Ejecución de los comuneros de Castilla, del romántico Antonio Gisbert
Ejecución de los comuneros de Castilla, del romántico Antonio Gisbert

El Papa «bárbaro» que reinó en España y aplastó a los rebeldes comuneros

En el caluroso verano de 1522, el séquito del Emperador avanzó con lentitud hasta Palencia con la esperanza de reunirse con Adriano y agradecerle sus servicios como regente de Castilla durante su ausencia. Pero supo por el camino que su apreciado Adriano ya había zarpado a Roma a reclamar la tiara papal sin esperarle a él

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Carlos I de España, más tarde Emperador 5º con ese nombre del Sacro Imperio Germánico, entró en Castilla como un elefante en una cacharrería. Sin hablar bien castellano y de gesto inexpresivo, el nieto de Fernando el Católico emergió en España de la mano de una amplia corte de consejeros flamencos y sin molestarse en conocer los pormenores de la siempre díscola nobleza local.

Con la Reina madre Juana encerrada en Tordesillas, el más español de todos los infantes, Fernando, camino de Bruselas, y el cardenal Cisneros fallecido; la entrada de Carlos levantó casi desde el principio ampollas entre la nobleza. Y lo peor es que ni siquiera contaban con la forma de elevar al Rey sus protestas. Guillermo de Croy, señor de Chièvres, hacía las veces de interlocutor entre Carlos y la mayoría de nobles castellanos y aragoneses, que, a excepción de unos pocos, como el Marqués de Villena o el Obispo de Badajoz, fueron apartados de las esferas de poder. Pero más que un interlocutor era un muro.

El germen de una rebelión

El ministro flamenco, que comprendía España como una vasta operación económica, se dedicó a repartir cargos entre los nobles flamencos que le acompañaban. El preceptor de Carlos, Adriano de Utrecht, recibió el Obispado de Tortosa; Ludovico de Marliano el de Tuy, y el sobrino de Chièvres, el Cardenal Guillaume de Croy, que tenía 20 años, el principal de todos los cargos eclesiásticos: el Arzobispado de Toledo que había dejado vacante Cisneros. «Era mala cosa encolerizar a los curas en Castilla», susurraban algunos con los dientes apretados.

«En verdad nuestro mercenario es (el rey), y por esta causa asaz sus súbditos le dan parte de sus frutos y ganancias suyas»

Nada comparado con la ristra de cargos y posesiones que se agenció el propio privado: Contador mayor de Castilla, Capitán General del mar en la Corona de Aragón y almirante de Nápoles. Esta política de prebendas fue interpretada como un desprecio absoluto hacia la nobleza, que celebró unas cortes plagadas de desconfianza a principios de 1518. Las Cortes de Castilla juraron fidelidad al Rey, recordándole de paso que en «España el poder está en la república, y si el Rey gobierna, es por un pacto callado». Es decir, frente a aquellos países de influencia francesa donde el Rey tenía un origen divino, aquí el Rey servía al reino porque así lo estipulaba un contrato tácito entre el reino y el rey. O como el procurador burgalés Zumel explicó:

«En verdad nuestro mercenario es (el rey), y por esta causa asaz sus súbditos le dan parte de sus frutos y ganancias suyas y le sirven con sus personas todas las veces que son llamados…»

La nobleza castellana esperaba del Rey que fuera el mejor alcalde y el mejor juez, siendo tan solo un servidor del reino, un mercenario, con el muy humano tratamiento de Alteza. Esta idea chocaba de frente con los planes de aquel descendiente de emperadores alemanes y señores flamencos, que pretendía imponer el tratamiento casi divino de Majestad. Aparte, los procuradores castellanos le exigieron que aprendiera a hablar castellano en el menor tiempo posible; que el infante Fernando no saliera de España hasta que Carlos tuviera hijos; un trato más respetuoso para su madre Juana, y que cesara de nombrar extranjeros para cargos hispánicos.

