Retratos de la reina Petronila de Aragón y el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona, óleo de 1634 , copia de un original de Filippo Ariosto de 1586 - Vídeo: Errores y falacias del independentismo

El controvertido origen de la bandera catalana que los nacionalistas prefieren ocultar

El debate regional tiene escaso sentido al tratarse de un emblema familiar o dinástico, no territorial. No era la bandera de los catalanes o de los aragoneses de su tiempo, sino el símbolo de una familia aristocrática que igualmente reinaba allí como en territorios italianos e incluso griegos.

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Lo histórico y lo legendario se unen al hablar de los orígenes de la señera, la bandera que usan hoy de manera oficial varios territorios perteneciente a lo que fue la Corona de Aragón. Está en las banderas de Aragón, de Cataluña, de Valencia, de Baleares e incluso en las enseñas de regiones extranjeras, como en la de Ariège o Nápoles. Según la leyenda más conocida y promovida desde el nacionalismo catalán, un rey franco, Carlos El Calvo o Luis El Piadoso, uno u otro según qué versión se consulte, otorgó en el siglo IX el escudo con cuatro barras rojas al mítico Conde Wifredo El Velloso por su ayuda en una batalla contra los normandos. Así lo narraba el valenciano Pedro Antón Beuter, sacerdote del siglo XVI, en la segunda parte de la «Crónica general de España, y especialmente de Aragón, Cataluña y Valencia»:

«En esta batalla dicen que pidió el Conde Iofre Velloso al Emperador Lois que le diese armas que pudiese traer en el escudo, que llevaba dorado sin alguna, y el Emperador viendo que había sido en aquella batalla tan valeroso que con muchas llagas que recibiera, hiciera maravillas en armas, llegose a él, y mojose la mano derecha de la sangre que le salía al conde, y pasó los cuatro dedos así ensangrentados encima del escudo dorado de alto abaxo, haciendo cuatro rayas de sangre, y dicho, estas serán vuestras armas conde. Y de allí tomó las cuatro rayas, o bandas de sangre en campo dorado, que son las armas de Cataluña, que ahora decimos de Aragón»

Pedro Antón Beuter dijo haber hallado tan hermosa historia escrita en «unos cuadernos de mano», un recurso clásico en la literatura para esconder que la fuente del relato era, probablemente, la imaginación de este sacerdote. No se conoce ninguna referencia anterior a esta leyenda, y de hecho, dos cuestiones históricas hacen inverosímil que la señera naciera así. Por un lado, como recuerda el historiador Jordi Canal en «Con permiso de Kafka: el proceso independentista en Cataluña», no consta la existencia de una guerra contra los normandos en esas fechas con participación de hombres de Barcelona. A esto se suma que los emblemas heráldicos sobre escudo datan en Europa de la primera mitad del siglo XII, como recuerda Martí de Riquer en «Llegendes históriques catalanes» (2000). Wifredo el Velloso estuvo al frente de los condados de Barcelona y Gerona entre 878 y 897.

El sacerdote valenciano se pudo inspirar en cuanto al uso de sangre para diseñar símbolos en las aventuras del ficticio caballero del Rey Arturo Galahad o, más cerca, en un libro escrito por Hernán Mexía, «Nobiliario vero» (1492), que narra el origen del linaje castellano de los Córdova, con un escudo de oro de tres fajas de gules. La leyenda escrita por Mexía es prácticamente calcada a la posterior de Beuter, e incluso emplea las mismas expresiones. Narra que el Rey castellano Fernando III El Santo pasó por un escudo de oro tres de sus dedos mojados en la sangre de un caballero herido.

Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge
Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge

La versión de Pedro Antón Beuter incluso contradecía a otros autores del periodo, que sostenían un origen del escudo aún más antiguo, hasta del siglo VIII, y no siempre vinculado a los Condes de Barcelona. No obstante, su potencia literaria extendió el invento de Beuter a los textos de otros autores posteriores, sin que nadie cuestionara su veracidad, tal vez a excepción del prestigioso Jerónimo Zurita, que lo tenía, si se hace caso a un cronista amigo, por «cosa fabulosa».

