El enemigo «gordinflón» de Carlos V al que su obesidad le impidió escapar de los Tercios españoles

Tras ser derrotado en Mühlberg, Juan Federico I de Sajonia trató de huir al galope del Emperador. Sin embargo, sus kilos de más acabaron cansando a su caballo. Tras ser interceptado y luchar valientemente, fue apresado durante cinco años

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Un hombre que atesoraba una gran cantidad de títulos sobre sus anchas espaldas y que, curiosamente, destacaba en el campo de batalla -además de por su habilidad con la espada- por ser sumamente obeso. La figura de Juan Federico I (Elector de Sajonia y Duque de Sajonia-Wittenberg, entre otros cargos) ha sido olvidada por el tiempo debido a su escasa importancia política. Sin embargo, la Historia sí recuerda que sus excesivos kilos le terminaron costando 5 años de cautiverio. Y es que, mientras trataba de huir a caballo después de haber sido derrotado en la batalla de Mühlberg por las tropas de Carlos V -entre las que había soldados de los Tercios españoles-, su montura acabó extenuada por su peso y se detuvo. Un contratiempo que hizo que fuera capturado por los hombres del Emperador después de una heroica lucha.

Hoy hemos decidido recuperar la historia de Juan Federico después de que, el pasado 24 de abril, se celebrase el aniversario de la batalla de Mühlberg. Sin embargo, para llegar hasta esa contienda es necesario señalar primero que nuestro protagonista -nacido en 1503- logró empezar a tener importancia para los escribas cuando se reunió junto a otros nobles alemanes en la ciudad de Esmalcalda en 1530. Y es que, allí decidieron enfrentarse al Emperador Carlos V (quien había logrado unificar bajo su cetro, entre otras regiones, Austria, Alemania, parte de Italia, Bélgica y España) reivindicando su derecho a elegir el protestantismo como su religión. Así fue como, en los años siguientes, la conocida como «Liga de Esmalcalda» empezó a plantar cara a las tropas imperiales y a sus ejércitos a base de espada, pica y arcabuz.

Primeros movimientos

Tras multitud de contiendas (y de derrotas) en el año 1547 los protestantes decidieron enfrentarse por enésima vez al Emperador. En este caso, no obstante, lo hicieron bajo las órdenes de nuestro orondo protagonista, el príncipe elector de Sajonia Juan Federico I. Por entonces este noble alemán lucía una barba densa, un bigote escaso y un pelo bastante corto.

Al menos, así lo muestra el artista Tiziano en un retrato que le hizo allá por 1548. Una pintura, por cierto, en la que fue bastante benévolo mostrando los «kilitos extra» que tenía este noble. Independientemente de su figura, lo cierto es que logró reunir un ejército de entre 20.000 y 25.000 infantes y de -aproximadamente- 5.000 jinetes para hacer válidos los derechos de la Liga. Una idea feliz que terminó enfadando más de lo deseable a Carlos V, quien reunió a sus hombres y les hizo marchar sobre la misma Sajonia para acabar a tortazo vivo con aquellos rebeldes.

A finales de marzo, Carlos en persona se lanzó contra los protestantes y, al final, les dio caza en Mühlberg (un pequeño pueblo ubicado en la orilla derecha del Elba). Para desgracia del elector, sus fuerzas habían sumaban entonces 6.000 infantes y 3.000 caballeros, mientras que las imperiales eran de 20.000 hombres a pie y 6.000 jinetes.

No obstante, lo cierto es que tuvo algo de suerte, pues la providencia hizo que los hombres del Emperador (que contaba en sus filas con oficiales de la importancia del mismísimo Duque de Alba) llegasen al pueblo desde la orilla contrario del río. Es decir, que se veían obligados a cruzar el Elba si querían dar de tortazos a los protestantes. Por ello, Juan Federico dio órdenes de quemar todos los puentes por los que pudieran pasar sus enemigos y ubicó varias unidades de arcabuceros cerca del cauce. El objetivo estaba claro: aplastar bajo un tormenta de plomo a todo aquel imperial que tuviese el naso de tratar de atravesar aquella corriente de agua mientras se preparaba para la contienda.

De carro, a caballo

Aquel día (curiosamente el de su mayor derrota) el elector prefirió hacer algunos cambios en su forma de entrar en batalla. De esta forma -tras embutirse en su armadura tamaño XXL, ponerse un cinto del mismo tamaño y armarse con su espada- consideró que la ocasión tenía la suficiente importancia como para plantar batalla de la forma más digna posible.

