cuatro colores o facciones que competían entre sí, los azules y los verdes principalmente, o los rojos y los blancos», explica Álvarez. Todos los romanos, hasta el mismísimo emperador, eran seguidores de un equipo. Algunos soberanos fueron, de hecho, auténticos hinchas de la «factio» a la que apoyaban e incluso los hubo que llegaron a competir como aurigas, como Nerón, para escándalo de sus contemporáneos (los aurigas solían ser esclavos). Pero todos, en mayor o menor medida, rentabilizaron políticamente la pasión de sus súbditos por el circo.

«Todos hicieron uso del circo, incluso Juliano Apóstata que lo detestaba con toda su alma. De todos se destaca su afición por los espectáculos, su gasto. Se suele citar a Nerón o Calígula, pero incluso Marco Aurelio reconocía la necesidad de los espectáculos para satisfacer a las masas», relata el historiador. Era un medio de contentar al pueblo y congraciarse con él, y también de controlarlo. El «panem et cicenses» («pan y circo») que acuñó Juvenal en su sátira.

Detalle de una cuádriga del Mosaico del Circo del Museo de Arqueología de Cataluña
Detalle de una cuádriga del Mosaico del Circo del Museo de Arqueología de Cataluña - MAC Barcelona

Desde el principio, el circo jugó un importante papel político y social. La capacidad del recinto para reunir a las masas lo convirtió en el lugar de asamblea popular más idóneo y donde más cerca podía encontrarse el emperador con el pueblo. Cuando la gente se quejaba de algo, lo hacía allí. Cuando el soberano quería celebrar un triunfo o mostrar su poder, también lo hacía allí. En época bizantina, los emperadores eran coronados precisamente en el Hipódromo de Constantinopla, construido por Constantino a imitación del Circo Máximo, aunque de menor capacidad (100.000 espectadores).

Revueltas y baños de sangre

Las facciones de los verdes y los azules, que eran las que congregaban un mayor número de aficionados, tenían su propia grada de animación y en su núcleo albergaban a los elementos más ruidosos, los seguidores más violentos, que no dudaban en enfrentarse a sus rivales y a las autoridades, o en convertirse en cabecillas de reivindicaciones sociales y políticas. «Los ultras de ahora son hermanitas de la caridad comparados con los ultras del circo romano», remarca el autor de «Panem et circenses» que da buena cuenta en el libro de disturbios que se iniciaron en el circo y terminaron en un baño de sangre, como la revuelta de Niká en la que murieron 35.000 personas o la que sofocó el emperador hispano Teodosio en Tesalónica con la ejecución de 7.000 personas.

«El circo también tenía su peligro para las autoridades, pero éstas nunca se cuestionaron su existencia», señala Álvarez, porque los ultras eran también quienes animaban y dirigían los clamores al emperador y quienes llevaban a las canchas las reivindicaciones políticas y los problemas sociales de la ciudad, a los que a veces el emperador satisfacía y otras no.

El espectáculo comenzaba con unas pompas circenses, un desfile por las calles de la ciudad en el que participaban los aurigas, los pantomimos (artistas que actuaban entre las carreras) y el propio editor que patrocinaba el espectáculo, lo pagaba u organizaba. La vuelta ceremonial conducía hasta el circo donde, a su llegada, la gente entraba y ocupaba sus localidades. La entrada era al parecer gratuita, aunque existían algunos asientos reservados. La primera carrera del día era la más importante de las 24 que se celebraban desde la mañana hasta la noche (incluso podía haber competiciones nocturnas). El organizador soltaba un pañuelo blanco y comenzaba la competición, que consistía en 7 vueltas a la arena que se contabilizaban desde la espina central haciendo caer imágenes de un delfín (simbolizaba la velocidad) o un huevo (debía de tener algún motivo religioso).

