La rendición de Granada, por Francisco Pradilla - Vídeo: Así fue Isabel La Católica

Así fue la estrategia europea de Isabel la Católica, la histórica Reina de España que admira el líder de VOX

Santiago Abascal, líder de VOX, reconoce en una entrevista con ABC su admiración por la Reina castellana. Pero, ¿cuáles fueron las líneas fundamentales de la política internacional de esta dirigente del siglo XV?

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En una entrevista con ABC, Santiago Abascal, el líder del partido Vox, reconoció ayer su admiración, a nivel de política europea, por la Reina Isabel la Católica y por Carlos V. En ABC Historia aprovechamos la referencia para analizar la estrategia que aplicaron los Reyes Católicos en el escenario europeo cuando el proyecto de la España moderna empezaba a tomar forma.

Al principio de su reinado, los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, debieron consensuar quiénes iban a ser los enemigos y quiénes los amigos de su proyecto de España, puesto que Castilla y Aragón habían seguido hasta entonces políticas que no eran compatibles entre sí. Castilla era desde la Guerra de los 100 años fiel aliada de los franceses, mientras que Juan II, padre de Fernando, llevaba años cercando a Francia a todos los niveles a causa de los intereses aragoneses en el sur de Italia.

Granada, un objetivo prioritario

La Guerra de Sucesión castellana, en la cual Alfonso V de Portugal se proclamó Rey de Castilla en nombre de su mujer Juana la Beltraneja, colocó a Francia y Portugal como enemigos de los Reyes Católicos. Sin embargo, Fernando e Isabel tuvieron la habilidad de no mezclar un asunto dinástico con la estrategia internacional que proyectaban para las Españas. En 1478-1479 firmaron varias paces que restablecieron la situación previa a la guerra y mantuvieron a Francia como aliada de Castilla.

Fernando II de Aragón
Fernando II de Aragón

En vista de conquistar Granada, último reducto musulmán en la Península, los Reyes Católicos se cuidaron de asegurar la paz en sus fronteras para que una posible contienda internacional no le pillara con las armas ocupadas. De ahí que se reforzaran pronto los lazos con Portugal y, con el objeto de defender el Golfo de Vizcaya, se abrazara una política amistosa con Francia y la Casa de Borgoña, además de negociar libertad de mercado con Inglaterra, por entonces sumida en una grave crisis.

La demostración de que Granada ocupaba un lugar prioritario para los Reyes Católicos es que, a pesar de que Fernando quiso interrumpir en 1484 la campaña para recuperar el Rosellón, en manos francesas, Isabel le convenció de mantener la guerra contra la morería a toda costa. Por esta razón evitaron también inmiscuirse en otros asuntos europeos fundamentales, como fue la gran revuelta en Francia de la nobleza o las aspiraciones de los Braganza en Portugal. Solo cuando la conquista de Granada parecía madura, a partir de 1487, Isabel y Fernando desplegaron una estrategia europea realmente ofensiva a través de vínculos familiares.

El plan para aislar a Francia consistió en casar a los infantes españoles con príncipes pertenecientes a las dinastías de los Tudor de Inglaterra, los Avis de Portugal y los Habsburgo que reinaban en el centro de Europa. Dos de los hijos de los Monarcas contrajeron matrimonio con los hijos de Maximiliano, Emperador del Sacro Imperio Romano; dos hijas entroncaron con la familia real portuguesa, y la más pequeña con el heredero a la Corona inglesa.

Amistad con Portugal

Las Cortes portuguesas dieron luz verde en 1490 al matrimonio de Alfonso, hijo del Rey de Portugal, y de Isabel, la hija mayor de los Reyes Católicos, pero cuando todavía estaban ocupados en los festejos de la boda Alfonso perdió la vida en un accidente de caballo.

Sin otros herederos, a Alfonso le sucedió en la línea al trono portugés su primo Manuel, Duque de Viseu. Soltero a sus 25 años, Manuel «El Afortunado» pidió a los Reyes Católicos la mano de Isabel, cuyos encantos le habían marcado durante su estancia en Portugal y ahora había regresado a España. A pesar de las quejas de la infanta, que estaba convencida de meterse a monja, al final aceptó y se casó el 30 de septiembre de 1497 ya como Reina de Portugal.

