George Rooke asalta Rande para hacerse con la flota de Indias - ABC / Vídeo: George Rooke, el almirante inglés que tomó Vigo y Gibraltar

George Rooke: el desconocido almirante inglés que saqueó los grandes tesoros del Imperio español

A pesar de ser conocido por sus grandes derrotas, este militar logró resarcirse en 1702 hundiendo la flota que había llevado hasta Vigo una gran cantidad de riquezas desde América. Dos años después se hizo con su gran premio: Gibraltar

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Puede que Francis Drake fuera el corsario inglés más odiado en España y Horatio Nelson el marino que aparecía en todas las pesadillas de Carlos IV. Eso es innegable. Pero la realidad es que, además de estas estrellas navales lanzadas a la fama por un gobierno ávido de encumbrar héroes nacionales, hubo otros personajes que, aunque olvidados, se mostraron igual de traicioneros y de deseosos de caer sobre los bajeles hispanos para gloria de la «Royal Navy». Uno de ellos fue el gotoso almirante George Rooke (1650-1709). Un pobre diablo que, a pesar de que acabó sus días apartado de la cubierta de un bajel por desavenencias políticas, logró acabar en 1702 con la flota de Indias que había atracado en Vigo cargada de riquezas y, apenas dos años después, conquistó Gibraltar.

La de Rooke es una historia de luces y sombras. Por un lado, fue un soldado que ascendió desde lo más bajo del escalafón hasta la cúspide del poder naval británico. Por otro, contribuyó con sus malas artes a que Gibraltar acabara bajo bandera inglesa. Todo ello, a pesar de que la capturó con la ayuda de tropas holandesas en nombre del archiduque Carlos de Austria durante la Guerra de Sucesión. Por estos lares la imagen que ha prevalecido es la segunda. La de un marino que, a pesar de ser derrotado en no pocas ocasiones por galos y rojigualdos, se tomó dos revanchas dignas de mención. En memoria de las mismas, y en 2004, el gobierno gibraltareño inauguró una estatua en su honor aprovechando el 300 aniversario de la conquista de la urbe por la «Royal Navy».

Derrotas y más derrotas

Poco se ha escrito sobre Rooke en nuestro país. Según afirma el investigador Stuart Handley en su extensa obra «The History of Parliament: the House of Commons 1690-1715», el futuro oficial nació allá por 1650, pues la fecha exacta todavía se discute. Su padre, el coronel William Rooke, jamás había considerado que el pequeño debiera hacerse a la mar. De hecho, le puso en contacto con un abogado de Londres para que empezara a empaparse del oficio de las leyes. Sin embargo, algunos historiadores como John Charnock han señalado que nuestro protagonista sintió una fuerte pasión por las aguas desde pequeño e ingresó en la Armada en los años 70. Otros, como el propio Handley, barajan la posibilidad de que fuera enviado allí como una medida disciplinaria.

En cualquier caso, pronto se había convertido en segundo teniente (1672) y, a los 23 años, ya había logrado el mando del «HMS Holmes». Poco después fue nombrado contralmirante tras la batalla de Bantry Bay, donde destacó por sus dotes de mando. Una carrera fulgurante, sin duda. Pero en este camino de rosas se topó con un escollo: la contienda de Beachy Head librada el 10 de julio de 1690 entre la flota anglo holandesa y la armada francesa.

Rooke
Rooke

Aquel día, nuestro Rooke se encontraba bajo las órdenes de Arthur Herbert, primer conde de Torrington... y la catástrofe no pudo ser mayor. Durante la refriega, los galos lograron rodear los navíos holandeses (que iban en vanguardia) y los cañonearon a placer. Los «british», superados, decidieron retirarse y abandonar a sus aliados a su suerte. Toda una deshonra para los mandos de la «Royal Navy».