A mediados del siglo XIX, en plena Renaixença, se multiplicaron las referencias al mito de Wilfredo a través de pinturas, poesías y más homenajes. Todo ello a pesar de que autores serios como Piferrer o Próspero de Bofarull denunciaron que se trataba de una leyenda sin base histórica. Esta desmedida pasión por un pasado legendario se materializó, a partir de la década de 1880, en una reivindicación nacionalista. La señera se convirtió en un símbolo político para los catalanistas, quienes descarcartaron por el camino otros igual de tradicionales de Cataluña para dar preeminencia a este. Del mismo modo que el Asedio de Barcelona de 1714 se impuso como mito fundacional a otros episodios históricos, como la Guerra de los Segadores de 1640 o la unificación de los condados catalanes; la señera desplazó en el imaginario nacionalista a la bandera de Santa Eulalia o a la de San Jorge, igual de representativas del pasado catalán.

Esa pasión por un pasado legendario se materializó, a partir de la década de 1880, en una reivindicación nacionalista

En el siglo XX, la insignia de las cuatro barras se convirtió en la bandera más popular de Cataluña, a pesar de que el Estatuto de autonomía catalán de 1932 no hace referencia a la oficialidad de la enseña. No fue hasta el Estatuto de 1979 que se plasmó de manera oficial esta reivindicación política en su artículo cuarto: la bandera de Cataluña es «la tradicional de cuatro barras rojas en fondo amarillo». En el Estatuto reformado de 2006, se repitió el mismo texto, pero se añadió en el artículo 8.2: «La bandera de Cataluña es la tradicional de cuatro barras rojas en fondo amarillo y debe estar presente en los edificios públicos y en los actos oficiales que tengan lugar en Cataluña».

El verdadero origen de la señera

La primera evidencia documentada de la existencia de la señera, obviamente no llamada así entonces, está fechada en 1150, poco después de la unión de los condados catalanes con Aragón para formar la que posteriormente se llamaría como Corona de Aragón. En estos sellos de escasa nitidez, Ramón Berenguer IV aparece montado a caballo con un escudo en la mano izquierda con varias rayas heráldicas (hasta el reinado de Pedro IV El Ceremonioso, ya en el siglo XIV, no se determinó que su número fuera cuatro).

Otras pruebas de una existencia anterior, como la presencia de nueve barras rojas sobre fondo áurico en una tumba románica del siglo XI, resultan más controvertidas y dividen a los expertos en heráldica medieval. Según Faustino Menéndez-Pidal, se trataría de una decoración colocada posteriormente con motivo del traslado de la tumba, en 1385, al interior de la Catedral de Gerona por iniciativa de Pedro IV.

Cenotafio de Ramón Berenguer IV, colocado en el año 1893.
Cenotafio de Ramón Berenguer IV, colocado en el año 1893.

Tampoco hay unanimidad al concretar si el emblema procedía de Cataluña o de Aragón. Para algunos investigadores, las barras de gules en campo de oro tendría su origen en la temprana vinculación del Reino de Aragón con la Santa Sede (el Rojo y el Amarillo eran los colores pontificios en la Edad Media). Asimismo, hay que tener en cuenta que en el matrimonio entre Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón, que dio forma a la unión entre catalanes y aragoneses, el marido no pudo titularse rey sino príncipe, puesto que esta dignidad quedaba reservada a su suegro, que habría de morir sin descendientes varones. El hijo del matrimonio, Alfonso II, sí se tituló Rey y heredó la dignidad familiar del Reino de Aragón, y con ella sus símbolos, lo cual supondría en principio que el escudo de las cuatro barras procedía de la vía materna, la aragonesa.

Con todo, resulta imposible alcanzar un punto de consenso en cuestiones que trascienden la historia y están más relacionadas con la política. El debate regional tiene escaso sentido al tratarse de un emblema familiar o dinástico, no territorial. No era la bandera de los catalanes o de los aragoneses de su tiempo, sino el símbolo de una familia aristocrática que igualmente reinaba allí como lo hacía en territorios italianos e incluso griegos.