Con la muerte de Miguel desapareció la posibilidad de unificar Castilla, Aragón y Portugal bajo un mismo soberano, un sueño que Felipe II sí cumpliría más adelante.

Un año después el portugués y la española fueron jurados como Príncipes de Asturias en Toledo, a causa de la muerte del único hijo varón de los Reyes Católicos. Pero mientras se debatía en las Cortes aragonesas si una mujer podía heredar esta Corona, Isabel dio a luz a un niño en el Palacio Arzobispal de Zaragoza ese mismo verano. Las complicaciones del parto causaron una hemorragia a Isabel, que falleció con solo 28 años. El nuevo heredero, Miguel, tampoco vivió mucho tiempo. Murió de unas fiebres repentinas antes de cumplir dos años cuando se hallaba bajo la custodia de sus abuelos en Granada. Con él desapareció la posibilidad de unificar Castilla, Aragón y Portugal bajo un mismo soberano, un sueño que Felipe II sí cumpliría más adelante.

No renunció del todo a esta pretensión Manuel «El Afortunado», que estrechó más los lazos entre ambos países casándose con otra hija de los Reyes Católicos, María de Aragón. De este matrimonio nacieron hasta diez hijos y mantuvieron abiertos los lazos entre España y Portugal durante varias generaciones. Por cierto que tanto le gustó al portugués el sabor de las infantas españolas que, a la muerte de María, en 1517, contrajo matrimonio con una de las nietas de los Reyes Católicos.

Repartirse el mundo en Tordesillas

Las buenas relaciones dinásticas entre España y Portugal sufrieron un sobresalto a partir de 1492. La culpa de todo la tuvo un navegante supuestamente genovés, Cristóbal Colón. Tras ser rechazado su proyecto en la corte portuguesa de viajar hacia Occidente hasta dar con Cipango (Japón), logró que los Reyes Católicos lo financiaran. Es por esa espina clavada en su ego que Colón hizo escala en Lisboa en su viaje de vuelta y alardeó ante Juan II de Portugal de que, después de todo, su descubrimiento sí había merecido la pena. A nivel internacional aquel gesto desencadenó una guerra. El Rey de Portugal creía que los términos del tratado de Alcáçovas habían sido violados con lo hallado por Colón y levantó una armada en las Azores para reivindicar los derechos sobre el Descubrimiento.

El Planisferio de Cantino de 1502, es la más antigua representación gráfica conocida que muestra la línea de demarcación acordada en el Tratado de Tordesillas
El Planisferio de Cantino de 1502, es la más antigua representación gráfica conocida que muestra la línea de demarcación acordada en el Tratado de Tordesillas

Fernando e Isabel no movilizaron ninguna flota. En cambio iniciaron una ofensiva diplomática dirigida a obligar al Papa valenciano Alejandro VI a que «leyera en alto» el testamento de Adán e impulsara a España en su misión de evangelizar el nuevo mundo. Sus relaciones en ese momento con los Borgia eran buenas y pensaba sacar partido de sus concesiones aragonesas a la familia valenciana en la Península: había apoyado que César fuera designado arzobispo de Valencia y que Juan se casara con una prima del Rey. No le decepcionó el segundo de los papas españoles: al regreso del navegante dictó cinco bulas en cuestión de un año («Inter caetera», «Piis fidelium», «Inter caetera» de mayo, «Eximie devotionis» y «Dudum siquidem») que reconocían los derechos españoles sobre las nuevas tierras.

Estas bulas derogaban anteriores dictados y anulaban, a ojos de Dios, los tratados que reconocían los derechos portugueses en los mares y tierras africanos más allá de Canarias. Hasta tal punto que la «Eximie devotionis» fue otorgada por vía extraordinaria secreta y otorgaba a los Reyes Católicos los indultos y privilegios otorgados antes a Portugal en sus territorios de ultramar. Obviamente, Juan II prefirió ignorar el arbitraje pontificio y hablar directamente con los Reyes Católicos.

Tordesillas (Valladolid) fue el lugar elegido para iniciar las negociaciones entre ambos países en 1494. Los Reyes Católicos fueron representados por Enrique Enríquez de Guzmán, mayordomo mayor de los reyes, Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de la Orden de Santiago y contador real, y el doctor Francisco Maldonado; mientras que Juan II envió a Ruy de Sousa, su hijo Juan de Sousa y el magistrado Arias de Almadana.