La investigación posterior pudo costarle la carrera a muchos de los mandos implicados en la contienda. El mismo Torrington fue encarcelado hasta que la justicia le liberó de sus cargos. Y, a pesar de ello, perdió su cargo acusado de cobardía. Pero no Rooke. Por el contrario, el hombre que conquistaría Gibraltar una década después fue considerado inocente y hasta el mismísmo Edward Rusell (un marino cuya opinión fue determinante a la hora de valorar al capitán) declaró que «la investigación más estricta muestra que ha cumplido con su deber». Así lo explica Handley en su documentada obra.

Aunque sus derrotas fueron más sonadas que sus victorias, sus defensores y sus años de servicio hicieron que fuese nombrado comandante de la flota inglesa

Aunque a continuación recibió el mando de varias flotas inglesas, lo cierto es que su carrera pasó de puntillas hasta 1693, cuando se vio envuelto en una nuevo desastre marítimo: la batalla de la bahía de Lagos. Aquel año, los británicos formaron un gigantesco convoy mercante de unas 400 embarcaciones escoltadas por la armada de Rooke. En principio, el movimiento de estos bajeles se mantuvo en secreto, pero los galos se enteraron y, en junio, se prepararon para interceptarlo. El desastre fue absoluto. Casi un centenar de barcos ingleses acabaron bajo las aguas o apresados y el resto huyó a todo trapo para evitar el vil acero de las balas franchutes. Para su suerte, y aunque los otros dos almirantes de la flota fueron procesados, él salió airoso.

Aunque sus derrotas fueron muchísimo más sonadas que sus victorias (entre estas últimas destaca la de La Hogue), su carácter, sus defensores en las altas esferas y sus años de servicio hicieron que Rooke fuese nombrado comandante de la flota inglesa en 1796. Un regalo envenenando, en palabras de Handley, pues por entonces los buques de la «Royal Navy» se encontraban en un estado deplorable y las tripulaciones carecían de la experiencia necesaria para enfrentarse a sus enemigos. A pesar de todo, el oficial aceptó. Con todo, y como dejó claro después, sabía a lo que se enfrentaba: «Resolví arriesgar alegremente mi vida al servicio del país, y prefería morir en defensa de nuestra libertad y religión, a someterme al papado y a la esclavitud».

Guerra de Sucesión

Menos de una década después, los vientos de guerra volvieron a llamar a la puerta de Inglaterra y a la de Rooke. Todo comenzó cuando Carlos II murió sin descendencia. A partir de entonces, y allá por 1701, en la Península comenzó una contienda a brazo partido de la mano de los dos candidatos que querían sentarse en el trono: Felipe V de Borbón (el sucesor que había elegido el propio monarca antes de fallecer) y el archiduque Carlos de Austria. A favor del primero se posicionó media Europa a la cabeza de Francia, y en apoyo del segundo acudió la otra media (principalmente, los ingleses y los holandeses).

Como señalan los historiadores Anthony Bruce y William Cogar en su «Encyclopedia of Naval History», los primeros años de Rooke en la llamada Guerra de Sucesión estuvieron marcados por el fracaso. El más claro de ellos se sucedería en Cádiz, donde los británicos habían pensado desembarcar para atrapar a sus enemigos entre dos fuegos.

George Rooke
George Rooke

«Planificaron una operación de envolvimiento, “en tenaza”, sencilla pero letal para Francia: John Churchill, duque de Marlborough con su cuerpo expedicionario inglés unido a los ejércitos de Holanda y los calvinistas alemanes desembarcaría en los Países Bajos para penetrar en Europa hasta el Danubio, protegiendo de este modo las Provincias Unidas. De forma simultánea, una flota anglo-holandesa de más de un centenar de embarcaciones, la mitad de las cuales eran buques de línea, entrarían por Cádiz para establecer en su bahía una cabeza de puente y apoderarse de Andalucía», explica Víctor San Juan en su obra «Grandes batallas desconocidas» (Nowtilus, 2016).

