El día que llegó «lo peor de lo peor» a Guantánamo
Uno de los primeros 20 presos de Guantánamo, es trasladado a su celda, el 18 de enero de 2002

El día que llegó «lo peor de lo peor» a Guantánamo

ABC.es | MADRID
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«El único medio para entrar o salir en la base de Guantánamo es con un avión. No hay escapatoria para ellos, están rodeados de militares», declaraba el 11 de enero de 2002 a ABC un portavoz del Ejército norteamericano, momentos antes de que dos Hércules C-130 y dos C-141 procedentes de Kandalar, principal centro de comercio de Afganistán, aterrizaran en la base militar estadounidense de Cuba.

Aquellos cuatro aviones trasladaban, hoy justo hace ocho años, los primeros 20 prisioneros por supuesta vinculación con Al Qaida, tan sólo cuatro meses después del atentado que acabó con la vida de 3.000 personas en Nueva York. Entre los detenidos, «gente dispuesta a matarse y matar a otros», declaró el secretario de Defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld.

Una declaraciones que querían resaltar la condición de forajidos sin escrúpulos de los detenidos, «que representaban –según el brigadier general Michael Lehnert– a los peores elementos de Al Qaida y los talibanes», para justificar cualquier trato posterior.

Tan sólo un día después de su llegada, se produjeron las primeras críticas a las duras condiciones de detención en Guantánamo. Para organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights, la base militar no reunía las garantías humanitarias mínimas y contravenía los convenios internacionales. «Human Rights insistía en que ni las condiciones de detención (reducidas celdas individuales, con un techo de metal y enrejados que no protegen de la intemperie, bañadas por reflectores halógenos durante toda la noche), además de su traslado a Afganistán y su incierto futuro judicial no se compadecen ni con la convención de Ginebra ni con el derecho intencional humanitario», contaba el corresponsal de ABC en Nueva York, Alfonso Armada.

Estos primeros detenidos, considerados «lo peor de lo peor» por el Gobierno estadounidense, fueron esposados de pies y manos, afeitados al completo y custodiados con grandes medidas de seguridad. Cada prisionero contaba con un soldado en el traslado. En el avión, y para evitar el más mínimo movimiento, cada mano era engrilletada a uno de los reposabrazos y cada asiento llevaba incorporado un orinal para que no tuvieran que ir ni al servicio. Las celdas donde serían enjaulados medían sólo 1,8 metros de lado por 2,4 de alto y de ella tan sólo podrían salir 15 minutos al día.

«Vivíamos en pequeñas jaulas, teníamos que estar sentados y, cuando oscurecía, tumbados boca arriba; si hablábamos entre nosotros nos pegaban; nos torturaban a diario y de forma arbitraria. En total, yo debí de pasar un año en aislamiento, en un agujero en absoluta oscuridad y con un frío espantoso. En una ocasión me tuvieron tres meses seguidos. Guantánamo no es una prisión, es un campo de torturas», declaró Murat Kurnaz, un escritor y activista de los derechos humanos que pasó allí cinco años.

El octavo aniversario se produce diez días antes de la fecha límite que se había impuesto el presidente de Estados Unidos, Barck Obama, para vaciar sus celdas. Fue una de las primeras medidas que tomó cuando llegó al poder hace un año… una promesa que no cumplirá, como ya ha admitido.

Según informes de Naciones Unidas, existían, además, evidencias de que algunos detenidos habían sido torturados, obligados a ingerir alimentos cuando se encontraban en huelga de hambre, interrogados tras confinamientos solitarios prolongados o en condiciones extremas de temperatura, luz y ruido, entre otros tratos vejatorios.

En 2004, un informe de la Cruz Roja Internacional y la filtración de documentación del FBI reconocían el uso de tácticas de coerción psicológica y física equivalentes a torturas, hechos reconocidos posteriormente en una investigación militar del Departamento de Defensa.

La administración Bush negó que se practicara la tortura y aseguró que se trataba de «una instalación modelo» que, además, había sido visitada por más de 2.000 periodistas de 400 medios de comunicación de todo el mundo.

Pero lo que está claro es que la llegada de aquellos 20 primeros detenidos transformó una base de segunda categoría, con una tradición militar escasa, en el penal más defendido, criticado y polémico del mundo, con una dotación permanente de 435 marines que conviven con otros militares y civiles estadounidenses, en una población total que se cifra en 8.500 personas.

Un número desproporcionado si tenemos en cuenta que, hasta 2008, habían pasado por Guantánamo unos 800 prisioneros de 42 países, la gran mayoría paquistaníes y afganos. Un número que fue descendiendo hasta 250 en 2008, al ser devueltos a sus países de origen. Hoy, ocho años después, aún quedan 198 prisioneros, con los que el Gobierno de Estado Unidos no sabe qué hacer.