Así lo afirma, al menos, el soldado Diego Núñez de Alba (contemporáneo del elector y combatiente en el Tercio de Nápoles) en sus « Diálogos de la vida del soldado»: «Juan Federico, aunque por ser muy gordo acostumbraba a andar siempre en un carro, aquel día andaba en un caballo mediano y doblado, que se hacía siempre traer junto al carro». Desconocemos la fuerza del jamelgo, pero atendiendo a los cuadros que quedan de este militar asumimos que debía tener bastante como para aguantar el peso combinado de su jinete y la armadura de este.

Nuestro compañero César Cervera da en su próximo libro («El imperio de los chiflados» -editado por «La esfera de los libros»-) una interpretación de por qué el elector prefirió dejar a un lado su carro en aquella contienda: «En Mühlberg prefirió regalar al mundo una escena que suponía heroica, pero que más bien era surrealista. Frente al heroico Carlos, que ya por entonces estaba gotoso pero mantenía su dignidad imperial, se interpuso el regordete y dicharachero protestante».

No obstante, aquella imagen valerosa le duró poco. Concretamente, se extendió hasta que -ese 24 de abril- una avanzadilla de las fuerzas de Carlos V logró cruzar el Elba y se abalanzó sobre sus tropas. En ese momento Juan Federico, con su obesa figura encima de un jamelgo que apenas podía sostenerle, ordenó a la caravana de intendencia de su ejército y a sus cañones retirarse.

Una cruel derrota

Después de horas de batalla, la suerte se tornó esquiva con nuestro elector. Y es que, una buena parte del ejército imperial logró atravesar también el río y plantarse frente a sus huestes. Para entonces la batalla ya estaba perdida, pues la vanguardia enemiga (de unos dos millares de jinetes) ya había causado estragos entre sus tropas.

Y eso, a pesar de que el grueso del contingente del «César» (como era conocido Carlos) todavía no había logrado cruzar el Elba para plantar batalla. Juan Federico llamó entonces a la retirada general para evitar una masacre. Con todo, mientras ponía pezuñas en polvorosa junto a su caballo (a eso de las seis de la tarde) aún le dio tiempo a ordenar a su caballería pesada que hiciese una última carga contra sus equivalentes cristianos y a algunas unidades de infantería que cubriesen la huida del resto.

«Habiendo ya empezado a anochecer, tuvo lugar en el paraje denominado Blachfeld (al noroeste de Falkenberg) el choque entre las caballerías rivales: dos escuadrones de hombres de armas ernestinos [protestantes] cargaron contra los perseguidores y lograron incluso hacerles retroceder, pero al ordenárseles reagruparse sufrieron la embestida de la caballería del Duque de Alba y de Mauricio de Sajonia [aliado imperial], siendo completamente batidos y dispersados», explica el historiador Mario Díaz Gavier en su obra «Mülberg, 1547».

Este ataque desmoralizó totalmente a la infantería que cubría la retirada del contingente principal, que salió por piernas al ver como las tropas imperiales habían masacrado a sus compañeros. Los jinetes del «César» hicieron entonces estragos entre los hombres de Juan Federico. El cronista Bernabé de Bustos define de esta forma aquella barbarie: «Anduvieron gran rato entre los enemigos y los siguieron más de tres leguas dando cuchilladas a diestro y siniestro matando cuantos topaban con ellos».

Atrapado por su peso

Con su ejército en desbandada, Juan Federico decidió que la escasa honra que todavía le quedaba no merecía ser guardada y salió a galope tendido sobre su jamelgo en dirección norte. Pero lo que no sabía es que, para entonces, el caballo ya estaba tan cansado por soportar su peso y el de su armadura, que no tardó en desfallecer y perder velocidad.

«Su obesa figura (y la armadura talla extra grande destinada a protegerla) era demasiada carga para su sufrido frisón. En el bosque de Schweinert (dos kilómetros al nordeste de Falkenberg) Juan Federico fue interceptado y por una partida de caballería imperial», explica Gavier. Sin montura (o carro) sobre el que escapar de los hombres de Carlos, y sin aliados que le defendiesen del enemigo, el elector se dispuso entonces a vender cara su vida a base de espadazos. Desenfundó y combatió como si le fuera la vida en ello.

