Retrato de Enrique VIII, por Hans Holbein el Joven
Retrato de Enrique VIII, por Hans Holbein el Joven

Desmontando a Enrique VIII: un rey «vulnerable, inseguro y radical»

Un nuevo libro, que saldrá a la venta el 1 de noviembre en Reino Unido, muestra una cara mucho más amable de este gobernante, conocido por su ruptura con la Iglesia católica y sus seis matrimonios

La «yegua de Flandes» y las esposas olvidadas que también pisoteó el caprichoso Enrique VIII

MadridActualizado:

Cuando piensa en la larga lista reyes que han ocupado el trono inglés, es (muy) probable que entre los primeros nombres que le vengan a la cabeza se encuentre el de Enrique VIII (1491-1547). También es bastante probable que conozca a este monarca por su histórica ruptura con la Iglesia católica y su larga lista de esposas, no en balde, a lo largo de su vida contrajo matrimonio con hasta seis mujeres, dos de las cuales fueron enviadas al cadalso. Pues bien, un nuevo libro, que será publicado en Gran Bretaña el 1 de noviembre, llama la atención sobre ciertas características del gobernante que, al menos hasta el momento, no se encontraban entre las más destacadas por los historiadores. Y es que su autora, Tracy Borman, dibuja al Tudor entre sus páginas como un hombre «vulnerable, inseguro y leal».

«Tratamos de realizar un estudio de Enrique VIII a través de los ojos de los hombres en lugar de hacerlo desde la perspectiva de sus esposas, algo que no se había hecho nunca antes y ofrece una perspectiva genuinamente nueva», explicó Borman, en declaraciones al medio «The Observer». La historiadora, que ha dedicado buena parte de su trabajo al estudio de este gobernante y de la familia Tudor, se muestra sorprendida por el resultado de trabajo. A la hora de realizar la investigación, optó por consultar documentos relativos a personajes de la corte que se habían relacionado con el monarca y a cuyos testimonios no se había prestado demasiada atención, como es el caso de sus barberos, médicos y bufones. Entre sus testimonios descubrió la inseguridad del inglés, que, según la autora, podría dar respuesta a algunas de sus acciones más cuestionables. Por otra parte, señala que el rey fue descrito por un cortesano de su confianza «como el hombre más tímido que podrías conocer».

A pesar de que, en opinión de Borman, la obra de este monarca «no merece la caricatura que se ha llegado a conocer y despreciar», tampoco sería correcto elevarla a los altares. No en balde, la enfermiza búsqueda de un sucesor varón llevó a Enrique VIII a tomar decisiones drásticas que resultaron determinantes para la historia de las islas británicas. La más importante, sin lugar a dudas, fue la modificación de una serie de medidas que le fueron separando de la Iglesia. Entre estas se encontraba la prohibición de ciertas rentas eclesiásticas, llamadas «annates», la adjudicación al monarca de turno del derecho a investir a los obispos británicos y la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón, todo con vistas a casarse con la que sería su segunda esposa: Ana Bolena.

Retrato de Ana Bolena
Retrato de Ana Bolena

Precisamente, este matrimonio fue la principal motivación de las cuitas entre el monarca y Roma. Gran parte de la culpa la tuvo Carlos V. El Emperador, que era sobrino de Catalina, aconsejó al Papa Clemente VII que no diese su brazo a torcer ante las demandas de Enrique VIII. El Tudor, que esperaba que el Santo Padre le concediese la anulación de su matrimonio con Catalina, no se tomó demasiado bien la negativa, lo que le llevó en última instancia a desarrollar estas medidas. Lo cierto es que la respuesta de Roma ante las mismas no se hizo esperar demasiado.

Una vez consumado el divorciado con Catalina, de lo que se encargó Thomas Cranmer, nuevo arzobispo de Canterbury, Enrique VIII contrajo nupcias con Bolena. El Papa, por su parte, condenó el divorcio real y excomulgó al monarca el 11 de julio de 1533. Se consumaba de este modo la ruptura definitiva con la Iglesia, la cual se produjo de forma oficial en 1534 con la publicación del «Acta de supremacia», gracias a la que Enrique VIII se convirtió de facto en la cabeza visible de la iglesia anglicana. Lo que no mucha gente sabe es que antes de que se produjese este enfrentamiento entre el gobernante y el Vaticano, este había sido reconocido por León X con el título de «Salvador de la fe» gracias a la crítica que realizó de la reforma luterana en un texto llamado «La defensa de los siete sacramentos».

Amor y odio

Borman ha querido mostrar en la obra la cara más humana y sorprendente del monarca. Durante la investigación, la historiadora se consultó, entre otros documentos, la correspondencia de algunos de los miembros de su corte, la cual encontró entre los fondos de los Archivos Nacionales y la Biblioteca Británica, así como de varias colecciones privadas. Entre estos encontró testimonios como el del bufón William Somer, quien tenía una buenísima opinión del gobernante. «Como la mayoría de bufones de la corte del periodo Tudor, Somer era con seguridad alguien con dificultades de aprendizaje. Enrique le prodigó un gran cuidado y atención durante su vida», afirma la autora.

Borman también ha descubierto durante su investigación que Enrique tuvo una relación estrecha con su médico, William Butts, algo que no era muy bien visto por parte de la corte: «Le decía a Enrique exactamente lo que pensaba, no solo sobre su salud. Era un hombre muy radical en lo que a religión se refiere. Probablemente influyó a Enrique hacia la Reforma. Hay cartas de cortesanos con inclinaciones católicas en las que se quejan de que el rey pase tanto tiempo con un radical religioso».

A pesar de que la documentación hallada por Borman durante su investigación ayuda a redefinir la figura de Enrique VIII, no es menos cierto que durante su vida este se granjeó una gran cantidad de enemigos que tuvieron una opinión bien distinta sobre el monarca que la de los anteriores. Ese fue el caso, por ejemplo, del sacerdote católico Thomas Hale, quien afirmó que Inglaterra no había estado tan repleta de ladrones como desde la llegada de este rey al trono. También el del Papa Pablo III, para quien Enrique VIII era «un tirano cruel y abominable». Por su parte, el embajador francés entre 1538 y 1543, Charles de Marillac, lo describió como «un codicioso al que todas la riquezas del mundo no le satisfacen».