Detalle del cuadro las rosas de Heliogábalo, Sir Lawrence Alma-Tadema, 1888
Detalle del cuadro las rosas de Heliogábalo, Sir Lawrence Alma-Tadema, 1888

El Emperador romano travesti que ejercía la prostitución: «fake news» en tiempos de Heligábalo

La tolerancia de los senadores hacia las expresiones culturales diferentes era muy limitada, por no decir que para los romanos más convencionales el Emperador era un payaso disfrazado llegado de la periferia

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Hasta el Diablo merece un abogado. La mayoría de los Emperadores romanos que han llegado a nuestros días con una imagen de monstruos de la perversión o de tiranos son víctimas de una mala relación con el Senado, cuyos miembros nutrían las filas de la intelectualidad que escribió la historia. De ahí que la figura de Tiberio, un hombre respetado durante toda su vida, se describa como la de un pervertido que se recreó con jóvenes en su villa de Capri. O que de Nerón cuente Suetonio y Dión Casio que todos celebraron su muerte como el pirómano asesino de madres que decían que era, mientras otros autores hablaron de gran pesar en el pueblo de Roma por la pérdida de su Emperador más cercano.

Luego está Heliogábalo, cuyas excentricidades le ganaron en solo cuatro años la fama del peor Emperador romano, según «La Historia Augusta», un compendio anónimo poco preciso de biografías de césares publicado en el siglo IV. Porque, en el caso de este adolescente empleado como marioneta de sus parientes resulta practicamente imposible separar la difamación de lo que fue real en su biografía. Lo hoy se llama en el mundo anglosajón «fake news», falsas noticias o paparruchas para los españoles, se ensañaron con Heliogábalo hasta los huesus.

De morir orinando a morir en las letrinas

Nacido cuando el Imperio romano había pasado sus años más dorados, Vario Avito Basiano tomó el nombre de Marco Aurelio Antonino al acceder al trono en el año 218 D.C. en un vano intento por destacar su supuesto parentesco con el Emperador Caracalla. Lo cual no evitó que fuera conocido como Elagabalus o Heliogábalo, forma latinizada de una deidad siria, El-Gabal, a la que sirvió como sacerdote en su ciudad natal, la actual Homs (Siria).

Un nombre que da hoy origen en castellano a la palabra «heliogábalo», que, según el Diccionario de la Real Academia Española, es una «persona dominada por la gula», en «alusión a Heliogábalo, Emperador romano, que fue voraz».

La escasa popularidad de Macrino entre las fuerzas militares y la clase política condenó a su reinado a ser recordado como un interregno en los libros de historia

El improbable ascenso de este joven sacerdote procedente de una de las provincias romanas más orientales se explica por lo turbulento de la guerra que se abrió con el asesinato del Emperador Caracalla. Este controvertido gobernante fue apuñalado por detrás cuando orinaba cerca de las antiguas ruinas de Carras, en la actual Harrán (Turquía meridional). Su verdugo, o al menos el que dio la orden, Marco Opelio Macrino, prefecto del pretorio, ascendió en el año 217 a la cabeza de Roma. La escasa popularidad de Macrino entre las fuerzas militares y la clase política condenó a su reinado a ser recordado como un interregno en los libros de historia.

Busto de Caracalla, que asesinaron mientras hacía sus necesidades
Busto de Caracalla, que asesinaron mientras hacía sus necesidades

Como explica David Potter en «Los Emperadores de Roma» (Pasado & Presente), la tía materna de Caracalla, Julia Mesa, organizó desde Emesa (Siria), patria chica de esta familia, una conjura para recuperar el poder perdido. Y precisamente allí coincidió con un sobrino suyo, el futuro Heliogábalo, que ejercía las funciones de sumo sacerdote del dios sol local. En base a la mentira de que el joven, de solo 14 años, era hijo ilegítimo de Caracalla, Julia Mesa promovió con éxito una revuelta entre la Legio III Gallica contra Macrino, quien fue derrotado el 8 de junio de 218 en la Batalla de Antioquía.

