María I de Inglaterra: ¿Fue tan cruel y sanguinaria como la pinta la Leyenda Negra?

La monarca británica todavía es recordada por la persecución de protestantes durante su reinado

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MadridActualizado:

El reinado de María I Tudor, primera mujer en ocupar el trono inglés e hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, se encuentra sin dudad entre los más polémicos de la historia de Gran Bretaña. La monarca, que sucedió a su hermano Eduardo VI (nacido de la unión entre Enrique y Jane Seymour), es recordada principalmente en las islas por las ejecuciones de protestantes llevadas a cabo durante su gobierno.

Precisamente, la reconciliación con Roma y las acciones llevadas a cabo durante su gobierno le costaron el sobrenombre de « Bloody Mary» («María la sanguinaria»); el cual, todavía a día de hoy, puebla las páginas de las monografías dedicadas a su legado. Sin embargo, ¿es justo ese apodo? ¿Fue más cruel que su padre y su hermana, Isabel I? Vayamos por partes.

Roma y España

Desde la ruptura con la iglesia católica, oficializada en 1534 con la firma del Acta de supremacía gracias a la que Enrique VIII se convertía en la cabeza de la iglesia anglicana, parte de la sociedad de las islas comenzó a incubar un sentimiento anticatólico. Durante los 5 años que María Tudor ocupó el trono, y dentro de lo que se conocen como persecuciones marianas, se ejecutó a poco menos de 300 personas acusadas de herejía (284 según el «Libro de los mártires» del protestante John Foxe, que fue publicado después de la muerte de la monarca).

Entre los ajusticiados destacan los nombres de algunos de los mayores defensores de la iglesia anglicana, como el de Thomas Cranmer, quien como arzobispo de Canterbury fue el encargado de anular el matrimonio entre Enrique y Catalina. El caso de Cranmer es curioso, puesto que durante el tiempo que pasó preso una vez se abolió el Acta de supremacía llegó a renegar de la reforma. Sin embargo, viendo que su renuncia al protestantismo no le libraría del cadalso, antes de ser ejecutado dio un nuevo paso atrás y se reafirmó en el mismo.

Mientras muchos de los antiguos hombres de confianza de su padre caían en desgracia, María I decidió rodearse de católicos y cortesanos leales. De este modo, depuso al anglicano obispo de Londres Nicholas Ridley y en su lugar puso a Edmund Bonner, que se había reconciliado con Roma después de haberse mostrado favorable a la ruptura con la Santa Sede. Precisamente, Bonner jugó un papel fundamental dentro de lo que fue la persecución de herejes.

En los primeros momentos de su gobierno, la unión matrimonial entre la Tudor y Felipe II bien podría haberla costado la corona. Y es que las sociedad británica, conocedora de las buenas relaciones existentes entre el Vaticano y España en ese momento, recelaba de las posibles acciones de un consorte que, para más inri, era extranjero. «Ya durante las negociaciones del enlace se habían producido altercados y el Consejo había arrestado a diversos rebeldes acusados de perturbar el orden», explica Leticia Álvarez Recio en su libro « Rameras de Babilonia: Historia cultural del anticatolicismo en la Inglaterra de los Tudor» (Universidad de Salamanca).

Ese celo del pueblo inglés obligó a crear una serie de cláusulas previas a las nupcias. Sin embargo, a pesar de esto, la unión acabó provocando un levantamiento destinado a derrocar a María.

Thomas Wyatt

Encabezado por varios nobles protestantes, el ataque a la corona fracasó a pesar de que en un principio parecía que podían alcanzar la victoria. La culpa la tuvo una serie de peticiones decabelladas de sir Thomas Wyatt, quien fue el arquitecto del golpe. El protestante solicitó que la soberana fuese puesta bajo su supervisión, algo que no cayó bien entre el pueblo inglés. Una vez sofocada la rebelión, las consecuencias no se hicieron esperar. Y no hubo clemencia.

Los protagonistas, entre los que se encontraban, entre otros, el conde de Suffolk, fueron enviados directos al cadalso. Un camino que también recorrió Jane Grey, que no había participado en la conjura, pues se encontraba apresada por alta traición. Incluso la princesa Isabel, futura reina de Inglaterra y que tampoco había tenido nada que ver con las acción, fue apresada y enviada a la Torre de Londres. Dos meses después fue puesta en libertad bajo la atenta vigilancia del católico sir Henry Bedingfield.

A pesar de la derrota de Wyatt, no pasó demasiado tiempo antes de que se comenzasen a lanzar loas sobre su persona. Ese fue el caso, por ejemplo, del cronista Richard Grafton, quien veinte años después del suceso escribió lo siguiente:

«Antes de su muerte (Wyatt) defendió la fervientemente la inocencia de Lord Courtney y de la princesa Isabel, la hermana de la reina. Sir Thomas Wyatt fue un vigoroso caballero, inteligente en la guerra, y con tan excelentes cualidades, que habría hecho mucho bien a su país si hubiese sido un súbdito obediente».

Represión

Tras la celebración del enlace entre la reina inglesa y Felipe II, en julio de 1554, la situación de los anglicanos únicamente podía ir a peor. En diciembre se promulgó una vieja ley del siglo anterior según la cual los obispos tenían derecho de mandar a la hoguera a los sospechosos de herejía. Las propiedades de los culpables, además, pasarían a las manos de la reina. Una serie de panfletos, uno de los cuales está recogido en la obra de Álvarez Recio, dan testimonio del terror que causó esta medida entre los anglicanos:

«En tiempos pasados, torturar hombres hasta la muerte era labor de Nerón y otros tiranos; pero ahora nuestros obispos ingleses han sustituido a los tiranos. Porque condenan a cultos e ignorantes por su fe y hacen que ustedes, honorables señores (del Consejo Real) ejecuten tales decisiones».

María I estaba convencida de que estas medidas eran imprescindibles para contrarrestar los efectos de la reforma aplicada por su padre. En ningún momento le tembló el pulso. Sin embargo, el sentir del pueblo británico dictaba lo contrario. Los años siguientes a su breve reinado estuvieron marcados por la muerte de los disidentes religiosos. Incluso llegó a causar horror entre los diplomáticos españoles que se encontraban en Londres.

«La mayoría de los ejecutados serían gente sencilla, porque casi todos los los predicadores y sus seguidores, la mayoría miembros de la baja nobleza, la burguesía y la gentry, al disponer de más medios, huirían de Inglaterra hacia Ginebra, Francia y los Países Bajos», señala Diego Blázquez en su obra « Herejía y traición, las doctrinas de la persecución religiosa en el siglo XVI» (Dykinson).

Precisamente, la escalada de violencia armó de excusas a la disidencia. Cosa que queda demostrada en el «Libro de los mártires» mencionado anteriormente. Obra de John Foxe, uno de los protestantes que escapó de la quema orquestada en Inglaterra, en esta consta un análisis de la represión en tiempos de la María. El escrito ayudó a que el anglicanismo cuajase en Gran Bretaña.