Óleo de Manuel Pícolo López que muestra la rendición de los líderes comuneros
Óleo de Manuel Pícolo López que muestra la rendición de los líderes comuneros

El monarca fingió acceder a todas estas condiciones a cambio de recibir un imponente montante de maravedís a pagar en tres años. Los castellanos comprobaron lo poco que valían las palabras del Monarca tras su abrupta salida de Castilla con dirección al territorio de la Corona de Aragón, donde permaneció casi un año enzarzado esta vez con las Cortes catalanas, y luego hacia Alemania, donde acudió a reclamar el trono vacante de su abuelo Maximiliano I en el Sacro Imperio Romano Germánico. La indignación castellana se sustentaba en cifras:

«En nuestra tierra obtuvo 600.000 ducados y permaneció solo cuatro meses; en Aragón, 200.000 y estuvo ocho meses; en Cataluña, 100.000, y se queda un año».

Con pie y medio fuera de España, Carlos forzó que las siguientes Cortes castellanas fueran celebradas en Santiago de Compostela, dado que planeaba embarcar hacia el Norte de Europa cuanto antes, y no en Toledo como reclamaba la aristocracia local. La consecuencia directa de esto fue que los procuradores de Toledo se ausentaron como señal de enojo, y los de Salamanca, en conformidad con los toledanos, se escudaron en un error burocrático para evitar ir a Santiago.

A Carlos I se le agotaba el tiempo y la paciencia. En previsión de embarcar de forma inminente hacia Alemania, ordenó el traslado de las Cortes a La Coruña y ejerció una presión asfixiante, procurador por procurador. Aun así fueron necesarias cinco votaciones para que las Cortes dieran su brazo a torcer, e incluso entonces lo hicieron por una débil mayoría. Dado que Toledo y Salamanca ni siquiera estaban representados, la victoria de Carlos en La Coruña únicamente se podía ver como una forma de ganar tiempo antes de la rebelión. Cuando el 20 de mayo de 1520 zarpó de La Coruña, Carlos estuvo hasta el último instante dudando si debía posponer el viaje para dirigirse a Toledo, que ya se había pronunciado en rebeldía, o si seguir adelante. Su ambición imperial pudo más que las razones de Estado. Castilla ardía a su espalda cuando tomó camino de Flandes.

El regente más adecuado

A su espalda el Rey dejaba una revuelta en curso y una polémica designación que, además de alimentar el fuego, incumplía sus renovadas promesas de no entregar cargos españoles a extranjeros. Adriano de Utrecht, el piadoso monje que le había educado, fue elegido gobernador de Castilla durante su ausencia. Desde ese cargo hubo de hacer frente al alzamiento de las llamadas Comunidades de Castilla. Al levantamiento en Toledo le siguió el de Segovia, cuya población se amotinó con sus procuradores en Cortes por haber votado a favor de lo que pedía Carlos. Dieron muerte a uno de dichos procuradores, Rodrigo de Tordesillas, a pesar de haberse acogido a sagrado en la iglesia de San Miguel. Toledo, Madrid, Salamanca y Ávila fueron detrás.

Al igual que un virus, el alzamiento se fue extendiendo por otras ciudades castellanas, siguiendo el clamor que los curas lanzaban desde sus púlpitos contra el mal gobierno del Rey extranjero. Frente a la movilización de las tropas reales, los representantes de Toledo pusieron a la cabeza de las milicias urbanas a Juan de Padilla, un hombre con el suficiente talento militar cómo para complicarle las cosas a los enviados de Adriano de Utrecht. Por no hablar de su esposa, María Pacheco y Mendoza, «la Leona de Castilla». Y es que los leones no se rinden.

Los comuneros sufrieron la negativa de Juana a apoyar sus demandas, pero fue la falta de apoyo de los grandes de Castilla lo que realmente malogró la revuelta

La guerra de las Comunidades de Castilla se alargó durante dos años sin que nadie lo hubiera si acaso imaginado en su origen. Los episodios aislados promovidos por el patriciado urbano evolucionaron hacia una guerra de asedios y batallas en campo abierto, debido tal vez al incipiente sentimiento nacionalista y a la indolencia de la alta nobleza. El incendio y saqueo de Medina del Campo, que se negó a entregar su parque artillero para asediar Segovia, convirtió al regente en el villano de referencia. En el verano de 1520, los comuneros consumaron el peor de los temores de Carlos: se apoderaron del palacio de Tordesillas, donde estaba internada la Reina Juana. Afortunadamente para la causa del Rey, los comuneros no lograron sacar a la reina madre de su apatía en los 65 días que permaneció la villa bajo su control.