Julia Mesa colocó en el trono a Heliogábalo, sin preguntarse siquiera si el adolescente era apto para reinar o si, al menos, conocía las tradiciones latinas. El resultado fue el periodo más estrambótico en la historia del Imperio romano, o al menos así lo presentan los historiadores de su tiempo. Durante los cuatro años que duró su reinado, Heliogábalo centró sus esfuerzos en que la deidad solar fuera la máxima figura del panteón romano.

Concedió a El-Gabal el título honorífico de Deus Sol Invictus («El invicto Dios Sol») y, con la oposición de la ciudadanía, situó las ceremonias en su honor en el epicentro de la vida religiosa del imperio. El propio Emperador, con «atuendo afeminado y las tetillas al aire», encabezaba las danzas rituales alrededor de su altar. De modo que en poco tiempo toda la mitología romana quedó subordinada a este dios sirio.

La línea roja con la homosexualidad

La tolerancia de los senadores hacia las expresiones culturales diferentes era muy limitada, por no decir que para los romanos más convencionales el Emperador era un payaso llegado de la periferia. El colmo se alcanzó cuando Heliogábalo se casó, vestido de mujer, con la virgen vestal Aquilia Severa, lo que iba en contra del sagrado principio de la «tradicional observancia religiosa romana». Y es que estas religiosas consagraban con su virginidad su vida a la diosa del hogar, Vesta, durante treinta años. Romper esta promesa fue visto como una transgresión. El Emperador creyó tranquilizar a la clase ecuestre al explicar que de esa unión nacerían «niños parecidos a los dioses».

Por supuesto, no lo consiguió, sino que cada nuevo escándalo acercó más su reinado a un final violento. Entre el mito y la realidad, la lista de horrores que se relatan sobre él dejan en un programa infantil las practicadas por Tiberio o Calígula. Los comentarios de la época aseguran que estiró al límite los convencionalismos sexuales, rodeándose de amantes femeninos y masculinos, donde primaba la belleza por encima de todo. Incluso se decía que para los puestos en provincias nombraba a aquellos amantes que tuvieran el pene más grande.

Entrada del Emperador en Roma al estilo de un sátrapa oriental
Entrada del Emperador en Roma al estilo de un sátrapa oriental

El problema no era la homosexualidad en sí. Existía en la Antigua Roma cierta permisividad hacia esta condición sexual, aunque con importantes matices. Los elementos más conservadores de la sociedad romana calificaban estas relaciones como el «vicio griego» y lo atribuían a las causas de la decadencia de esta civilización. Y, aunque eran aceptadas entre las clases altas, no faltaron los difamadores que sacaron provecho político al arte de los rumores de alcoba. Como recuerda el historiador Adrian Goldsworthy en el libro «César, la biografía definitiva», «aquellos senadores que tenían amantes varones solían hacerlo con discreción, a pesar de lo cual con frecuencia los opositores políticos les ridiculizaban públicamente».

La línea roja la marcaba quién ejercía en estas relaciones el papel de activo y quién el de pasivo, tanto a nivel sexual como social. Pues, el sexo se veía como una continuación de la política, donde lo aceptable venía marcado por la jerarquía social. Explica Javier Ramos en su libro «Eso no estaba en mi libro de Roma» (Almuzara) que «la pasividad en las relaciones entre hombres quedaba reservaba para los esclavos o para los adolescentes. Ser penetrado era la mayor de las humillaciones».

