Fragata española «Numancia», la olvidada historia del primer acorazado en dar la vuelta al mundo

Desde su participación en la batalla de El Callao hasta su final frente a las costas portuguesas, este barco participó en muchos de los acontecimientos históricos más relevantes de la España del siglo XIX

Actualizado:

Dentro de esa larga sucesión de capítulos de la Historia de España a los que, quién sabe por qué, nunca se ha prestado demasiada atención, se encuentra el de la fragata «Numancia». Una nave que condensa parte importante de la historia de ese siempre convulso siglo XIX español. Fue el primer acorazado en dar la vuelta al mundo -comiéndole la tostada a ingleses y franceses-, luchó por el cantón de Cartagena durante la rebelión de 1873, y sirvió como base flotante en Tánger poco antes de que estallase la Guerra del Rif. Una gran epopeya que llegó a su fin en 1916, cuando, como si de un acto de insubordinación se tratase, encalló frente a costas lusas en su camino a los altos hornos de Bilbao, donde su herrumbroso casco iba a ser fundido.

Esta es la historia de un buque que, probablemente, habría sido preservado y conocido si hubiese tenido un pabellón diferente al español.

El Callao

La «Numancia» fue construida en el astillero de la ciudad francesa de Tolón entre el 1862 y 1863. Llegaba tan solo un par de años después de la botadura del primer navío de este tipo, el francés «La Gloire». Su aspecto debía ser imponente. Tenía 96,8 metros de eslora y 17,3 de manga. Su casco estaba protegido por una coraza de pesadas planchas de hierro, que lo cubría desde la línea de flotación hasta la cubierta. Contaba, además, con una artillería compuesta por 34 cañones lisos de 68 libras.

Al poco de ser botada, la nave fue enviada por el Gobierno a América. En principio, debía unirse a la Escuadra del Pacífico en una misión (supuestamente) científica. Zarpó de Cádiz, y una vez en Sudamérica se vio envuelta en la guerra contra Chile, Perú y Bolivia. Ya saben, uno de esos costosos conflictos internacionales de mediados del siglo XIX de los que no se sacó tajada alguna, como fue el caso de la expedición a la Conchinchina o de la Guerra de Marruecos.

El acorazado tomó parte en la batalla de El Callao, que fue la primera prueba de fuego importante que tuvo que pasar. «La Numancia recibió cincuenta y un impactos, cuatro de ellos de grueso calibre, atravesando solo uno la coraza», explica el escritor Víctor San Juan en su libro «Breve historia de las batallas navales de los acorazados» (Nowtilus). A pesar de que la batalla acabó en tablas, la fragata demostró sobradamente su capacidad. Llegó a disparar más de mil proyectiles y todos sus tripulantes sobrevivieron, tan solo tuvieron 16 heridos de diversa consideración. Nada mal si se tiene en cuenta que durante el combate se estaba enfrentando a fortalezas terrestres que contaban con una capacidad de fuego muy superior.

Pintura de la batalla de El Callao
Pintura de la batalla de El Callao

Una vez finalizado este episodio, la «Numancia» emprendió la marcha junto al resto de la Escuadra del Pacífico hacia Filipinas. Tuvieron que hacer escala en Tahití, donde pusieron las maquinas a punto. Tras pasar unos meses en la isla española, la nave partía el 19 de enero de 1867 junto al resto con dirección al Índico. Sin embargo, poco después se solicitó que el acorazado pusiese rumbo hacia Río de Janeiro para fortalecer una dotación española ubicada en la zona. No pasó demasiado tiempo antes de que pudiese continuar su camino, que terminaría llevándolo hasta el puerto de Cádiz. Para cuando arribó a la ciudad andaluza, el 20 de septiembre de 1867, había recorrido unas 42.500 millas en un largo viaje que había durado más de dos años. Gracias a esta acción, se decidió grabar en la cámara del capitán el lema «In Ioricata navis quae primum terram circuivit» («En la nave acorazada que circundó la Tierra por primera vez»).

Amadeo I

Tan solo dos años después de finalizar la circunnavegación, la «Numancia» fue seleccionada como una de las naves encargadas de transportar a Amadeo I a la Península. El monarca transalpino llegaba a España como el flamante sustituto en el trono de Isabel II, que dejaba el cargo tras el triunfo de «La Gloriosa». Esta sublevación militar, que fue protagonizada, entre otros, por el general Prim, pilló a la monarca junto a su familia en San Sebastian. No tardó en montarse en un tren y cruzar los Pirineos para buscar refugio bajo el ancha ala de Napoleón III. Nunca volvió a pisar su país, ni siquiera para la coronación de su hijo: Alfonso XII.

Lo cierto es que el reinado de Amadeo I no fue demasiado largo. La muerte de su principal valedor, Prim, y lo complejo de reinar en la turbulenta España del siglo XIX acabaron convenciéndole de que que volver a Italia era lo mejor que podía hacer. Después de poco más de 2 años ostentando la corona, el Rey se despedía con una carta remitida al Congreso en la que expresaba sus buenos deseos para el país: «Estad seguros de que al desprenderme de la Corona no me desprendo del amor a esta España tan noble como desgraciada, y de que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarle todo el bien que mi leal corazón para ella apetecía».

Cantón de Cartagena

Con la espantada del monarca se abría el camino para el surgimiento de una república en España; un proyecto que, prácticamente, nació tarado. Pocos meses después de su proclamación llegó el federalismo, y con este la formación de los cantones, y con estos la conocida como Rebelión cantonal. Una guerra (más) que duró seis meses. La «Numancia» participó en el conflicto combatiendo por el cantón de Cartagena, ya que la pilló atracada en el puerto de la ciudad murciana.

Fotografía de la «Numancia» a finales del siglo XIX
Fotografía de la «Numancia» a finales del siglo XIX

En los primeros impases del conflicto, la fragata fue enviada a la ciudad de Alicante con el fin de sumarla a la rebelión, cosa que no consiguió, por lo que bombardeo la localidad valenciana durante varias horas junto a otros buques. En octubre participó en la batalla naval de Portmán, librada frente a las tropas gubernamentales en las cercanías del cabo de Palos. La «Numancia» iba a la cabeza de la escuadra cantonal y rindió bien, aunque la victoria acabó cayendo del lado del Gobierno. Su último servicio a la causa, ya con la guerra finalizada, fue conducir a África a 500 españoles que partían al exilio.

Final

La «Numancia» siguió sirviendo a España durante las siguientes décadas. A finales de siglo volvió a los astilleros de Tolón, el lugar donde fue creada, para ser reconvertida en un acorazado guardacostas. Se salvó por poco de combatir durante el dramático 1898, la que habría sido, con casi total seguridad, su última gran guerra. En 1910 la ya veteranísima nave fue dada de baja. Pasó sus últimos días funcionando como estación flotante en la ciudad de Tánger. Un par de años después, era vendida para que fuese desguazada en Bilbao. Nunca llegó al País Vasco.

Hicieron falta mucho intentos para que la nave pudiese emprender la marcha desde África hacia el norte de España. Terminó embarrancada en las proximidades de la pequeñísima localidad de Sesimbra (Portugal) el 6 de septiembre de 1916, donde la arrancaron su ya herrumbrosa armadura y dejaron el resto a su suerte.