Cuadro de Augusto Ferrer Dalmau que muestra a un Miguel de Cervantes joven
Cuadro de Augusto Ferrer Dalmau que muestra a un Miguel de Cervantes joven

Las inverosímiles fugas de Cervantes, un feroz soldado de los Tercios españoles

El escritor de Alcalá de Henares protagonizó varias huidas de Argel, donde permanecían cautivos miles de españoles, tras ser capturado por corsarios musulmanes a las puertas de la costa catalana

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Apodado «el Manco de Lepanto», Miguel de Cervantes Saavedra quedó toda la vida sacudido por las consecuencias de dicha batalla contra los otomanos. En ella perdió la movilidad de una mano, en ella se colmó de gloria y por ella fue capturado cuando regresaba a la península. Porque quizá solo alguien que ha sido privado de libertad puede hablar de ella con tanta lucidez, Cervantes dio forma durante su largo cautiverio al espíritu creativo que presidiría su obra escrita y, como no, a la más alta ocasión que los tiempos podrán leer: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha».

La más alta ocasión

Destinado en la guerra de Flandes, el Tercio del capitán Lope de Figueroa, en el que se alistó un joven Cervantes unos meses antes, y mucho después lo haría Lope de Vega, fue reclamado en 1571 para tomar parte en la llamada Santa Liga, que se proponía presentar duelo al Imperio Otomano. La actuación de los tercios embarcados en esta lucha es bien conocida. A grandes rasgos, la infantería español sostuvo la victoria, en lo que se convirtió en una batalla terrestre sobre las cubiertas de las galeras; y, en concreto, el Tercio de Figueroa jugó un papel determinante.

«La Marquesa» fue víctima de una sangría de la cual solo Cervantes y unos pocos pudieron salir con vida

Entre las galeras cristianas que se llevaron la peor parte en el combate, estaban la capitana de la Orden de Malta y «la Marquesa», donde combatía Cervantes, que fueron objeto de una embestida a la desesperada del almirante Uluch Alí –responsable del flanco izquierdo musulmán– cuando el musulmán únicamente se batía en retirada. «La Marquesa» fue víctima de una sangría de la cual solo Cervantes y unos pocos pudieron salir con vida. Según el relato más mitificado, el joven escritor de Alcalá de Henares se encontraba con fiebre en la bodega del barco cuando fue informado de que el combate amenazaba con engullirlos.

«Señores, ¿qué se diría de Miguel de Cervantes cuando hasta hoy he servido a Su Majestad en todas las ocasiones de guerra que se han ofrecido? Y así no haré menos en esta jornada, enfermo y con calentura», bramó según la leyenda el escritor de solo veintiún años, que, pese a las protestas de su capitán, fue puesto a cargo de doce soldados y situado en la zona de proa, allí donde corría más sangre.

Ilustración que muestra a Miguel de Cervantes combatiendo en Lepanto
Ilustración que muestra a Miguel de Cervantes combatiendo en Lepanto

Cervantes fue herido por dos veces en el pecho y por una en el brazo. Aunque no fue necesario amputación, el escritor perdió la movilidad de la mano izquierdo «para gloria de la diestra». La estoica resistencia de Cervantes inspiró al resto de soldados a aguantar hasta la llegada de Álvaro de Bazán, quien desde la retaguardia se dedicó a reforzar los puntos críticos durante toda la batalla. Fue entonces cuando, aprovechando el viento a favor, Uluch Alí emprendió su huida del golfo de Lepanto, que a esas alturas era un rojizo reguero de muerte.

Argel, una prisión para miles de españoles

Tras la contienda, el aprendiz de poeta dejó la compañía de Urbina para pasar a la de Ponce de León. Con esta unidad, como soldado aventajado (tenía un complemento extra de sueldo por distinguirse en batalla), participó en las conquistas de la isla de Navarín, Túnez, La Goleta y Corfú. En 1575, el soldado madrileño pidió licencia para regresar a España después de seis años de combatir en los ejércitos del Rey. La bizarra actuación del «Manco de Lepanto» (llamado así aunque solo perdió la movilidad de la mano) no habría pasado desapercibida para el almirante capitán don Juan de Austria, quien le dedicó una elogiosa carta que, por seguro, le hubiera garantizado patente de capitán en la corte de Felipe II. Es decir, el derecho a reclamar al Rey una compañía de soldados. Sin embargo, la galera en la que regresaba fue embestida por piratas berberiscos cerca de la costa catalana.