Como si de un triste «déjà vu» se tratase, el asalto a Cádiz fue un desastre para Rooke. A pesar de que los ingleses lograron desembarcar en el Puerto de Santa María en el verano de 1702, el gobernador general de Andalucía logró concienciar a todos los ciudadanos de que había que combatir al enemigo invasor y, tras un mes de dura contienda, los británicos plegaron velas y se marcharon con el rabo entre las piernas en septiembre. ¿Cuál sería su próximo objetivo?

Primer tesoro perdido

Mientras Rooke se batía a bolazos contra los valientes soldados y milicianos de Cádiz, al otro lado del mundo una armada (la de Indias) iniciaba su viaje de regreso a España desde las Américas llena hasta los topes de riquezas. Y su destino no podía ser más peliagudo: Andalucía.

«Habiendo cargado en Veracruz las mercancías detenidas desde el fin del reinado anterior, con los caudales pertenecientes al Rey y a particulares del comercio, emprendió el regreso a España el 11 de junio de 1702 sin noticias de lo ocurrido en su ausencia», explica Cesáreo Fernández Duro en su obra magna (y de obligada consulta a la hora de narrar batallas navales) «Historia de la Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón».

Aunque la veintena de navíos de la flota estaban escoltados por 23 bajeles galos a las órdenes del vicealmirante Cháteau-Renault, el miedo a que la plata extraída en América acabase en poder británico provocó que los planes cambiaran de forma drástica y estos «furgones blindados» cambiaran de dirección.

Batalla de Rande
Batalla de Rande

Su nuevo destino fue Vigo, a cuyo puerto accedieron el 22 de septiembre. «Los navíos de guerra fondearon en el paso que forman las puntas de Rande y Corbeyro, canal de unos tres cuartos de milla, defendido por dos fuertes, más bien torres antiguas», completa Duro. De forma más que rauda, varios cañones fueron desmontados y trasladados hasta estas posiciones para reforzarlas. Además, se llamó a las milicias y se ubicó una cadena de metal en la entrada de la bahía para evitar que los enemigos pudieran acceder mientras el dinero era descargado. El tiempo apremiaba, y mucho.

Cuando el derrotado almirante inglés se enteró de que la flota de Indias había ido a parar a Vigo, no lo dudó y dirigió sus buques hacia allí para tratar de saquearla cual corsario.

En este punto la historia y la leyenda se mezclan. Mientras que algunos expertos afirman que los nuestros no tuvieron tiempo de desembarcar las riquezas, la opinión más extendida es la que señala que la mayoría de ellas ya habían sido bajadas de los navíos cuando Rooke arribó. «En diez días se pudo en tierras la plata de registro, amonetada o en lingotes, cargándola en carretas que hacían dos viajes a Pontevedra; otras la conducían de allí al Padrón, y en tercer transbordo hacia Lugo, por escalas, con guardia de infantería y caballería», completa Duro. Independientemente de la versión, lo que sí es cierto es que una parte de las riquezas se quedaron en los barcos.

El 22 de octubre, Rooke arribó a puerto con sus «150 velas» y unas ansias terribles de resarcirse por no haber tomado Cádiz. Por su parte, la flota franco española apenas contaba con 45 buques (aproximadamente la mitad de ellos de guerra).

Los franceses y los españoles quemaron sus barcos para que la carga no fuese capturada por Rooke

La batalla fue rápida. El 23, los ingleses y holandeses desembarcaron su infantería de élite por la ensenada del Theis y la playa de Domayo a primera hora de la mañana. A continuación, la cadena fue destruida, en palabras de Duro, por «dos navíos de a 90 cañones que abrieron paso a todos los de las escuadrillas aliadas». A partir de ese momento, el almirante no tuvo más que desarbolar a sus enemigos a una distancia irrisoria. Los que quedaban, al menos, ya que Cháteau-Renault ya había decidido «incendiar navíos y galeones para que no sirvieran de provecho». Según las cifras de Duro, apresaron «9 bajeles franceses y 11 españoles».

