Recreación de soldados alemanes en la IIGM

El mito de la superioridad del soldado nazi: ¿era el mejor entrenado de la Segunda Guerra Mundial?

En su nueva obra («El contraataque aliado») el reconocido historiador James Holand se adentra en la preparación que los Aliados y el Eje ofrecían a sus soldados, suboficiales y oficiales

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El aura de imbatibilidad que se ganaron los militares alemanes durante la Segunda Guerra Mundial todavía perdura. En la actualidad, el mito del soldado nazi entrenado para derribar desde las defensas polacas hasta la línea Maginot es uno de los clichés más repetidos. Lo cierto es que ellos mismos colaboraron a la hora de forjar esta leyenda. Ya no solo demostrando sus capacidades en el campo de batalla, sino también a golpe de crítica. De sus aliados italianos, por ejemplo, afirmaban que no inspiraban confianza («Serán descendientes de los romanos, ¡pero los romanos con sus lanzas y sus escudos habrían aportado más que ellos!»). Algo similar ocurría con sus enemigos. En este sentido, el caso más claro es el de los estadounidenses, a los que tildaban de ser «cobardes y mezquinos» y mostrarse incapaces de superar las privaciones típicas de una contienda.

Sin embargo, para el historiador y periodista James Holland (famoso por sus intervenciones en el programa «Megaestructuras nazis») la realidad es bien diferente. Según explica en «El contraataque aliado. La Segunda Guerra Mundial en Occidente (1941-1943)» (Ático de los libros, 2019), durante el enfrentamiento «el entrenamiento de los ejércitos británico, alemán, italiano y estadounidense era más o menos el mismo».

Y otro tanto sucedía, al menos al comienzo de la contienda, con el material del que disponían. «En general no había una disparidad muy grande en la cualidad del armamento ni tampoco grandes diferencias en los métodos de entrenamiento y formación», añade el autor. Este mito es uno de los muchos que destroza en la segunda parte de la que será su obra magna: una saga que comenzó con «El auge de Alemania» y que busca ofrecer una visión de la lucha que cambió Europa fusionando componentes generales y concretos.

En «El contraataque aliado. La Segunda Guerra Mundial en Occidente (1941-1943)», el popular Holland nos sitúa el verano de 1941. El año en el que Alemania, todavía en guerra con Gran Bretaña, había acabado con sus enemigos con una facilidad casi insultante. Por entonces, Polonia había sucumbido en apenas un mes. Otro tanto había sucedido con la poderosa Francia y las inaccesibles Noruega y Dinamarca. Daba la impresión de que la Wehrmacht era una máquina engrasada cual reloj suizo y que los míticos Panzer no tenían oposición en campo abierto. No obstante, fue en ese momento en el que tanto Gran Bretaña como los Estados Unidos comenzaron su particular cruzada contra el nazismo. La primera, apoyándose en una gran cantidad de recursos (el británico rompe también el mito de la escasez de materiales en las islas); la segunda, a base de industrialización y economía.

Entrenamiento similar

Holland especifica en su obra, con gran detalle, el entrenamiento por el que tenían que pasar los soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Y, según desvela, era similar al que los aliados ofrecían a sus hombres.

Todo comenzaba con un adiestramiento básico o individual en el que se enseñaba al recluta a desfilar y «marchar en ruta». La idea era que el nuevo combatiente interiorizaba la importancia del mando y de la disciplina en el campo de batalla. A continuación, los cadetes eran enviados a una pequeña unidad (un pelotón o una sección) para empezar a curtirse. El siguiente paso era dirigirse a una compañía o un batallón. Durante todo este proceso aprendían a leer mapas, a trabajar en patrulla, a interpretar conceptos tácticos básicos o a usar armas. «También se practicaban ejercicios conjuntos con la artillería, blindados y las demás armas de los diversos servicios como, por ejemplo, los ingenieros», desvela.

Soldados alemanes en la IIGM
Soldados alemanes en la IIGM

En esta primera toma de contacto, el autor sí le otorga cierta ventaja a los germanos. «Los alemanes tenían la ventaja de que la mayoría había estado en las Juventudes Hitlerianas y en el Reichsarbeitsdienst -el Servicio Laboral-, que inculcaba disciplina y también adoctrinaba políticamente», explica. Según sus propias palabras, en estos organismos aprendían a desfilar y, por descontado, a respetar a sus superiores.

Desde este primer escalón eran reclutados a nivel local en diferentes «Wehrkreise» o distritos militares. «Luego eran destinados a su unidad Ersatz, que formaba parte de la Ersatzarmee o “ejército de reserva”, comandado por el general Fromm. Las unidades estaban afiliadas a una división y organizadas de modo similar: es decir, en compañías, batallones y regimientos», desvela Holland. Ahí empezaban a prepararse para la contienda mediante las mencionadas marchas y las sesiones de instrucción.

Soldado alemán en la IIGM
Soldado alemán en la IIGM

En Italia sucedía algo parecido. Desde el estado se animaba a los jóvenes a introducirse en organizaciones paramilitares con el objetivo de que, llegado el momento, estuvieran preparados para enfrentarse al enemigo. Aunque no era obligatorio, tenían la posibilidad de adiestrarse a partir de los seis años en la «Figli della Lupa», desde donde pasaban a la «Balilla» y a la «Avanguardisti».