La incapacidad técnica de realizar una partición exacta a lo firmado el 7 de junio de 1494 dio lugar a una serie de conflictos entre ambos países

El Rey Juan II quería mantener a toda costa abierta la ruta con la India, tan lucrativa para Portugal desde que Turquía bloqueara las rutas mediterráneas. En principio la propuesta portuguesa era realizar una partición de territorios basada en latitudes, de modo que sus barcos pudieran dirigirse a la India bordeando África o a directamente a través del Océano Atlántico por el sur. Tras unas durísimas negociaciones, la respuesta española fue que, al contrario, la división se mantuviera por meridianos como planteaba la bula «Inter caetera», si bien de forma más favorable a los portugueses de la planteada por el Papa. Los portugueses aceptaron el arreglo. No así el Pontífice que, a modo de protesta, nunca confirmó el tratado y hubo que esperar a que Julio II lo hiciese por medio de la bula « Ea quae pro bono pacis» en 1506.

Así, el texto reservaba para Portugal el Atlántico y los territorios que había hallado Castilla por un meridiano fijado a 370 leguas del archipiélago de Cabo Verde. A España se le reconoció la libre navegación por las aguas del lado portugués para viajar a América y se le otorgó derechos de evangelización y soberanía en las nuevas tierras occidentales. En la totalidad de esas tierras. O al menos eso era lo que se pensaba.

La incapacidad técnica de realizar una partición exacta a lo firmado el 7 de junio de 1494 dio lugar a una serie de conflictos entre ambos países. En el año 1498 se descubrió una nueva ruta hasta la India y en 1500 Brasil, un territorio que se encontraba en la parte portuguesa del Tratado de Tordesillas. Pedro Álvares Cabral llegó a este territorio en abril de 1500 y, amparado en el tratado, procedió a tomar posesión en nombre del Rey de Portugal. No en vano, se trató de la fecha del «descubrimiento oficial», puesto que el español Vicente Pinzón ya había estado en los últimos días del mes de enero del año 1500 en el cabo de Santa María de la Consolación (identificado actualmente como cabo de San Agustín).

Acercamiento a Borgoña y los Habsburgo

Puesta su mira en los Países Bajos, los Reyes Católicos aceptaron el doble tratado matrimonial con el Emperador de Alemania, Maximiliano de Habsburgo, a su vez entroncada con la Casa de Borgoña. Así, Juan y Juana contrajeron matrimonio con los hijos de Maximiliano, Felipe y Margarita. La prematura muerte de Juan en 1478 dejó a Margarita viuda muy pronto y, si bien nunca reinó en España, se encargaría años después de criar e instruir al futuro Carlos V de Alemania y I de España.

Por otro lado, el matrimonio de Felipe y Juana devino en un quebradero de cabeza para los Reyes españoles, cuando la muerte de sus herederos dejó la Corona en sus manos. El primer episodio de fricción entre Felipe «el Hermoso» y los Reyes Católicos ocurrió precisamente tras la muerte del Príncipe Juan, el hermano mayor de Juana «la Loca», el 4 de octubre de 1498. En palabras del embajador español en la corte Imperial, Gómez de Fuensalida, Felipe barajó la posibilidad de reclamar las coronas de Castilla y Aragón con la ayuda del Rey de Francia, con el que mantenía unas relaciones sumamente cordiales. Y aunque los reyes españoles trataron en varias ocasiones de desmontar la alianza de Felipe «el Hermoso» con Francia, éste no solamente se negó sino que castigó a Juana «la Loca», quien llegó a quejarse de no tener dinero para pagar a su séquito y de ser objeto de continuos desplantes.

Retrato de Felipe El Hermoso
Retrato de Felipe El Hermoso

A pesar de la mala relación con los padres de ella, Felipe y Juana viajaron a España el 26 de enero de 1502 para ser presentados en las principales ciudades castellanas como Príncipes de Asturias y posteriormente hacer lo propio en Aragón. Sin embargo, una vez conseguido su propósito de asegurarse la herencia de los Reyes Católicos, el Duque de Borgoña anunció que quería regresar a sus posesiones norteñas. La propia Reina Isabel intentó convencerle de que era necesario que permaneciera más tiempo en España, ya que debía afianzar su autoridad en los que en el futuro iban a ser sus reinos. El 19 de diciembre de ese mismo año Felipe el Hermoso abandonó la corte de los Reyes Católicos, para desconsuelo de la Princesa Juana, que tuvo que quedarse junto a sus padres debido a que se encontraba embarazada del que sería su cuarto hijo. Tras alumbrar a su segundo hijo varón, Juana regresó a Flandes.