De esta forma recuerda Nuñez de Alba aquellos instantes tan tensos: «Puesta muy animosamente mano a su estoque, se defendía lo mejor que podía; un caballo ligero le hirió en el rostro; más nunca se supo quien era; ora lo matase el allí, ora se perdiese después en el alcance». En palabras de Gavier, ofreció un combate sumamente digno hasta que fue desarmado.

«Después llegaron entre otros un capitán de infantería española y un hombre de armas español, y le sacaron el estoque de las manos, y el, viéndose perdido, dijo que se rendía al emperador», añade el cronista. Al final, fue capturado por Thilo von Trotha, uno de los caballero de Mauricio de Sajonia. Para entonces su rostro lucía una fea herida en la mejilla izquierda que sangraba considerablemente. Por su parte, su captor no tardó en entregarle al Duque de Alba, quien portaba unas armas doradas y blancas y que, según el cronista Luis de Ávila y Zúñiga, «venía lleno de sangre de las heridas que traía».

El cruel destino del elector

Llegada la noche, y con la batalla finalizada, Carlos V solicitó ver a su prisionero. Cuentan las crónicas que Juan Federico llegó a lomos de su caballo, chorreando sangre por la herida que tenía en la cara y totalmente extenuado la jornada. «Juan Federico, llegando donde estaba el Emperador, quisose arrojar del caballo [por respeto] para irle a besar las manos. Mas su majestad no le consintió que se apease, porque lo vio tan cansado y lleno de sangre que no tuvo tanto lugar en el enojo, que no lo tuviese mayor la clemencia y la piedad», explica Nuñez de Alba en su obra.

Minutos después se dio una situación sumamente tensa cuando el orondo elector se dirigió a Carlos como «Emperador invictísimo». Y es que, el «César» le respondió airado que llevaba toda la guerra llamándole solo «Carlos de Gante» y solicitando a todos que hiciesen lo mismo como una forma de desprestigiarle. «El Duque [elector] se enojó tanto con esto que menospreciando su fortuna, con ánimo más de vencedor que de vencido, le dijo que hiciese lo que quisiese y que en su poder estaba; y con un meneo de la mano y de la cabeza quiso demostrar en cuan poco temía perder su estado y su vida», completa el cronista. Aquella tensión solo terminó cuando el Emperador ordenò que se retirase. Su custodia le fue encargada a Alonso Vivas, maestre de campo del Tercio de Nápoles.

Hasta el cetro de nuestro rechoncho protagonista, Carlos le condenó a muerte. Sin embargo, el 5 de mayo varias personalidades del ejército imperial tales como el mismo duque de Alba o el elector de Brandemburgo solicitaron clemencia para él. El Emperador aceptó, aunque se tomó su ansiada venganza contra aquel rollizo enemigo.

«El 18 de mayo de 1547, Juan Federico de Sajonia fue despojado de su electorado en su nombre y en el de sus sucesores. Además, tuvo que entregar por obligación sus ciudades y fortalezas de Wittemberg y Gotha. Se le condenó también a liberar al marqués de Brandemburgo y a los duques de Braunschweig, padre e hijo, y a devolverles todos sus bienes, países y estados. Sus propiedades fueron entregadas al rey de Romanos y a Mauricio de Sajonia, al que se obligó a pagar a sus hijos una renta anual», explica el historiador Juan Antonio Vilar Sánchez en su obra Carlos V. Emperador y hombre».

A su vez, se le impuso el castigo de estar bajo una curiosa «prisión»: residir en la corte de Carlos hasta que el Emperador considerase oportuno. Eso sí, logró mantenerse firme en lo que se refiere a la religión. Al menos, así lo afirma el divulgador histórico José Miguel Carrillo de Albornoz en su libro «Carlos V. La espada de Dios»: «En materia de fe, Juan Federico I de Sajonia no se movió ni un ápice. […] Si querían matarlo por ello, que lo hicieran». Su resolución fue tal que asombró al mismísimo «César».

Al final, nuestro orondo Juan Federico fue liberado en 1552, después de algunas derrotas de Carlos V. «Juan Federico de Sajonia fue liberado y rehabilitado y se dictaminó que cada soberano príncipe o consejero podría elegir libremente su religión», señala Michel Péronnet, licenciado en Historia, en su obra « El siglo XVI. De los grandes descubrimientos a la contrarreforma». Con todo, lo que podemos afirmar de forma segura es que al elector no le habría venido nada mal contar con unos kilitos de menos, ya que eso le habría permitido evitar un cautiverio de varios años.