Entre sus amantes masculinos destacó un esclavo auriga llamado Hierocles, que había adquirido gran prestigio por las carreras de cuadrigas, y otros varones de baja clase social que, según los comentaristas clásicos, incluso azotaban en público al Emperador

Cuando Heliogábalo adoptó explícitamente el papel pasivo con sus amantes, e incluso en su propio matrimonio, la sociedad romana arrojó su último grano de paciencia. Entre sus amantes masculinos destacó un esclavo auriga llamado Hierocles, que había adquirido gran prestigio por las carreras de cuadrigas, y otros varones de baja clase social que, según los comentaristas clásicos, incluso azotaban en público al Emperador. En su «Historia Romana», libro LXXX, Dion Casio lo narra así:

«Dado que deseaba [Heliogábalo] tener una reputación de adúltera, en este aspecto también imitaba a la mayoría de las mujeres impúdicas, y a menudo se permitía ser pillado in fraganti, a consecuencia de lo cual acostumbraba a ser violentamente reprendida por su marido [Hierocles] y golpeada hasta ponerle los ojos morados. Su afecto por este esposo no era una inclinación suave sino una pasión ardiente y firmemente asentada, más aún cuando después de este severo trato vejatorio, lo amaba aún más y deseaba coronarlo César en ese mismo instante»

Una campaña de desprestigio y desinformación

También eran frecuentes sus visitas a los prostíbulos, donde contrataba los servicios de las prostitutas y otras veces, directamente, se vestía como ellas para dar servicio a los clientes. Al menos en una ocasión, reunió a las meretrices y las habló «como si se tratara de una arenga militar, llamándolas ‘compañeras de armas’ y discutió con ellas sobre las distintas clases de posturas y placeres». Esta tendencia por aparentar ser una mujer llegó hasta tal punto que, según afirma Dión Casio, consultó con algunos de los médicos del periodo la posibilidad de someterse a algún tipo de intervención para «introducir en su cuerpo una vagina por medio de una incisión».

No obstante, lo disparatado de algunas de las perversiones de este Emperador adolescente hacen necesario que sean tomadas con precaución, entre otras cosas porque todo lo procedente del mundo oriental era visto por los griegos y los romanos como un constante foco de decadencia y «afeminamiento». A Julio César le recordaron una y mil veces que, supuestamente, había ejercido de amante servicial y pasivo con Nicomedes, un príncipe oriental aliado con Roma. Puede ser así que el primer y principal escándalo de Heliogábalo no fuera su homosexualidad, sus excesos sexuales o sus amantes, sino su condición de ciudadano romano de una provincia oriental y el hecho de que quisiera imponer costumbres y deidades foráneas en Roma.

Busto de Heliogábalo,
Busto de Heliogábalo,

Viendo el creciente descontento de las élites senatoriales, Julio Mesa hizo su siguiente movimiento a espaldas del Emperador. En el año 221, la matriarca de la familia convenció a Heliogábalo de que nombrara su heredero a su primo, Alejandro Severo, un joven aparentemente convencional y discreto. Heliogábalo comprendió tarde la amenaza que aquel nombramiento suponía para su posición, de modo que a principios del siguiente año acudió al campamento de la guardia pretoriana para ordenarles que ejecutaran a su heredero.

Sobornados probablemente por Mesa, la guardia se negó a ejecutar la orden y, en cambio, ahogaron en unas letrinas al Emperador y mataron a su madre, tras lo cual arrojaron sus cadáveres al río Tíber. El Senado confirmó la decisión de los militares y echó varias llaves sobre el culto al dios extranjero. Alejandro Severo fue proclamado nuevo Emperador y devolvió la normalidad religiosa y política a la ciudad.

Inmediatamente después de la muerte de Heliogábalo comenzó una campaña de desprestigio contra él, atribuida tradicionalmente a su tía, la misma que le había colocado en el poder, para presentarle como un déspota oriental, esto es, la victoria de la barbarie de Oriente frente a las virtudes tradicionales romanas.

A esta difamación contribuyeron de forma decisiva los textos de Dión Casio. Por ser contemporáneo de Heliogábalo, el relato de Dión Casio sobre el reinado se considera fiable y de primera mano, pero lo cierto es que este político romano pasó la mayor parte de este período fuera de la ciudad y empleó para su crónica relatos de segunda mano. Aparte de que era buen amigo del Emperador Alejandro Severo, quien renovó en esos años su cargo de cónsul y le regó con nuevas prebendas.