«En Italia, el entrenamiento premilitar era obligatorio a los diociocho años, cuando, durante tres años, se esperaba que los hombres se apuntaran a la “Giovani Fascisti”, “los Jóvenes Fascistas”. Todos los varones tenían que hacer el servicio militar, que, antes de la guerra, duraba dieciocho meses; las promociones anuales eran llamadas a filas el abril del año siguiente, a su vigésimo cumpleaños», incide. Cuando terminaba el servicio militar se transformaban en reservistas. Siempre según este experto, «recibían aún más entrenamiento paramilitar y adoctrinamiento político que los jóvenes alemanes».

El secreto del éxito

Si el entrenamiento de los soldados era similar en todas las naciones... ¿Qué hizo diferentes a los germanos? En su nueva obra, Holland es partidario de que la mayor diferencia era que los militares del Eje procedían de estados totalitarios militaristas, mientras que los de los aliados de una democracia. «La disciplina era vital en ambos, pero era mucho más estricta en el ejército alemán que en los ejércitos aliados», desvela.

El claro ejemplo eran los castigos. «Si un soldado alemán no obedecía órdenes, se exponía a que lo fusilasen, mientras que la pena capital por desobediencia o cobardía no existía en Ejército británico desde 1930. El Ejército de los Estados Unidos sí la mantenía, aunque no fusilaba a nadie por desertar. Puede que los desertores se expusieran al desdén de sus compañeros y acabaran en una prisión militar, pero vivían», completa Holland. Los datos le avalan, pues el Reich fusiló a miles de sus hombres al comenzar el enfrentamiento.

Más que el entrenamiento como tal, el historiador considera determinante la mentalidad y la motivación de las tropas germanas. Dos factores que el Reich supo exprimir gracias, entre otras cosas, a que centró todas sus energías en fomentar una mentalidad militarista. La misma, por cierto, de la que llevaba empapándose la sociedad desde los tiempos de la vieja Prusia y del Imperio alemán.

Panzer IV
Panzer IV

Los nuevos reclutas se vieron, en definitiva, rodeados de una ideología que empezaban a mamar desde bien jóvenes en la escuela y en las Juventudes Hitlerianas. Una serie de ideas que exacerbaban el nacionalismo y que se reforzaban con una ingente cantidad de propaganda en favor de las fuerzas armadas. «Así, alistarse y destacar en el ejército se había convertido en la máxima aspiración entre la mayoría de los jóvenes», completa Holland. Por si fuera poco, se mostraba a la Wehrmacht como un cuerpo ultramoderno que contaba con unidades mecanizadas superiores en número y tecnología a las de sus enemigos.

Por el contrario, y siempre según Holland, en Gran Bretaña el apogeo del militarismo se había dejado a un lado «desde hacía mucho». Y lo mismo había sucedido en Estados Unidos, donde «nunca había formado parte del sueño americano». De hecho, en Norteamérica «siempre se había luchado contra la belicosidad» y se la había considerado una lacra. Quizá por eso el número de soldados en su ejército era de apenas 267.767 hombres en junio de 1940; una cifra que creció de forma exponencial después de que los japoneses atacaran Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941. «El ejército aumentó a 1.460.998 el 1 de julio de 1941, y a 3.074.184 un año después. Se trataba de un ritmo de crecimiento asombroso y, para alimentarlo, se construyeron no menos de cuarenta y cinco nuevos campamentos militares».

Gran mentira

El último mito que derriba Holland al explicar la presunta superioridad del soldado alemán es la falsa idea de que los oficiales favorecían el «Auftragstaktik», más conocido como «mando en misión». Esta táctica consistía en dejar libertad a un subordinado para decidir cómo debía acometer una operación. Y todo ello, a pesar de que no siguiera (o incluso desobedeciera) las órdenes directas de su superior. Aunque es cierto que, basándose en esta premisa diseñada por el ejército prusiano para enfrentarse a Napoleón Bonaparte, Heinz Guderian había obtenido la victoria en el Mosa en 1940, el experto es partidario de que cayó en desuso en las altas esferas tras la subida al poder de Adolf Hitler.

Holland
Holland

«Lo que se fomentaba era la “Selbsttatigkeit des Unterführers” (la “independencia del comandante subordinado”). Esto se impulsaba a todos los niveles, pero era una característica especialmente definitoria de los altos mandos. […] Sobre el terreno, se esperaba que fueran los generales quienes decidieran cómo, dónde y cuándo desplegar sus fuerzas: eso formaba parte del modo alemán de hacer la guerra tal y como había sido durante casi ciento cincuenta años», añade Holland en su documentada obra.

En todo caso, el historiador también es partidario de que esta forma de hacer la guerra se practicaba en otros ejércitos como el británico. Y, como ejemplo de ello, pone el memorando de adiestramiento de las fuerzas armadas inglesas durante la Segunda Guerra Mundial: «Los comandantes subordinados deben ser adiestrados para trabajar guiándose por instrucciones en lugar de por órdenes detalladas, para mostrar iniciativa, pensar rápidamente y asumir responsabilidades».