Porfirio Smerdou, a los 90 años, en una imagen tomada por su nieto Cristian en Italia - CEDIDA POR LA FAMILIA

El olvidado Schindler de la Guerra Civil

Porfirio Smerdou, cónsul de México en Málaga, salvó a 580 personas de ambos bandos de una muerte segura

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En el número 19 de la calle República Argentina de Málaga, entre los chalés de este barrio conocido como el Limonar, una modesta casa pasa casi inadvertida tras un murete amarillo con seto. Dos pequeños letreros a ambos lados de su portalón negro aún mantienen el antiguo nombre de la finca, «Villa Maya», aunque muchos de los que por allí pasan desconocen la conmovedora historia que se vivió tras los muros de esta sencilla residencia que fue hogar del cónsul de México Porfirio Smerdou. En el horror que se desató en la ciudad el 18 de julio de 1936, sus apenas 100 metros cuadrados prestaron refugio a multitud de perseguidos que, gracias a la humanidad de Smerdou y su familia, pudieron salvar su vida.

Vacía desde hace meses y necesitada de reforma, Villa Maya parece haber caído en el mismo olvido que el diplomático mexicano. Hoy pocos recuerdan que con apenas 32 años, este hombre nacido en Trieste, ahijado del presidente de México Porfirio Díaz y educado en Bélgica, lo arriesgó todo para ocultar y salvar a 580 personas de ambos bandos durante la Guerra Civil.

Quica Pérez del Pulgar, la vecina del número 17, sí conoce bien su figura porque su propio padre llamó, como tantos otros, a la puerta de Smerdou pidiendo auxilio. Al alzamiento militar, sofocado en Málaga en sus primeros compases, le siguió una ola de violencia incontrolada contra todo aquel con ideas conservadoras. Familias enteras tuvieron que abandonar sus domicilios presas del pánico para esconderse en casas de familiares o amigos o escapar colina arriba. En aquellos días, un grupo de milicianos fue en busca del tío de Pérez del Pulgar a una casa situada algo más abajo que Villa Maya, también en el Limonar.

«Allí mismo mataron a mi tío y a mi abuelo. Mi padre logró escapar por la puerta de atrás y llamó a la puerta de Villa Maya, pero Smerdou tuvo que decirle que no porque no le cabía nadie más», relata Quica. Lejos de guardar rencor alguno, esta malagueña confiesa su admiración por el diplomático mexicano. «No me explico cómo pudo caber allí tanta gente. Hasta 70 personas llegaron a dormir en una casa que apenas tiene dos dormitorios, comedor, cuarto de estar, pasillo, cocina y un baño», reflexiona al recordar el interior de la vivienda que visitó hace años.

«Mi padre no pudo decir que no»

«El 18 de julio ya empezó a venir gente y mi padre no pudo decir que no», explica con sencillez Luis María Smerdou, uno de los cuatro hijos del cónsul. Apenas tenía seis años cuando estalló la guerra, pero aquel día se le quedó grabado en la memoria. Era sábado y se encontraba junto a su madre, sus hermanos y una tía suya que había ido a verles con sus hijos. Pasaban la tarde en un olivar a unos 20 metros de Villa Maya, cuando uno de sus primos comenzó a llorar por una apendicitis y tuvieron que ir corriendo al hospital. «Vi que había tropas por todos lados que pasaban y alguien me dijo: "es que hay una guerra"». Horas después, «comenzó a entrar gente en mi casa», prosigue Luis. De aquellos días de locos recuerda el ajetreo, la comida escasa y que «dormía con otros dos hermanos en una misma cama».

Villa Maya, en Málaga
Villa Maya, en Málaga - FERNANDO DEL VALLE

El primero en llamar a la puerta de Villa Maya fue el comerciante Ramón Varea. Le habían quemado su casa y dejado sin negocio. Conmovidos ante su difícil situación, Smerdou y su esposa Concha Altolaguirre Bolín, hermana del poeta Manuel Altolaguirre, le ofrecieron a él y a su familia que se quedaran en su casa. Después llegaron las familias del médico Agustín Santos Ayuso, la del prestigioso cirujano Patricio Gutiérrez del Álamo (abuelo de la exministra Rosa Conde), los Herrero Bolín, un grupo de nueve religiosos, Fernando Casal, Tomás Heredia, Antonio Parody, Fernando García, Matías Huelin, Leopoldo Werner, Ana Gonzálvez… La «lista» de «El Schindler de la Guerra Civil», como recoge el periodista Diego Carcedo en su libro (Ediciones B, 2003), es extensa.

El respaldo de México a la República había convertido a Smerdou en una persona respetada entre la izquierda, lo que facilitó su labor humanitaria. Además contó con el tácito consentimiento de destacadas autoridades de Málaga, contrarias a las continuas sacas y persecuciones de los más radicales. Incluso obtuvo las simpatías de los más exaltados que se habían adueñado de las calles. Le agradecían haber logrado el intercambio en Gibraltar de trece compañeras de milicianos anarquistas por trece familiares de Faustino Arévalo, el director del Banco Hispano Americano de Sevilla, así como del funcionario republicano Joaquín García Serón por Leopoldo Werner y su esposa. Gracias a su prestigio y sus contactos, Smerdou logró ir sacando de Málaga a muchos de los que ocultaba en Villa Maya, en el piso del cónsul argentino -cuando éste se marchó a Gibraltar y le pidió que atendiera sus asuntos-, o en la casa de un comerciante al que proporcionó una bandera mexicana por sus años en el país latinoamericano.