El mejor auriga de la Historia

El «Messi» o «Cristiano Ronaldo» más famoso del mundo antiguo fue un hispano, Diocles, que en los 24 años que compitió como auriga consiguió más de 1.400 victorias en 4.200 carreras. Una gran inscripción honorífica que se le dedicó en vida tras su retirada a los 42 años detalla todos sus triunfos, los caballos con los que compitió en carros tirados por hasta siete caballos, los grandes premios que ganó y hasta el dinero que obtuvo, toda una fortuna entonces que le permitió retirarse al Praeneste (actual Palestrina). Allí se descubrió una segunda inscripción en su honor, en el templo de la Fortuna Primigenia, erigida por sus hijos.

Para un auriga, competir en el Circo Máximo de Roma, como hizo en multitud de ocasiones Diocles, era alcanzar la cima en su profesión, pero había circos importantes en Cartago, Antioquía, Alejandría o la ya citada Constantinopla y otros muchos repartidos por toda la geografía imperial. En Hispania se conocen una treintena de circos, entre ellos los de Tarragona, Sagunto, Lisboa, Valencia, Carmona, Segóbriga, Calahorra, Toledo, Córdoba, Écija y Mérida, y en otros muchos lugares hay indicios de su existencia. Aunque no se podían comparar en tamaño con los de las grandes ciudades imperiales, se estima que 23.000 espectadores abarrotaban el circo intramuros de Tarraco y hasta 30.000 personas el de Mérida.

Restos del circo romano de Mérida
Restos del circo romano de Mérida - Wikipedia

«También por inscripciones sabemos que se improvisaban en espacios aplanados de tamaño suficiente, con tablones de madera (como ahora con plazas de toros)», relata Álvarez. Ciudades de menor tamaño, como Guadix o Martos en la Bética, también debieron de contar con circos. «Al igual que ahora vemos aeropuertos, auditorios, polideportivos en pequeñas ciudades que se hicieron en los años previos a la crisis, entonces los más poderosos de la ciudad procuraban incluir este tipo de espectáculos porque les daban réditos políticos», añade ya que no solo el Estado romano sufragaba el circo. También los particulares podían organizar carreras para ascender social y políticamente y lograr el beneplácito de la ciudadanía.

Quizá en la recién descubierta Caraca, en Driebes (Guadalajara), den un día con algún indicio. A David Álvarez, que pertenece al equipo arqueológico que ha sacado a la luz la antigua ciudad romana, le encantaría. «No hemos encontrado ninguna evidencia positiva», admite con cierto pesar, pero no pierde la esperanza y sigue examinando in situ y con fotografías aéreas dónde pudo haber sido instalado. Si tuvo unas termas como las de Segóbriga, es posible que contara también con circo estable o que al menos albergara espectáculos circenses de forma ocasional. «Hay lugares donde se sabe que llegaban «troupes» de aurigas que iban recorriendo el Imperio y se organizaba un espectáculo. Pudo ocurrir en Caraca, por qué no», aventura.

El circo continuó tras la caída del Imperio Romano de Occidente en algunos reinos bárbaros y en el Imperio Oriental hasta la Edad Media, prácticamente hasta el siglo XIII, aunque cada vez fue teniendo menos sentido, según explica el historiador que cierra su recorrido histórico en el año 602, con el asesinato del emperador bizantino Mauricio. Las ricas monarquías ostrogodas y vándalas lo mantuvieron hasta que los territorios comenzaron a empobrecerse y las aficiones cambiaron.

Con el tiempo la arena por la que corrían las cuádrigas pasó a ser escenario de justas de caballeros y el mayor espectáculo del mundo antiguo expiró. De su enorme tirón en la Antigüedad aún dan fe los restos arqueológicos de lo que fueron los circos, los mosaicos, las inscripciones y cerámicas con motivos circenses... «Se vendían incluso uniformes de aurigas, como las camisetas de fútbol actuales», apunta Álvarez. También en eso somos herederos de Roma.