Ramsés III, venecdor de los Pueblos del Mar, representado en el Templo de Jonsu, Karnak

El misterio de los Pueblos del Mar: los despiadados «vikingos» que iniciaron la caída del Antiguo Egipto

Egipto era el último imperio que se mantenía en pie tras el surgimiento de esta fuerza invasora de origen incierto. De ahí que Ramsés III preparara de forma minuciosa el combate final contra estos temidos guerreros

Actualizado:

En el siglo XII a.C. el Mediterráneo Oriental sufrió un maremoto que hizo tambalear el precario equilibrio entre las grandes potencias de su tiempo: los pueblos del Mar se habían sumado a la partida. Pero, ¿quiénes eran estos pueblos? Como apunta el historiador José Luis Córdoba de la Cruz en su libro « Breve historia de los fenicios» (Nowtilus), la pregunta no es fácil, porque no se trataba de una civilización única, sino que fueron pueblos de diverso y distinto origen los que hicieron temblar los cimientos del Mediterráneo oriental a finales de la Edad de Bronce. Lo único verdaderamente claro sobre estos pueblos invasores es que cambiaron por completo el mapa de la región.

Aún cuando no se tratara de un único pueblo, sino de varias oleadas, está claro que sí hubo nexos comunes para dibujar el origen de la primera invasión. El punto donde confluyen todas las teorías sobre el origen de este pueblo está alrededor del año 1250 a.C, cuando los hititas perdieron el control de las minas de cobre de la zona de Anatolia, un hecho sin aparente importancia, salvo porque se trataba de un mineral fundamental para la fabricación de armas en este imperio. Los temibles hititas, dominadores de un imperio que se asentaba en Anatolia, actualmente Turquía, se hicieron célebres por el uso militar que hacían de los carros ligeros y fueron la peor pesadilla de los antiguos egipcios. Al perder su principal fuente de bronce, los hititas buscaron el mineral en otros puntos, entre ellos, en Alashiya (Chipre).

Un origen incierto

Los hititas impusieron a raíz de esta maniobra un embargo comercial en la zona oriental del Mediterráneo. Los habitantes de este territorio, las ciudades micénicas, en Grecia, habían vivido hasta entonces un largo periodo de esplendor económico con el comercio con Asia Menor y vieron como el bloqueo hacia la noche sobre su forma de vida. Esta masa poblacional y otros grupos culturales afectados contestaron con escaramuzas de carácter pirata en la costa oriental. Ya durante el reinado del faraón Merneptah se registró un primer ataque aqueo (una de las tribus griegas que dirigió Agamenón contra Troya) desde el mar. Probablemente fue este el primero de los ataques a Egipto por parte de los llamados Pueblos del Mar.

La violencia de los ataques piratas fue en aumento, al igual que la confusión entre las civilizaciones arrasadas. En Alashiya, Chipre, sus ciudades principales y los alrededores fueron arrasadas por completo por estos «vikingos» del Mediterráneo. El Rey de Ugarit se lamentó a uno de sus aliados vecinos, en una correspondencia hallada en restos arqueológicos, de que «los barcos enemigos ya han estado aquí, han prendido fuego en mis ciudades y han causado grave daño en el país», cuando estaba enfrascado en otras guerras. En este mismo testimonio, recogido por José Luis Córdoba de la Cruz, se detalla la principal razón del enorme éxito devastador del ataque: el enemigo había aparecido donde nadie le esperaba. Las tropas de Ugarit estaban fuera de la ciudad y comprometidas en las guerras habituales de esta región. Su flota, también.

Los soldados del carro de combate eran las tropas de élite del ejército hitita.
Los soldados del carro de combate eran las tropas de élite del ejército hitita.

