Combate naval y turcos saltando al abordaje, por Juan de la Corte
Combate naval y turcos saltando al abordaje, por Juan de la Corte - Museo del Prado

La hazaña del español olvidado que humilló a una flota musulmana de 55 galeras con cinco galeones

Frente a un bosque de galeras turcas, Francisco de Ribera mantuvo la calma y unió los barcos a su mando mediante cadenas para evitar que el viento aislara a alguno, mientras situó en vanguardia a su buque insignia, el Concepción, con 52 cañones. La superioridad artillera hizo el resto

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Pedro El Grande, un «señor muy pequeño que era muy grande», según le describió Miguel de Cervantes, comprendió que para defenderse de los corsarios berberiscos que asolaban la Italia española solo servía una estrategia ofensiva. Frente a la inutilidad de las grandes flotas anuales, este atípico Duque de Osuna creó una flotilla privada durante su periodo como virrey de Sicilia y la empleó para atacar a los corsarios con sus propias armas. En sus bases. En su terreno...

A pesar de las críticas desde Madrid, la flota de Osuna cosechó grandes victorias en el Mediterráneo a principios del siglo XVII y fue creciendo en tamaño conforme arrebataban botines a los corsarios musulmanes. La lista de normas infringidas por el virrey solo era comparable a la de galeras apresadas, más de una treintena, y a la de los miles de esclavos cristianos liberados. Es por esta razón que, cuando el gran duque fue nombrado virrey de Nápoles, un reino clave para el Imperio español, el noble trasladó allí también su estrategia contra los piratas y sus barcos. Se justificó a la hora de continuar con el corso en que, a falta de medios de la Corona, ponía él los suyos, y en que no había peligro de atacar a mercaderes porque « en la Costa de Berbería no hay de esos», solo piratas.

Pedro Téllez-Girón y Velasco
Pedro Téllez-Girón y Velasco

Su nueva flota en Nápoles estuvo formada por las habituales galeras, típicas del Mediterráneo, y también por galeones, que empleó con audacia pese a ser más adecuados para el Atlántico. En total, 22 galeras y 20 galeones. La combinación de ambos tipos de nave permitió el control del Adriático y trasladó el hostigamiento hasta los dominios del Imperio turco, en ese momento volcado en sus campañas contra el Imperio safávida (Irán). Enésima demostración de lo que la batalla de Lepanto ya dejó intuir en su día: los turcos estaban perdiendo la batalla tecnológica respecto a la Europa cristiana.

Francisco de Ribera, un humilde capitán de galeones, se convirtió en leyenda en esos días por mostrar la superioridad de los barcos atlánticos y protagonizar en el cabo Celidonia una victoria que resulta inverosímil.

De Toledo al Mediterráneo

Nacido en la sequedad de Toledo por el año 1582, Francisco de Ribera parecía destinado a cualquier cosa salvo a ser marino. Cuenta Cesáreo Fernández Duro en su libro clásico « El Gran Duque de Osuna y su marina» (Renacimiento) que, huérfano de padre desde muy pequeño, el toledano recibió una educación escasa y se pasó la adolescencia entretenido «en travesuras, galanteos y pendencias». El hidalgo acabó huyendo de la justicia tras uno de estos desencuentros y dio con sus ambiciones en Cádiz, donde sentó plaza de soldado en la armada de Luis Fajardo. No obstante, poco después de su bautizo de sangre contra un bajel turco (lo que le valió el cargo de alférez) tuvo un incidente con un capitán que osó desmentir sus méritos. Sobre lo que ocurrió, el dramaturgo Luis Vélez de Guevara puso en boca del hidalgo, con más literatura que verdad:

«Tomé en su sangre venganza con un puñal tan agudo que de sus heridas fue despachado al otro mundo». En fin, que lo mató y cambió Cádiz por Italia.

Francisco de Ribera acudió a Sicilia, entonces regido por Osuna, para poner un mar entre la justicia y sus huesos. Pronto descubrió que era cierto aquel rumor sobre un virrey temerario que admitía, sin escrúpulo alguno, a todos los hombres capaces en su armada particular. Tal vez recordando sus propios pecados de juventud, Pedro El Grande conservó en el cargo de alférez al hidalgo y le confió al mando de un galeón de 36 cañones.