El himno de Villa Maya

En Villa Maya, de donde los refugiados no podían salir si no querían acabar asesinados junto al muro del cementerio, a la escasez de espacio y a los inconvenientes de contar con un solo baño para todos pronto se unió la falta de comida. Smerdou se encontró de un día para otro ante la dificultad por dar de comer a decenas de personas. Por suerte, un pariente acogido por el diplomático ofreció su ayuda. «Mi tío Fernando le dijo a mi padre que fuera a su casa, porque allí tenía 25.000 pesetas escondidas en una caja de caudales. Era muy arriesgado ir, pero mi padre no se lo pensó. Cuando llegó se encontró con que habían entrado en la casa. En el suelo había cristales de un espejo que habían roto y en la cocina, miel de unos tarros que habían tirado y que se le pegaba a la suela de los zapatos. Con miedo de que le sorprendieran allí, llegó al sitio donde estaba escondido el dinero y afortunadamente no le pasó nada”, relata Luis. Con esas 25.000 pesetas y lo que aportaron otros, los refugiados que fueron pasando por Villa Maya lograron sobrevivir hasta la entrada de las tropas de Queipo de Llano en Málaga en febrero de 1937.

Porfirio Smerdou, en una fotografía de la época
Porfirio Smerdou, en una fotografía de la época - CEDIDA POR LA FAMILIA

Pese a la tensión de aquellos días y el miedo a que Villa Maya se convirtiera en una ratonera, Luis señala que los refugiados lograron organizarse internamente en la casa y las discusiones nunca llegaron a mayores. «Hasta inventaron un himno y todo», añade el hijo de Smerdou antes de arrancarse a cantar. «Somos los refugiados, de Villa Maya, los perseguidos por la canalla, que si se enteran no nos salva el pellejo ni la bandera. Estamos casi al borde del paroxismo. Cada día que pasa, pasa lo mismo. Y así esperando, nos pasamos la vida casi temblando. Pero daremos un grito honrado: ¡Viva nuestro Porfirio y el consulado!». Casi lloro, dice con lágrimas en los ojos el hijo del diplomático recordando la valentía que mostró su padre. «Él mismo decía que no sabía cómo tuvo esa especie de sangre fría».

Preocupado por el peligro que corrían allí sus hijos y su mujer embarazada (que con un feto extrauterino sufría fuertes dolores) y necesitado de espacio para albergar a tantos como solicitaban su ayuda, Smerdou buscó un pasaje para embarcar a su familia rumbo a Orán. Solo la pequeña Maya, de apenas dos años, se quedó en Málaga con la niñera. «Era una mujer que se había encargado de la niña desde pequeña y cuando le dijeron que se la llevaban, se negó y les amenazó con revelar a los milicianos que en la casa vivían 50 fascistas si no se quedaba con ella», aclara su hermano Luis.

En Casablanca, de camino a Tánger, Concha recibió con inmensa tristeza la noticia de la muerte de su hermano Luis Altolaguirre. Lo habían detenido por conducir un tranvía en una huelga, y en una de tantas sacas, lo habían sacado de prisión y lo habían matado en los muros del cementerio. Pese a sus esfuerzos, Smerdou no pudo salvarlo como a tantos otros. Tampoco logró evitar la muerte de Eduardo Bayo, un joven falangista que decidió abandonar Villa Maya y huyó por la colina para acabar horas después con cuatro tiros en el cuerpo.

Porfirio Smerdou y su esposa Concha Altolaguirre, con dos de sus hijos
Porfirio Smerdou y su esposa Concha Altolaguirre, con dos de sus hijos - CEDIDA POR LA FAMILIA

Una vez su familia estuvo a salvo, Smerdou se volcó aún más en sus innumerables gestiones para salvar vidas, logrando la libertad de muchos encarcelados en el buque «Marqués de Chávarri» y recogiendo a otros de sus domicilios para ocultarlos en lugar seguro. Con su bicicleta y después con el coche que un médico preso le prestó para evitar que acabara en manos de los milicianos, se movía por Málaga con toda la «libertad» que era posible por aquellos días. Él no sabía conducir, pero el fiel Pepillo lo llevaba en aquel Adler al que colocaron dos banderas mexicanas y que tantos viajes realizó de Villa Maya al puerto para llevar a refugiados a los que el cónsul proporcionaba papeles para escapar a Marruecos, Gibraltar o Marsella.