Felipe «el Hermoso» y su esposa solo volvería a España una vez fallecida Isabel de Castilla para tomar posesión del trono. En noviembre de 1504, Fernando proclamó a Juana Reina de Castilla y tomó las riendas de la gobernación del reino acogiéndose a la última voluntad de su esposa. En la concordia de Salamanca(1505) se acordó un gobierno conjunto de Felipe, Fernando «el Católico» y la propia Juana, pero esta situación terminó con la llegada del borgoñés a la península, quien convenció a parte de la nobleza castellana, a base de regalos y concesiones, de que él suponía una amenaza menor que la procedente de un rey aragonés.

Dos matrimonios con Inglaterra

Ya en 1477 la diplomacia inglesa había maniobrado para lograr una alianza con los Reyes Católicos en forma de matrimonio con una de las herederas españolas. No obstante, la inestabilidad en las Islas británicas retrasó hasta el triunfo de Enrique VII la materialización de un acuerdo. En 1488 se produjo la oferta española que cuajó en el matrimonio de Arturo, Príncipe de Gales, con Catalina, la hija más pequeña de los Reyes Católicos.

Retrato de Arturo Tudor, príncipe de Gales
Retrato de Arturo Tudor, príncipe de Gales

Sobre esta plataforma, ambos reinos edificaron a partir de 1489 una alianza que incluía ayuda militar recíproca en caso de ataques franceses y apertura comercial plena, lo que benefició a los mercaderes españoles en Bristol y Londres. Una situación que se vio comprometida ante la prematura muerte de Arturo.

El 14 de noviembre de 1501, la madrileña Catalina se desposó con Arturo en la catedral de San Pablo de Londres, pero el matrimonio duró tan solo un año. Los dos miembros de la pareja enfermaron de forma grave –posiblemente de sudor inglés (una extraña enfermedad local cuyo síntoma principal era una sudoración severa)– causando la muerte del Príncipe. En los siguientes años, la situación de la joven fue muy precaria puesto que no tenía quien sustentara su pequeño séquito y su papel en Inglaterra quedó reducido al de viuda y diplomática al servicio de la Monarquía hispánica.

Con la intención de mantener la alianza con España, y dado que todavía se adeudaba parte de la dote del anterior matrimonio, Enrique VII aceptó casar a la madrileña con su otro hijo, Enrique VIII, a pesar de las ofertas francesas de sustituir a Catalina por una princesa gala. El Príncipe quedó prendido al instante de la belleza de la hija de los Reyes Católicos, que, además, «poseía unas cualidades intelectuales con las que pocas reinas podrían rivalizar», según las crónicas inglesas de la época. No obstante, el matrimonio con el hermano de Arturo dependía de la concesión de una dispensa papal porque el derecho canónico prohibía que un hombre se casara con la viuda de su hermano. El Papa concedió dispensa y las capitulaciones se firmaron el 23 de junio de 1503, punto de partida del drama de Catalina en Inglaterra.

Italia, un tablero en la guerra de Francia

Francia y los Reyes Católicos parecían destinados a colisionar tarde y temprano, de hecho así lo había previsto la diplomacia española desde 1488. Sin embargo, fue finalmente la cuestión italiana, que afectaba exclusivamente a la Corona Aragonesa, lo que provocó el choque de trenes. Mientras Fernando e Isabel hacían preparativos para recobrar el Rosellón y seguían atrayendo a su esfera a Navarra, Carlos VIII de Francia accedió a la mayoría de edad y se lanzó a reclamar Nápoles en virtud de los derechos dinásticos de la Casa de Anjou. El reino italiano había sido conquistado por el Rey aragonés Alfonso «El Magnánimo» en 1443, aunque lo consideró una posesión personal y lo legó a su muerte a su hijo bastardo Ferrante.

