«Barque» por Thomas Somerscales, 1910
«Barque» por Thomas Somerscales, 1910

Contra la leyenda negra de la Costa de la Muerte: cuando solo cabía culpar a los elementos

Santiago Llovo Taboada presenta «Contra el mar y el viento» (Andavira Editora), un libro que recopila pequeñas historias de incidentes de navegación a través de un documento notarial, «auténticas capsulas del tiempo», que da voz a los protagonistas de hace un siglo

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Se denominaba en el siglo XVIII como «protesta de mar» al documento público que los capitanes presentaban para justificar un incidente tras una travesía. Si no había a quien culpar, cabía hacerlo incluso contra los elementos: «...Protesto una, dos, tres y las más veces necesarias contra el mar y el viento, para que no le sean pedidos jamás los perjuicios que puedan seguirse por causa ajena a su voluntad y antes por el contrario, se entiendan contra quien haya lugar». Frase que da lugar al título de «Contra el mar y el viento», un libro escrito por Santiago Llovo Taboada y editado por Andavira Editora, que se adentra en las pequeñas grandes historias que esconde este tipo de documentos.

Santiago Llovo Taboada, licenciado en Derecho y escritor, ha dedicado horas y horas del tiempo que no le sobra (si me pongo a enumerar sus múltiples facetas y su larga obra escrita acaba uno preguntándose en qué malgastamos el aliento los demás) a desentrañar los archivos de las protestas de mar que tuvieron lugar entre 1748 y 1872 (año en el que fueron suprimidos los juzgados de Marina). 980 protestas sacadas tras peinar 4.800 protocolos notariales en un trabajo de minuciosidad en los archivos y, sobre todo, en un esfuerzo por dotar a la obra de sentido narrativo. Su objetivo, el tesoro en el mapa, fue hallar y recopilar en este libro tragedias, anécdotas y curiosidades a través de estas «auténticas cápsulas de tiempo» en el entorno del Finisterre gallego.

«Cuando hace seis años empecé mi carrera como investigador encontré este documento público, que me cautivó. Son de una redacción muy adornada sobre las vicisitudes de la navegación de cabotaje, en un tiempo en el que no existían ayudas a la navegación. No me cabe duda de que algunos relatos podrían hinchar la imaginación de un guionistas cinematográfico», asegura Llovo Taboada, que presentó el libro el pasado 13 de febreri en la Casa de Galicia en Madrid. Los capitanes tenían 24 horas para declarar los percances de sus travesías, de cara a eludir responsabilidades ante el armador o al fletador. Cada capítulo está dedicado a un posible tipo de incidente, desde ataques, arribadas, naufragios, hasta problemas administrativos.

La picaresca de quien quería librarse del castigo, la tristeza de quien perdió a amigos y familiares en la mar o la resignación de quien no pudo actuar de otra manera se reunen en las páginas de este libro repleto de historias apasionantes. Barcos que tardaron un mes en recorrer menos de cinco millas, que acabaron en un puerto que no les correspondía o que nunca llegaron a su destino... «Había algo de picaresca a la hora de explicar por qué se producían los incidentes, pero no en el naufragio en sí, que era un asunto demasiado serio. Si hubo impericia del capitán nunca lo iba a reconocer, entonces alegaba que la culpa era del mar y el viento», apunta el autor de «Contra el mar y el viento», con prólogo del pintor Augusto Ferrer-Dalmau.

Las cicatrices de una costa

El libro cuenta con una edición muy cuidada e ilustraciones (incluida una de Augusto Ferrer-Dalmau) para acompañar los textos de la mano de Andavira Editora, una pequeña editorial con sede en Santiago de Compostela. Lucila Ventoso, representante de la editorial, destaca de la obra de Llovo Taboada que «trasciende el ámbito local, como el propio mar, y cuenta verdades». Como prueba de ello, el día de la presentación del libro en Santiago hubo de ausentarse la Consejera del Mar, Rosa Quintana, a pesar de haber confirmado su presencia debido a un naufragio mortal ese mismo día en la costa gallega. «Lo que cuenta este libro sigue pasando, es una realidad», lamenta Ventoso.

Cuadro de Ferrer-Dalmau llamado Caza al amanecer
Cuadro de Ferrer-Dalmau llamado Caza al amanecer

En este sentido, Llovo Taboada recuerda que por algo se llama así a la Costa de la Muerte, donde se desarrollan muchos de estos incidentes. «Todos los barcos que iban a América tenían que pasar por allí sí o sí, incluidos los procedentes de la Bretaña francesa o de Inglaterra. Todos tenían que virar desde allí hacia el sur, para coger los alisios en Canarias. Un error de navegación en esta costa costaba muy caro», comenta el investigador compostelano, que atribuye a la dificultad de esta zona lo que en Galicia se llama «borraxeira» (término para determinar cuándo la costa se cierra de niebla): «Con esa niebla no ves ni a cinco metros. No puedes tomar de referencia el sol o las estrellas para saber dónde estás. Y, aunque conozcas la costa y las corrientes, te pierdes igual».

Cuestión aparte era la multitudinaria presencia de corsario, sobre todo de las repúblicas americanas emergentes, en lo que era un «asedio» sin cuartel a Galicia en esos años.

«Lo que cuenta este libro sigue pasando, es una realidad»

Este licenciado en Derecho se vale, no obstante, de datos para desmontar algunas de las creencias extendidas sobre la «leyenda negra» de esta región de la costa. Tras su investigación, el gallego delimita la mayoría de naufragios más bien entre Arosa y Corrubedo, debido a los peligros de las corrientes traicioneras. «Algunas corrientes son una ratonera. Lejos de lo que la gente cree, la mayoría de los naufragios ocurrían en días tranquilos, no durante las tormentas». Sobre la leyenda de que eran los ribereños de esta costa quienes acercaban a los barcos al desastre, lo considera una «milonga» instigada por la literatura. «No he hallado ni una sola protesta que le eche la culpa a la gente, al contrario. Los capitanes no dejan de agradecer la ayuda y la generosidad a la gente».

Faro de cabo Vilán, Camariñas, Galicia
Faro de cabo Vilán, Camariñas, Galicia

Otro de los mitos que Llovo Taboada intenta combatir con su libro es el de los torpes marinos españoles, «bajitos y con bigote», siempre a la zaga del poder inglés: «Nos hemos tragado generación tras generación las batallitas de los ingleses. Nuestros antepasados eran de una pericia impresionante. Nada que envidiar».

Lejos de dirigirse a un público técnico, el libro se destina a todo tipo de lectores a los que les guste «las aventuras de la navegación. No para leer de corrido, si no historia a historia, junto a una chimenea o cerca del mar. En pequeñas dosis», advierte su autor. Para salvar los obstáculos a los menos duchos en cuestiones navales, el libro incluye un diccionario de términos manejados, si bien a veces lo divertido está en leer cómo los notarios, que dejaban constancia de las protestas de los capitanes, trataban de trasladar al papel hasta el detalle más profano con un lenguaje metálico. Sin ir más lejos, define uno de estos notarios que a un marino se lo tragó el mar cuando estaba ocupado en una «diligencia natural y urgente», que no era sino la extrema necesidad de ir al baño.

Una vez caían al agua, los hombres de mar sabían que había poco que hacer. «La mayorías de los marinos mercantes no sabían nadar, pues en verdad servía de poco. A tal velocidad, a merced del viento, resultaba imposible regresar a por ellos», sostiene el investigador. Para estos conocedores del mar, era mejor morir en dos minutos que tras horas de agonía nadando contra los elementos.