Antonio Manuel Moral Roncal, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, cuenta en su ensayo sobre « El asilo consular en Málaga» (1936-1937), que Smerdou firmaba ruegos o aclaraciones de que el portador no era fascista, pero no eran pasaportes ni decía en ellos que el titular fuera ciudadano mexicano. Se ajustaba estrictamente a las normas consulares. Solo en una ocasión, por insistencia del gobernador civil, falsificó un pasaporte para salvar a Bernabé de Fiestas y su familia. Aquello le costó el cargo. Smerdou fue cesado en diciembre, pero aún así, mantuvo la bandera de México izada en su casa y siguió protegiendo a sus refugiados durante dos meses más.

Vestidos de parturientas

En febrero de 1937, ante la inminente entrada de las tropas franquistas, seis políticos republicanos, entre ellos el presidente de Izquierda Republicana en Málaga, acudieron a Porfirio Smerdou solicitando su protección. No podía cobijarlos en Villa Maya, junto a sus adversarios políticos, así que los refugió en las oficinas del consulado de Argentina. «Fue Luis Bolín, primo de mi madre, que llegó con los nacionales, el que le dijo a mi padre: “Tienes que entregarme a esos seis que ocultas», relata Luis. Smerdou no hizo caso al pariente de su esposa, una figura destacada por haber sido corresponsal de Abc en Londres antes de la guerra y haber alquilado el famoso avión Dragon Rapide con el que Franco voló de Canarias al norte de África para asumir el mando de las tropas sublevadas en Melilla. El ya excónsul acudió con su problema a la maternidad del doctor José Gálvez, a quien había ayudado tiempo atrás. «Vamos a disfrazarlos de parturientas y me los traes aquí, que yo me encargo», le respondió el médico. Así fue cómo los salvaron.

Declarantes en la investigación
Declarantes en la investigación - ABC

A sus 88 años, a Luis se le saltan las lágrimas al relatar las peripecias de su padre en aquellos meses. «¡Quién metió a mi padre a salvar a tanta gente! ¡Nadie! Y sin embargo, los salvó», exclama orgulloso.

En los meses siguientes, la familia Smerdou, de nuevo reunida, tuvo que mudarse a otra casa en Málaga. Pese a haber protegido a centenares de personas, Smerdou estuvo en el punto de mira al ser sospechoso de connivencia con las autoridades republicanas y con sindicalistas y políticos de izquierdas. El exdiplomático fue sometido al temido expediente de depuración de responsabilidades que elaboró un instructor militar. Se salvó gracias a las declaraciones de muchos de sus refugiados, que no escatimaron en halagos, tal como reflejan documentos mostrados a ABC. José Pérez Bryan, por ejemplo, se mostró agradecido al «hombre todo corazón que le alojó en su consulado desinteresadamente». Bernabé Dávila declaró cómo «después de tres meses de persecución cruel e implacable, destruido su hogar y condenados a muerte él y sus hijos, fueron acogidos en el consulado salvándose así todos de una muerte cierta» o Antonio Herrero Montiel, que habló del «altruismo y buen corazón de D. Porfirio» gracias al cual se salvó a numerosos vecinos del pueblo de Almogia.

40 gallinas de agradecimiento

Luis recuerda que a la nueva casa les enviaron en agradecimiento en aquellos meses 40 gallinas. «Era lo que se mandaba entonces, gallinas vivas», explica.

Sin empleo, Smerdou tuvo que buscarse la vida y se trasladó con su familia a Madrid, donde, aprovechando que hablaba seis idiomas, se dedicó a diversas actividades empresariales. Él fue quien logró la licencia para introducir el gasógeno en España antes de la llegada de la gasolina.

«Grandeza sin premio, honor sin fama, dignidad sin brillo, ésa fue su vida»

Hubo que esperar hasta 1986 para que Smerdou recibiera un merecido homenaje por parte de los refugiados de Villa Maya. En aquel encuentro en Málaga 50 años después de la epopeya, recordaron las cientos de anécdotas que vivieron juntos, «como aquellos colchones enrollados y atados con cuerdas que se colocaban durante el día hasta en el techo para dejar espacios libres» o los tofees enviados desde Gibraltar que fueron repartidos entre todos los refugiados en el consulado, como recordó Carmen Werner.

Tras leer el libro de Carcedo «Un español tras el holocausto» sobre el diplomático Ángel Sanz Briz, Smerdou se puso en contacto con el periodista para contarle su pasado. Falleció en El Escorial a los 97 años en mayo de 2002, antes de que «El Schindler de la Guerra Civil» saliera publicado y de que Málaga concediera su nombre a una calle. «Grandeza sin premio, honor sin fama, dignidad sin brillo, ésa fue su vida”, resume su hijo Luis.

En sus últimas navidades, envió como cada año un «Mensaje verde de esperanza y paz» a sus más queridos en las que agradeció las enseñanzas que le permitieron «desenvolverse exitosamente en la vida, proporcionar trabajo y empleo a muchísimas gentes, salvar indiscriminadamente la vida a centenares de personas, sacar adelante a mi numerosa familia y solventar graves problemas de penuria y escasez en los precarios años de la dictadura y de la guerra». Un balance que creía esperanzador para un creyente como él. No busquen su tumba, su cuerpo lo donó a la ciencia.