«Cuando llegué cautivo y vi esta tierra/ tan nombrada en el mundo, que en su seno/ tantos piratas cubre, acoge y cierra/ no pude al llanto detener el freno»

El escritor junto a su hermano Rodrigo (en posesión de valiosas cartas y otra en idénticos términos del duque de Sessa, nieto del Gran Capitán) fueron tomados por grandes nobles, y, en consecuencia, por un botín enorme. Los corsarios pusieron un precio de quinientos ducados, más de dos kilos de oro, que, por supuesto, ninguno de sus familiares podía pagar. Cervantes fue trasladado a Argel, donde se encontraban presos otros 30.000 cristianos:

«Cuando llegué cautivo y vi esta tierra/ tan nombrada en el mundo, que en su seno/ tantos piratas cubre, acoge y cierra/ no pude al llanto detener el freno».

Un año después de su llegada, el joven madrileño encabezó una fuga con el propósito de llegar a la plaza española de Orán. No obstante, el puñado de españoles fugados fue capturado al poco tiempo, y su cabecilla castigado supestamente a llevar siempre grilletes de hierro. Lo cual no evitó que, en 1577, volviera a escaparse y se escondiera durante cinco meses en una cueva hasta que un renegado reveló su posición.

En 1578, Cervantes organizó una sublevación de cautivos que fue apagada antes de empezar, cuando se descubrió una carta suya pidiendo el apoyo del gobernador español de Orán. Y como si quisiera promediar una fuga por año, en 1579, estuvo detrás de una huida de sesenta españoles en barco que también se malogró por el chivatazo de un renegado. Una actitud rebelde que llevó al bajá de Argel a pedir su traslado a Constantinopla, donde jamás había escapado ningún cautivo. No en vano, días antes de ser enviado a la capital turca, unos sacerdotes trinitarios, la misma orden que rige el convento donde hoy reposan sus restos mortales, pagaron los quinientos ducados.

Las contradicciones de Cervantes

Claro que tanto el relato de cómo actuó en la batalla como de sus intentos de fuga proceden de la propia iniciativa de Cervantes, que se aferró a la «Información de Argel de 1580», un texto semijurídico, para que doce testigos recopilados por él mismo dieran verosimilitud a su valentía y esfuerzos en las tentativas. En su reciente biografía «La juventud de Miguel de Cervantes: una vida en construcción» (EDAF), el catedrático José Manuel Lucía Megías cuestiona el valor de este documento y plantea la hipótesis de que su cautiverio y sus intentos de fuga fueron cuidadosamente adornados a posteriori.

Estatua de Miguel de Cervantes en la Biblioteca Nacional de España
Estatua de Miguel de Cervantes en la Biblioteca Nacional de España

En concreto, Cervantes habría ejercido el papel de passeur, el hombre que facilitaba la huida de otros esclavos y de cuyas gestiones sacaba beneficios. Algo que explicaría por qué, a pesar de haber intentado huir al menos cuatro veces y hacerse responsable de ellas, nunca sufrió graves maltratos y no intentó escapar en solitario. También eso explicaría por qué ayudó a escapar sobre todo a gente principal, nobles o clérigos. En definitiva, un cautivo que hizo del cautiverio una profesión y que, a través de los contactos que hizo en Argel, trató de progresar luego en la Corte madrileña.

A su regreso a España en 1580, el Rey lo recibió en persona y le encomendó viajar a Orán como agente secreto para recabar información. Con 33 años, Cervantes dio por finalizada su etapa de soldado y se estableció en Castilla. En total había estado cinco años encerrado en Argel, pero todavía iba a pasar media docena de veces por prisiones españolas. En varias ocasiones por requisar grano perteneciente a la Iglesia para abastecer a la Armada Invencible, acción que también le causó dos excomuniones. Sus largas estancias en prisión, paradójicamente, le proporcionaron el tiempo y la perspectiva para desarrollar su prodigiosa obra literaria.