Bomberos rescatando diferentes archivos de la catedral de León en el incendio. Foto: Archivo de la catedral de León
Bomberos rescatando diferentes archivos de la catedral de León en el incendio. Foto: Archivo de la catedral de León - ALFA Y OMEGA

El «milagro» del cantero que evitó que León perdiera su catedral en 1966

El 29 de mayo de aquel año, los leoneses contenían el aliento. Su catedral ardía en llamas. La profesionalidad de un experimentado cantero redujo los efectos del accidente al mínimo

Actualizado:

Antonio Trobajo volvía de jugar al fútbol a las afueras de León cuando vio cómo el tejado de la catedral, alcanzado por un rayo, ardía como antorcha. «Tenía la sensación de que algo importantísimo estaba hundiéndose delante de mí», recuerda. Era 1966, tenía 22 años y estaba a punto de ordenarse sacerdote. Ahora, más de 50 años después del accidente, es el deán de este templo que aquella noche se libró de convertirse en cenizas gracias al buen hacer de los técnicos. «Especialmente de un cantero, el mismo que hizo la réplica de la Virgen Blanca que está en la fachada de la catedral», cuenta a « Alfa y Omega».

Trobajo se refiere a Andrés Seoane, un escultor de origen gallego que jugó un papel crucial en la extinción del incendio. Su hijo José Andrés, también escultor porque el oficio viene de familia, recuerda cómo comenzó la gesta de su padre. «Vivíamos en San Mamés, uno de los barrios a las afueras de la ciudad. De repente, el gobernador y el obispo llamaron a mi padre para que se pusiera al frente porque había un caos». Tras recibir el mensaje, el cantero salió corriendo hacia la catedral mientras sus hijos lo miraban con sorpresa.

Su ayuda era imprescindible. Tras trabajar en los monumentos más destacados de la ciudad, como la basílica de San Isidoro o la casa Botines, Seoane se había convertido en un experto en la piedra toba, una roca volcánica que conformaba aquellas bóvedas que sostenían la techumbre incendiada. Consciente de las propiedades de este material, poroso y resistente al calor, Andrés Seoane «le dijo a los técnicos que no echaran agua sobre la piedra se iba a hinchar y con el calor estallaría», recuerda Antonio Trobajo. En vez de esto, ordenó a los bomberos descargar el agua en los muros que sostenían las bóvedas. Su hijo Pelayo, también cantero como todos en su casa, explica el porqué: «Lo que hizo fue enfriar la piedra caliza. Y la cubierta, al estar hecha de una madera fuerte, se apagó por sí misma». Por ese motivo, al contemplar hoy en día los efectos del incendio en fotografías, puede verse cómo las vigas no llegaron a consumirse por completo.

Un gótico puro

Gracias a que Andrés Seoane se dio cuenta rápidamente de que los bomberos no debían descargar agua sobre la piedra toba, las bóvedas aguantaron el envite. De otro modo, «se habría provocado lo más grave que hubiera podido ocurrir: el fuego habría pasado al interior y destruido las vidrieras», explica Máximo Gómez Rascón, delegado de Patrimonio de la diócesis de León.

Fruto de esta extinción ejemplar, «no se chamuscó ni una» y León pudo seguir presumiendo de albergar una catedral que, según Gómez, «es todo un muro de cristal». Con sus 1.800 metros cuadrados de cristal repartidos en tres rosetones y más de 30 ventanales, ejemplifica, a juicio del delegado, «un gótico claro, radiante y perfecto». «Es un sistema orgánico perfectamente estructurado y con un gran simbolismo acorde a las normas», añade.

Pero aunque la catedral de León «ha tenido la suerte de salvar todo lo que se supone que era medieval puro», para explicar su unidad de estilo hay que apelar a algo más que el azar. En realidad, ha sido una afortunada estrategia de supervivencia. «Hubo añadidos en la época de Churriguera, pero se quitaron porque no respondían a la dialéctica de las fuerzas del gótico», apunta el delegado. De hecho, la catedral pasó la mitad del siglo XIX cerrada porque la colocación de una cúpula sobre el crucero por poco echa la catedral abajo.

Escarmentados por este episodio, y tras un intenso debate artístico y político, los responsables de la catedral acordaron conservar «el espíritu que la creó». Y es por ese motivo, como presume Gómez Rascón, que este monumento «es el mejor emblema de cómo era la Europa del momento».

Seis millones de las antiguas pesetas

Al día siguiente al incendio, los tres hijos de Andrés Seoane (José Andrés, Pelayo y Santiago), acompañaron al cantero a la catedral. «Esperamos a que se apagara el rescoldo, empezamos a desescombrar y llegó la comisión de monumentos. Toda la gente importante quería sacarse una fotografía, pero luego los que dimos el callo fuimos los demás», bromea José Andrés.

Sin embargo, no todos llegaron con las manos vacías. El entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, se personó en la ciudad para extender a los artesanos un cheque en blanco con el que restaurar la catedral. El arquitecto responsable de la obra fijó el importe necesario para la sobras en seis millones de pesetas. Una cifra que puede parecer pequeña hoy en día, pero que supuso un desembolso considerable en una época en la que los hermanos Seoane solían cobrar 300 pesetas al mes «si las ganábamos».

Con este presupuesto, los artesanos sustituyeron la chamuscada cubierta de madera por otra de hierro mucho más resistente al calor. Además, la instalaron sobre unos rodamientos que permiten la dilatación y contracción del material porque, como explica José Andrés Seoane, «si la cubierta fuera rígida, al dilatarse el metal la catedral se podría caer».

Por último, se hizo más practicable el paso por encima de las naves. «En vez de tener forma de cúspide, ahora la cubierta se ha achatado y tiene un pasadizo para recorrer las bóvedas», explica Máximo Gómez Rascón, delegado de Patrimonio de la diócesis de León. «Se ha dado un sentido utilitarista que hasta aquel entonces era impensable», añade. Todo ello, eso sí, respetando la fisionomía original del templo, por lo que los cambios son casi imperceptibles.

Por último se hizo una limpieza exhaustiva de los humos que, según Antonio Trobajo, deán de la catedral, aquel que observara las bóvedas no notaría nada y, en todo caso, «podría pensar que en un rincón hubo una pequeña fogata en la que un albañil se calentó un día el bocata de chorizo».