Los comuneros sufrieron la negativa de Juana a apoyar sus demandas, pero fue la falta de apoyo de los grandes de Castilla lo que realmente malogró la revuelta. Como queriendo dar una lección al jovencísimo Rey, los miembros de la alta nobleza prefirieron mantenerse en un segundo plano hasta que observaron, preocupados y arrepentidos, que la sublevación en algunas ciudades estaba adquiriendo cierto carácter antiseñorial. El Rey accedió finalmente a nombrar dos gobernadores adjuntos al Cardenal Adriano elegidos entre la alta nobleza: el Almirante de Castilla, Don Fadrique Enríquez, y el Condestable, Don Íñigo de Velasco. Ese sencillo gesto cambió el signo de la contienda. Sin olvidar el millonario acuerdo matrimonial que Carlos obtuvo derivado de la boda de su hermana Leonor con el Rey de Portugal, Manuel «el Afortunado», quien se desposaba por tercera vez con una princesa de la Monarquía Católica. La millonada inyectó vigor a la causa real.

En la batalla de Villalar (el 23 de abril de 1521) fueron hechos prisioneros los principales líderes comuneros, entre ellos, Juan Bravo, Francisco Maldonado y Juan de Padilla. Todo ellos fueron ejecutados en esta misma localidad. Cuando María Pacheco recibió la noticia de la muerte de su marido se encerró unos días en su soledad. Pero al convertirse Toledo en el último reducto comunero, «la Leona de Castilla» apartó el luto de un manotazo para dirigir con el Obispo de Zamora, Antonio de Acuña, una resistencia desesperada frente a las tropas realistas. El resto de los dirigentes comuneros de la ciudad se inclinaron por capitular y reclamar cuanto antes el perdón real.

Doña María Pacheco después de Villalar, de Vicente Borrás y Mompó
Doña María Pacheco después de Villalar, de Vicente Borrás y Mompó

No así la viuda de Padilla, que estiró la resistencia hasta extremos heroicos. Habiendo huido el Obispo Acuña en dirección a Francia, la leona se elevó como el máximo mando en Toledo. La resistencia de Toledo se alargó nueve meses más allá de la batalla de Villalar, durante los cuales María llegó a apuntar los cañones del Alcázar contra los toledanos para mantener el orden entre las filas comuneras.

Finalmente, la superioridad de las tropas reales forzó la caída de la ciudad. Gracias a la ayuda de los familiares que militaban en el bando realista, María Pacheco logró huir de la ciudad disfrazada con su hijo de corta edad hacia Portugal. Allí fallecería casi una década después sin haber logrado el perdón del monarca. De nada sirvió la insistencia de su hermano menor, el poeta Diego Hurtado de Mendoza, que era uno de los hombres de mayor confianza de Carlos I. A los comuneros nunca supo perdonarlos.

El Papa bárbaro

Dos años después de abandonar el país de aquella manera, Carlos regresó con el propósito de castigar a esos villanos capaces de retener a su madre varios meses, y a recompensar a los que habían permanecido fieles a la autoridad real. En el caluroso verano de 1522, el séquito del Emperador avanzó con lentitud hasta Palencia con la esperanza de reunirse con Adriano y agradecerle sus servicios. Pero supo por el camino que su apreciado Adriano ya había zarpado a Roma a reclamar la tiara papal sin esperarle a él. Sin aguardar al principal responsable de que un monje humilde y nacido fuera de Italia hubiera alcanzado la cabeza de Roma. Aquí habría que recordar que incluso el vilipendiado Rodrigo Borgia había sido tan italiano, o más, que valenciano. Los extranjeros no estaban bien vistos en la sede pontificia, siendo que la llegada de Adriano al trono de San Pedro obedecía meramente a una carambola orquestada por los cardenales afines al Imperio.

