Retrato de Giuseppe Arcimboldo sobre Rodolfo II, el extravagante Rey que dio lugar a un hijo más violento que raro

Las crueldades de Julio César: el crimen más violento del tataranieto de Juana «La Loca»

El hijo ilegítimo de Rodolfo II, Emperador del Sacro Imperio Germánico, protagonizó uno de los episodios más oscuros de la dinastía de los Austrias

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El Emperador del Sacro Imperio Germánico Rodolfo II fue un personaje asombroso para lo bueno y para lo malo. Un Monarca extravagante, un mecenas avanzado a su tiempo, amante del arte, las matemáticas y las rarezas varias... El sobrino de Felipe II de España se propuso emular así en Viena y Praga la grandeza de su tío, al que conoció durante su educación madrileña, pero la imitación le salió rana. Si el Rey de España coleccionaba reliquias y obras de arte; el Emperador hacía acopio de libros raros y de una guardia de enanos… Si el español se interesó ligeramente por la alquimia, el austriaco convocó a Praga a los mayores y más raros expertos de aquella pseudociencia.

Y en cuanto a hijos problemáticos: si el primer vástago de Felipe II, el Príncipe Carlos, resultó un adolescente agresivo y con problemas mentales; el favorito de Rodolfo II se reveló un psicópata capaz de los crímenes más atroces.

Retrato, por Joseph Heintz el Viejo (1594)
Retrato, por Joseph Heintz el Viejo (1594)

A pesar de que se ha especulado mucho sobre su homosexualidad, consta que Rodolfo II mantuvo relaciones con varias mujeres y, aunque nunca quiso casarse, formó una familia «bastarda» con una amante llamada Catarina Strada, nieta del anticuario italiano Jacopo Strada. Durante diecisiete años, ambos vivieron una suerte de matrimonio en la sobra y concibieron a Matías, que murió joven; a Carlos, que luchó contra los turcos; a Catarina, que llegó a condesa tras casarse bien; y Dorothea y Alzbeta, que acabaron de monjas.

Caso aparte fue el de bastardo favorito, al que llamó Julio César de Austria y le otorgó un feudo en Bohemia. El joven mostró pronto un carácter perturbado con tendencias sádicas, al estilo del hijo maldito de Felipe II. No sin olvidar que era tataranieto de Juana «La Loca», las grandes Cortes europeas comprendieron que algo marchaba mal en el seso del hijo favorito de Rodolfo.

El episodio más oscuro de los Austrias

En una de sus frecuentes salidas nocturnas, Julio César dio muestras de su brutalidad asesinando a golpes a uno de sus sirvientes. A raíz de aquello, Rodolfo II internó a su hijo en el monasterio cartujano de Gaming, en Austria. El joven debía mantener allí una dieta sobria, le debían ser negadas las armas, limitados los recursos financieros y prohibido el contacto con el mundo exterior. Pero aquel no iba a ser su destino. Julio César se marchó del monasterio en cuanto quiso, empezando a acosar a la bellísima hija de un barbero, Marketa Pichlerová.

El bastardo real, cada vez más desquiciado y alcoholizado, comenzó a maltratar a Marketa y, una noche de 1607, le dio muerte a cuchilladas. Al intuirla muerta, Julio César la defenestró siguiendo la moda política de la época, esto es: arrojó su cuerpo inconsciente por la ventana. La sádica escena forma parte de los episodios más negros de la familia de los Austrias. Así lo narra el cronista palatino Václav Březan:

«Estaba tan terriblemente dañada que su cuerpo ya no era una sola pieza, y fue en estas condiciones que él la tiró sobre unas piedras. Pero aquella no estaba llamada a ser su última hora, puesto que cayó en una pila de basura que le salvó la vida. Una vez se hubo recuperado, quiso esconderse de él, pero entonces él comenzó a ordenarle a su madre que volviera a su lado de nuevo».

Grabado de la muerte de Marketa Pichlerová
Grabado de la muerte de Marketa Pichlerová

La familia de la joven se negó a entregar su hija a aquella bestia. Corrían ya los últimos días de 1607 cuando Lucie Pichlerová, la madre de Marketa, fue arrestada por el real bastardo y encerrada, vestida tan solo con un par de andrajos, en una de las celdas del palacio. La mujer del barbero aún aguantó cinco semanas antes de que las continuas torturas y la ausencia de comida y agua quebrasen su voluntad. El 17 de febrero de 1608, con el beneplácito de la madre sacado a latigazos, Marketa volvió al castillo de los Rosenberg. Menos de 24 horas después, y con el mismo cuchillo con el que meses atrás mutilara a la joven, Julio César de Austria comenzó a descuartizar a su amante en vida.

«Aquel horrible tirano y demonio, bastardo del Emperador», le cortó la cabeza y las orejas, le hizo saltar los dientes «y le fraccionó el cráneo hasta que el cerebro se derramara sobre el lecho», hasta el punto de que «hubo de enterrarse ésta hecha pedazos dentro del ataúd». Durante tres horas el asesino desfiguró el cuerpo de su víctima.

Un joven esquizofrénico

La salud mental de Rodolfo, cuyas extravagancias de juventud derivaron en algo más profundo, ya estaba declinante por esas fechas. Pero incluso así distinguió la gravedad de los crímenes de su hijo. El Emperador recluyó a Julio César en una habitación con un simple lavabo y rejas en la ventana. Su locura fue en aumento. No se lavaba, destruía el mobiliario de las habitaciones, rompía la vajilla, tiraba los platos por la ventana, dormía en un colchón sucio y manchado de excrementos...

El joven, del que se ha barajado que sufriera esquizofrenia, falleció el 25 de junio de 1609, a los 24 años, a consecuencia de una úlcera gástrica, aunque nunca han faltado las teorías sobre un posible envenenamiento por orden de su padre. Desde luego si no lo ordenó fue porque nunca se mostró un hombre cruel y porque Rodolfo tenía otras cosas en mente a esas alturas de su reinado.

La tolerancia del Monarca hacia personajes que rozaban la herejía, unido a las concesiones hacia los protestantes, motivaron que el Papa y el Rey Felipe III de España le dieran la espalda

A partir de 1608, Rodolfo se vio presionado para ceder el control de Hungría, Austria y Moravia a su hermano Matías de Austria. Valiéndose de su popularidad en Hungría, Matías fue cercando el poder su hermano mayor hasta forzar su caída. La tolerancia del Monarca hacia personajes que rozaban la herejía, unido a las concesiones hacia los protestantes, motivaron que el Papa y el Rey Felipe III de España le dieran la espalda.

A la vista de su estado mental, un consejo de familia confió el gobierno de todos sus Estados a su hermano Matías, obligándole a abdicar en 1611. Si bien mantuvo de forma nominal el título de Emperador y Rey de Hungría hasta su muerte meses después.