El día que Obama prometió cerrar Guantánamo
Una soldado custodia el campo número 5 de Guatánamo, en 2007

El día que Obama prometió cerrar Guantánamo

ISRAEL VIANA | MADRID
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Tal día como hoy del año pasado, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, llegaba a la Casa Blanca dispuesto a pasar a la acción. Lo primero que hizo fue anunciar el cierre de la polémica prisión extrajudicial de Guatánamo y su peculiar sistema de juicios castrenses, para lo que puso en circulación el borrador de la orden ejecutiva que anunciaba la clausura en el plazo de un año. El argumento, entre fuertes críticas por la supuestas torturas y la violación de los derechos humanos, fue «avanzar en la seguridad nacional y los intereses de la política internacional de Estados Unidos, y en interés de la justicia».

Un año después del aquel histórico anuncio, «donde dije digo, digo Diego». « Hemos estado demasiado ocupados haciendo cosas y lidiando con crisis inmediatas», se lamentaba ayer Obama, en referecia a las promesas incumplidas en su primer año de mandato, reconociendo, a causa de ello, que los estadounidenses han terminado «con un sentimiento de distancia e indiferencia» con respecto a la Casa Blanca.

Mientras tanto, de los 245 retenidos que quedaban en la base cuando Obama anunció el cierre, aún permanecen allí 196. Una remesa considerable desde que, el 11 de enero de 2002, aterrizaran en Guantánamo dos Hércules C-130 y dos C-141, procedentes de Kandalar (Afganistán), con los primeros 20 prisioneros por supuesta vinculación con Al Qaida.

«El único medio para entrar o salir en la base de Guantánamo es con un avión. No hay escapatoria para ellos, están rodeados de militares», declaraba un portavoz del Ejército norteamericano, momentos antes de que aterrizarar en la base cubana, hace ocho años.

Y entre aquellos detenidos, tan sólo cuatro meses después del atentado que acabó con la vida de 3.000 personas en Nueva York, «gente dispuesta a matarse y matar a otros», aseguraba el secretario de Defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld.

Con estas declaraciones Rumsfeld quería subrayar la supuesta violencia y radicalización de unos detenidos que representaban, según el brigadier general Michael Lehnert, «a los peores elementos de Al Qaida y los talibanes».

Ayer fueron repatriados dos presos hacia Argelia, los últimos de los que han ido saliendo a ritmo de cuentagotas en los últimos años. «El Gobierno estadounidense ya sabía que no se iba a poder cumplir con la fecha limite», reconocía ayer la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Janet Napolitano, quien se justificaba con que «trasladarlos es muy costoso».

Ocho años de críticas

Ocho años después de que se produjeran las primeras críticas a las duras condiciones de detención, Napolitano afirmaba ayer que la intención del Gobierno de Obama «sigue siendo cerrar la base». Una base que cuenta con una dotación permanente de 435 marines que conviven con otros militares y civiles estadounidenses. Un número significativo si tenemos en cuenta que han pasado por allí hasta 800 prisioneros de 42 países, los cuales fueron descendiendo hasta 250 en 2008 y 196 hasta ayer.

Algo que llevan solicitando organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights, desde casi el mismo día en que se trasladaron a los primeros presos. Afirmaban que las instalaciones no reunían las garantías humanitarias mínimas y contravenían los convenios internacionales. «Human Rights -contaba en 2002 el corresponsal de ABC en Nueva York, Alfonso Armada- insistía en que ni las condiciones de detención (reducidas celdas individuales, con un techo de metal y enrejados que no protegen de la intemperie, bañadas por reflectores halógenos durante toda la noche), además de su traslado a Afganistán y su incierto futuro judicial no se compadecen ni con la convención de Ginebra ni con el derecho intencional humanitario».

Los primeros detenidos

Aquellos primeros detenidos, durante su traslado, fueron esposados de pies y manos, afeitados al completo y custodiados con grandes medidas de seguridad. Cada prisionero contaba con un soldado en el traslado. En el avión, y para evitar el más mínimo movimiento, cada mano era engrilletada a uno de los reposabrazos y cada asiento llevaba incorporado un orinal para que no tuvieran que ir ni al servicio.

Las celdas donde serían encerrados medían sólo 1,8 metros de lado por 2,4 de alto y de ella tan sólo podrían salir 15 minutos al día.

«Vivíamos en pequeñas jaulas, teníamos que estar sentados y, cuando oscurecía, tumbados boca arriba; si hablábamos entre nosotros nos pegaban; nos torturaban a diario y de forma arbitraria. En total, yo debí de pasar un año en aislamiento, en un agujero en absoluta oscuridad y con un frío espantoso. En una ocasión me tuvieron tres meses seguidos. Guantánamo no es una prisión, es un campo de torturas», declaró Murat Kurnaz, un escritor y activista de los derechos humanos que pasó allí cinco años.

Según informes de Naciones Unidas, existían, además, evidencias de que algunos detenidos habían sido torturados, obligados a ingerir alimentos cuando se encontraban en huelga de hambre, interrogados tras confinamientos solitarios prolongados o en condiciones extremas de temperatura, luz y ruido, entre otros tratos vejatorios.

En 2004, un informe de la Cruz Roja Internacional y la filtración de documentación del FBI reconocían el uso de tácticas de coerción psicológica y física equivalentes a torturas, hechos reconocidos posteriormente en una investigación militar del Departamento de Defensa.

La administración Bush negó que se practicara la tortura y aseguró que se trataba de «una instalación modelo» que, además, había sido visitada por más de 2.000 periodistas de 400 medios de comunicación de todo el mundo.

Pero lo que está claro es que la llegada de aquellos los primeros detenidos transformó una base de segunda categoría, con una tradición militar escasa, en el penal más defendido, criticado y polémico del mundo, que aún deberá esperar para cerrar sus puertas.