El cónclave que siguió a la muerte del joven León X —fallecido con solo 47 años—fue un alarde de juego sucio y diplomacia de pasillos. Las maniobras de Carlos, por su parte, iban enfocadas en su origen a lograr la elección de Giulio de Médici (el futuro Papa Clemente VII), un florentino joven, elegante, culto y, ante todo, insultantemente rico. Era, en apariencia, un candidato de consenso entre las distintas potencias que controlaban Italia. No así para el Cardenal Pompeo Colonna y el resto de su poderosa familia. Los Colonna, aliados de Carlos, advirtieron que en caso de ser elegido otro Médici no iban a obedecerle en absoluto.

Retrato del Papa Adriano VI
Retrato del Papa Adriano VI

A las puertas de la elección, Giulio de Médici se hizo por sorpresa a un lado y, al ser preguntado por su voluntad, respondió: «Tomemos al Cardenal de Tortosa, Adriano, aquel anciano y venerable hombre». Aquel nombre no se lo había chivado al oído un Arcángel, sino uno de los cardenales de Carlos. Los votos de los Médici y los Colonna desembocaron esta vez sí en el mismo candidato, el regente de Castilla, que fue elegido Papa in absentia. Así las cosas, el pueblo romano no compartió la decisión. La histeria cundió por las calles ante la perspectiva de un papa extranjero. La multitud congregada insultó a los cardenales responsables de abrir las puertas a los bárbaros, que, según los rumores más improvisados, planeaban como primera medida trasladar la sede de la Iglesia a Castilla. Las paredes romanas se llenaron de grafitis con la inscripción «Roma est locanda» (Roma se alquila).

Adriano dudó incluso sobre si aceptar o no la elección. Jamás había pisado Roma y hablaba muy mal italiano. Aun así, lo peor de su adaptación estaba por llegar. El Papa bárbaro no se hizo a aquel ambiente de maledicencia, intriga y costumbres disolutas. Nada más ver el grupo escultórico clásico de «El Laocoonte y sus hijos», descubierto en 1506, quedó horrorizado por lo que consideraba un ídolo pagano y mandó tapiar las puertas de la galería de estatuas del Belvedere, repleta de obras grecorromanas con desnudos. Por otro lado, se abstuvo de nombrar nuevos cardenales, pues identificaba la venta de cargos e indulgencias como el más grave mal de la Iglesia, al igual que muchos de sus compatriotas del norte de Europa. Eso también complicaba su integración en ese hábitat.

Lo peor es que aquella guerra propagandística ató de pies y manos al reformador Adriano, que a su muerte, solo un año después de su elección, fue objeto de las más crueles bromas romanas

Los romanos contestaron con hostilidad a cada una de las decisiones del bárbaro, del que un soneto burlesco decía que se había vuelto «divino», haciendo referencia a que era «di vino». Le estaban llamando borracho tirando de los tópicos europeos. Los alemanes y los flamencos tenían fama de borrachos, los suizos de ordeñadores de vacas, los españoles de ladrones haraposos, los italianos de bujarrones y los franceses de meavinos. Lo peor es que aquella guerra propagandística ató de pies y manos al reformador Adriano, que a su muerte, solo un año después de su elección, fue objeto de las más crueles bromas romanas. Un grupo de gamberros adornó la casa del médico del Papa con guirnaldas que incluían la inscripción: «Liberatori Patriae Senatus Populusque Romanus».

Mientras Adriano era vilipendiado, Carlos cambió su actitud a su regreso a España. Se acabó el tiempo de los consejeros flamencos: tocaba hispanizar la dinastía. Las prestaciones de la infantería castellana (conformada como tercios a partir de 1534) y las grandes remesas de metales preciosos llegados de las Indias convencieron a Carlos de la necesidad de dar preeminencia a este reino y a su nobleza dentro de la estructura imperial.