El compromiso era no ayudar a Ferrante de Nápoles «en el recobramiento de cualquier derecho que le pertenezca a Carlos VIII en el Reino de Nápoles»

Francia quería hacerse con Nápoles a toda costa e incluso acordó en el Tratado de Barcelona de 1493 el compromiso de los Reyes Católicos para no interferir en la conquista gala de Nápoles a cambio de que España recuperara el Rosellón y la Cerdaña. El texto del tratado, no en vano, supo escoger muy bien cada palabra: el compromiso era no ayudar a Ferrante de Nápoles «en el recobramiento de cualquier derecho que le pertenezca a Carlos VIII en el Reino de Nápoles». Es decir, que debía demostrar antes frente al Papa español Alejandro VI que le asistían esos derechos.

Un embajador de gran relieve, Diego López de Haro, fue enviado en 1493 a Roma para asegurarse de que el Papa denegaba el derecho de conquistar Nápoles a los franceses. De ahí que, cuando el Rey Ferrante il Vecchio murió el 25 de enero de 1494, el Papa envió a su hijo Alfonso su apoyo y advirtió a Carlos VIII de lo inapropiado de que se lanzara a la conquista de la bota de Italia. Los Reyes Católicos mostraron sus verdaderas cartas cuando otro embajador de los Reyes españoles, Antonio Fonseca, anuló el Tratado de Barcelona de 1493:

«Lleva Fonseca la orden tajante de que llame la atención a Carlos sobre el capítulo referente a esto; y si no se aviene a ello, rompa ante sus mismos ojos el original del antiguo pacto proclamando las enemistades», escribió Martín de Anglería. Y así cumplió Fonseca, que rasgó la capitulación de la concordia ante los ojos del monarca galo, «pues Vuestra Alteza ha quebrantado su palabra y borrado los capítulos, doy los demás por nulos».

El Gran Capitán ante el Papa Alejandro VI
El Gran Capitán ante el Papa Alejandro VI

Tras una breve estancia en Roma, Carlos continuó hacia Nápoles, donde Alfonso II –el hijo de Ferrante– partió rápidamente al exilio, perdiendo la cabeza por el camino, y abdicó en nombre de su hijo Ferrante II, de 27 años. Perdido el reino, padre e hijo pidieron auxilio a los Reyes Católicos, quienes ordenaron reclutar una fuerza de peones castellanos y pusieron a Gonzalo Fernández de Córdoba –un segundón de la nobleza castellana que había brillado en las últimas fases de la guerra de Granada– al frente de esta fuerza expedicionaria, la primera que salía de España en muchos siglos, con el objetivo de frenar las ambiciones francesas.

El envío de un contingente castellano, bajo dirección de un comandante castellano, en defensa de unos intereses tradicionalmente considerados aragoneses supuso un cambio de rumbo y marcó el principio del fin de la presencia francesa en Italia. Incluso ya antes del desembarco del que a la postre se convertiría en el Gran Capitán por sus victorias sobre los franceses, Carlos VIII había comenzado a ceder terreno debido a la alianza que las principales ciudades-estado del Norte de Italia habían firmado contra él. Su aparatosa entrada en la península había convencido a Milán, Venecia y Mantua de los peligros que enmascaraba esa renovada curiosidad francesa por los asuntos italianos.

Incluso ya antes del desembarco del que a la postre se convertiría en el Gran Capitán por sus victorias sobre los franceses, Carlos VIII había comenzado a ceder terreno

Tras sufrir un revés en Fornovo, que redujo la presencia de Francia a unos escasos reductos norteños y a unos pocos aliados, Carlos VIII regresó a finales de 1495 a su país para poner las cosas en orden en su casa. Desde allí presenciaría impotente como el desconocido Gonzalo Fernández de Córdoba se transformó en el Gran Capitán, casi una leyenda, al arrebatar Nápoles a los franceses en un alarde de genio militar. Finalmente, el francés jamás consiguió volver a esa tierra de las aventuras que tanto le había maltratado.

A su muerte le sucedió Luis XII, que siguió la guerra en Italia donde la dejó Carlos VIII, que se encontraba en los preparativos de una nueva expedición en Italia cuando le había alcanzado el accidente mortal. Los Reyes Católicos volvieron a enseñarle la puerta de salida al galo, aunque en esta ocasión debieron enfrentarse a la oposición del Papa Alejando VI. La guerra volvió a comenzar tras años de una tregua insostenible en 1501.