Desplegado en las aguas cercanas a Calabria, el alférez castellano acudió a patrullar la zona ante el aviso de velas corsarias. El galeón y una tartana, con 100 mosqueteros y 80 marineros a bordo, cayeron en la emboscada de dos galeras tunecinas, de 40 y 36 piezas de bronce, cuando perseguían a una nave sospechosa. Ribera resistió en su galeón más de cinco horas, sin que las galeras se atrevieran a abordarla y, llegada la noche, encendió fanal, lo que significaba que no tenía ninguna prisa. Cuando los enemigos se dieron por vencidos, la flota cristiana se refugió al norte de Sicilia; hizo dos presas corsarias que pasaban por allí y tras reponerse reanudó la persecución.

Situación del fortificado puerto de Túnez en el siglo XVI
Situación del fortificado puerto de Túnez en el siglo XVI

Francisco de Ribera buscó a sus asaltantes en la bahía que asienta la Goleta, que sigue siendo hoy la llave de la ciudad y del puerto de Túnez. Allí rindió, según Cesáreo Fernández Duro, a cuatro barcos corsarios, mató 37 turcos en ellos y rescató a 19 flamencos, antes de huir a causa del fuego desde la Goleta. En su huida perdió a uno de los cuatro barcos rendidos y, a tenor de los 42 cañonazos recibidos, casi se le hunde el suyo propio.

La temeraria acción en la Goleta asombró a Osuna, quien elogió al toledano por su arrojo «en este tiempo en que hay tan pocos de quien se pueda echar mano para esto». Le recompensó, además, con el empleo de capitán de una flota con otros barcos altos, esto es, diseñados más para el agitado Atlántico que para el sosegado Mediterráneo. La falta de remos podía ser una desventaja, pero la mayor potencia artillera de los galeones y su altura los convertía en castillos flotantes a ojos de las galeras, de gran longitud y poca altura. De ahí que cuando el virrey se trasladó a Nápoles reservara un puesto de privilegio a Ribera entre la comitiva de sus «bravos». El virrey creía que era el momento de poner toda la carne en el asador.

La batalla del Cabo Celidonia

En el verano de 1616, la escuadra de Ribera –cinco galeones y un patache– se encontraba realizando actividades corsarias en torno a Chipre, cuando fue sorprendida por el grueso de la armada turca en el Cabo Celidonia. Patrullaba la zona ante la posibilidad de un ataque contra Calabria o Sicilia, y de repente se vieron acorralados por el enemigo.

El 14 de julio aparecieron ante el cabo 55 galeras con cerca de 275 cañones (la mayoría situados en la proa) y 12.000 efectivos a bordo. Sin perder la calma, el marino toledano se preparó para recibir al enemigo con disparos a distancia y para sacar ventaja de la mayor altura de los barcos atlánticos. Unió los seis barcos mediante cadenas para evitar que el viento aislara a alguno, mientras situó en vanguardia a su buque insignia, el Concepción, con 52 cañones.

Detalle de un galeón español, pintado por Alberto Durero.
Detalle de un galeón español, pintado por Alberto Durero.

La lucha comenzó a las nueve de la mañana y se alargó hasta el ocaso. La artillería de los galeones dejó a ocho galeras a punto de hundirse y otras muchas dañadas al final del primer día. El ataque se reanudó a la mañana siguiente, cuando, después de un consejo de guerra nocturno, los otomanos se lanzaron a la ofensiva con la obsesión de apresar la Concepción y la Almiranta, que eran con diferencia las que más daño les estaban causando. Otras 10 galeras quedaron escoradas durante esta acometida.

Así las cosas, la superioridad numérica de los turcos, que iban con sus mejores tropas de jenízaros embarcadas, renovó los ánimos. Después de una arenga a sus tripulaciones, los otomanos realizaron el asalto más crítico el día 16. La nave capitana de Ribera escupió fuego de mosquetes y cañones, como si fuera una fábrica de fuegos artificiales en llamas, para repeler el ataque turco. La intervención del galeón Santiago, defendiendo el flanco del buque insignia, infligió daños severos y dio la puntilla a los musulmanes.

A las tres de la tarde, la armada otomana arrojó la toalla con 1.200 jenízaros y 2.000 marineros y remeros muertos y 10 galeras hundidas y otras 23 inutilizadas. Por su parte, los españoles contaron solo 34 muertos y regresaron con todos los barcos a puerto, aunque dos de ellos con importantes daños.

A raíz de un triunfo que parecía imposible, Osuna recibió a Ribera como a un general romano acampado en el Campo de Marte. El toledano fue promovido a almirante por el Rey, que también lo recompensó concediéndole el hábito de la Orden de Santiago. Los galeones del virrey confirmaron la superioridad tecnológica europea en Celidonia.