Los ataques a Ugarit, nudo de comunicación entre Egipto y Hatti, fue el preámbulo de las posteriores ofensivas contra estas dos grandes potencias. Los propios hititas con su sed de bronce habían creado al monstruo; y ahora iban a ser devorados por él. Estaban pasando su peor momento cuando los Pueblos del Mar los escogieron como objetivo. Este imperio basaba su poder en su fortaleza militar y en el control que ejercía sobre toda una serie de estados satélites, de ahí que el ataque a Ugarit fuera una muestra, o tal vez un síntoma, de la debilidad de la posición hitita. La llegada de los piratas fue la puntilla para un imperio en declive.

Tras uno de los ataques más duros contra los hititas, el propio faraón egipcio Merneptah mandó grano a este imperio, en el pasado su enemigo más íntimo. Por una vez egipcios e hititas estaban en el mismo bando y sabían que la amenaza les afectaba a todos. Aprovechando una revuelta en ciertas regiones de Libia, los Pueblos del Mar se sumaron a los sublevados contra el poder egipcio, en concreto los ekwesh, los teresh, los lukka, los sherden y los shekelesh, que combatieron a las tropas del faraón en la parte occidental del delta del Nilo. En definitiva, vinieran de donde vinieran estos piratas, lo verdaderamente reseñable es que eran una fuerza desestabilizadora para la región.

La lucha final con los egipcios

Los ataques de los Pueblos del Mar tuvieron un gran efecto en la costa y en el corredor sirio-palestino, pero en el caso de los territorios egipcios se toparon con una piedra en su camino. Los ejércitos egipcios lograron contener la masa invasora. Desaparecido el Imperio hitita, el faraón Ramsés III se vio las caras frente a frente con los Pueblos del Mar en el octavo año de su reinado. La fuerza extranjera, conformada por una confederación de pueblos, se volvió a unir a las tribus libias para atacar Egipto, de manera que el choque final (la batalla del Delta) tuvo lugar cuando los Pueblos del Mar estaban en su apogeo, después de acabar ya con varias civilizaciones del Levante oriental. En una inscripción egipcia se anuncia: «Los países extranjeros se conjuraron en sus islas. Fueron desalojados y dispersados en batalla todos los países a la vez, y ningún país podía resistir ante sus armas empezando por Hatti, Kode, Karkemisch, Arzawa (Anatolia) y Alashiya (Chipre)».

Representación de la batalla del Delta en los relieves del templo de Medinet Habu
Representación de la batalla del Delta en los relieves del templo de Medinet Habu

Egipto era el último imperio que se mantenía en pie tras el surgimiento de esta fuerza invasora. De ahí que Ramsés III preparara de forma minuciosa el combate final y compensara su falta de fuerza naval –tradicionalmente formada por mercenarios extranjeros– innundando la boca de los ríos con barcos de combate y atrayendo a los barcos enemigos al interior de los pasos fluviales. Todo ello mientras una serie de filas de arqueros se desplegaron en las orillas del Nilo y atacaron a los barcos enemigos. La victoria fue plena gracias a esta emboscada. «Aquellos que llegaron a mi frontera, su simiente no existe, su corazón y su alma terminaron para siempre jamás», dejó escrito el faraón en una de las inscripciones.

Como apunta « Breve Historia de los Fenicios», Egipto ganó pero a costa de un alto precio. El sobresfuerzo económico para crear una fuerza naval en condiciones emponzoñó la hacienda egipcia a largo plazo. Egipto perdió para siempre su influencia sobre los territorios de la zona sirio-palestina. «Podemos decir que este fue el principio de la decadencia de su civilización», señala el autor del libro.

Egipto, no en vano, siguió siendo una gran potencia durante varios siglos. Algunos de los pueblos vencidos fueron reubicados por los egipcios en su territorio fronterizo a modo de vasallos, como fue el caso de los filisteos y otros pueblos con gran presencia en la Biblia. La victoria egipcia permitió así desgranar en parte el misterio de quiénes eran estos invasores, unos portadores del caos en una región siempre inestable. Algo parecido a una cerilla prendida sobre un bidón de gasolina.