Después empezó la rapiña de los británicos, que soñaban desde hacía días con conseguir las riquezas españolas. Sus buzos, ansiosos, se dedicaron a expoliar los naufragios, mientras que la infantería prefirió el pillaje en la costa. A ellos se unió otra armada inglesa dedicada a patrullar la región. «El día 28 apareció cercana a las islas Cíes la escuadra de Shovel, y fue llamada al puerto por sir Jorge Rooke para que en él quedara a rebañar objetos», destaca Duro. La victoria fue considerada absoluta por los británicos, que salieron, en palabras del autor español, «tocando las trompetas en son de júbilo» y celebraran «el triunfo con fiestas cívicas y religiosas, exagerándolo un tantico».

Estatua de Rooke en Gibraltar
Estatua de Rooke en Gibraltar - ABC

A pesar de que la derrota fue devastadora a nivel psicológico, la realidad (secundado por los estudios actuales) afirma que la mayoría del tesoro (más de 13 millones de pesos) arribaron satisfactoriamente a Segovia, y que los británicos y holandeses apenas se hicieron con 90.000 pesos.

Con todo, y gracias a Rooke, a día de hoy la leyenda de que la bahía esta llena de riquezas sigue extendiéndose. «Los hombres se han encarnizado desde hace tres siglos en la conquista del prodigioso yacimiento; algunos han traído a la superficie galeones vacíos de su contenido original; otros han rebuscado algunas cajas de piastras; otros excavan aún, armados con todos los instrumentos de la técnica moderna. Pero el mar defiende sus tesoros, que algunos avalúan en 200.000.000.000 oro, lo que resueltamente es optimista», señala el controvertido escritor Robert Charroux en su libro «Tesoros ocultos».

Gibraltar, el otro tesoro

Más allá de la controversia alrededor del tesoro de Rande, la gran victoria de Rooke se sucedió en 1704, después de tener que meterse entre pecho y espalda una sonada derrota tras intentar de forma infructuosa conquistar Barcelona para el Archiduque Carlos.

Desesperado por haber sido humillado una vez más, este enfermizo cincuentón (padecía de continuos ataques de gota) decidió dar un golpe de mano donde más doliera, y el resultado fue un ataque orquestado con la ayuda de los holandeses sobre Gibraltar, una plaza defendida de forma precaria. El asalto se consumó el 4 de agosto de 1704. Pero lo que no sabían sus aliados es que el oficial no pensaba abandonar la región cuando terminara la Guerra de Sucesión.

«El ataque se materializó en agosto de 1704. Mientras [el gobernador de Gibraltar] Diego Salinas, que disponía sólo de cincuenta y siete soldados y ciento cincuenta milicianos, vio venir las columnas británicas y holandesas por extremos opuestos y ordenó cerrar las puertas. El asedio apenas duró dos días. Los invasores lograron convencer a Salinas con un acuerdo en el que, expresamente, consignaron que la plaza no se rendía a Inglaterra, sino al archiduque Carlos, y que la propiedad sólo se ejercería en caso de proclamarse este rey de España. Y, por supuesto, nada de aguas jurisdiccionales ni pretensiones expansionistas por el estilo», explica, en este caso, San Juan.

[PUEDES LEER AQUÍ CÓMO INGLATERRA ARREBATÓ A ESPAÑA GIBRALTAR]

La conquista de Gibraltar permitió a Rooke regresar a Inglaterra como un auténtico héroe. En los meses siguientes nadie se acordó de sus continuas derrotas ante los franceses ni de su estrepitoso fracaso en Barcelona.

Parecía estar destinado al estrellato, pues también había hecho carrera en el partido «Tory». Sin embargo, una desavenencia política hizo que se le relegara de la esfera pública y de la militar en febrero de 1705. A partir de entonces no participó en ninguna otra acción militar. Tras disfrutar de un retiro tranquilo, falleció el 24 de enero de 1709, a los 59 años. Para entonces su figura ya había sido olvidada. Desde entonces, y en palabras de Handley, todos los intentos por rehabilitar su figura han sido en vano.