Detalle del Retrato de Carlos V sentado, por Tiziano
Detalle del Retrato de Carlos V sentado, por Tiziano

Los cambios «religiosos» en la Mezquita-Catedral de Córdoba que horrorizaron al Emperador Carlos V

Según la tradición popular, la reacción del Monarca ante la instalación de un coro cristiano dejó sin palabras al obispo que le acompañaba en la visita: «Habéis construido aquí lo que vosotros o cualesquiera otros, podrían haber construido en cualquier parte: con ello habéis destruido algo que era único en el mundo»

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Frente a la controversia sobre la titularidad de la Mezquita-Catedral de Córdoba, hay quienes reivindican estos días, como el arquitecto Rafael Moneo, la gran labor que ha realizado la Iglesia católica a lo largo de los siglos para que el monumento haya llegado en perfecto estado a la actualidad. Desde la reconquista cristiana de la ciudad en el siglo XIII, la Iglesia y las distintas autoridades han velado por el bienestar de la Mezquita y, dada su extraordinaria belleza, Fernando III ordenó conservarle al precio de convertirla en catedral. Una transformación y una mezcla de estilos que no estuvieron exentos de críticas, incluso procedentes de la cabeza política de la Cristiandad.

La gran Mezquita de Córdoba, construida en varias etapas sobre una antigua iglesia cristiana entre finales del siglo VIII y finales del X, se convirtió en catedral hacia 1236. No obstante, los distintos Reyes castellanos, así como los representantes del cabildo y concejo de Córdoba, mostraron durante siglos una asombrosa sensibilidad (inesperada, cuando se piensa en la mentalidad del periodo) por conservar la mezquita en su integridad, e incluso se sucedieron varios choques entre los canónigos del cabildo catedralicio y los obispos, al querer los primeros preservar el edificio islámico frente a los proyectos constructivos de los segundos.

La construcción de un coro

Uno de aquellos desencuentros ocurrió a principios del siglo XVI, cuando el obispo y el cabildo concibieron la construcción de un aparatoso coro al estilo de la época, esto es, un recinto cerrado de piedra incrustado en el interior del templo. Un proyecto que provocó las protestas de los ediles, quienes escribieron al Emperador Carlos V molestos por aquella agresión arquitectónica. Cabe recordar que, además de Rey de Castilla y Aragón, el joven Carlos era, desde 1519, Emperador del Sacro Imperio Germánico, lo que le convertía en lo más parecido a la cabeza política de la Cristiandad, una voz dos veces válidas para una decisión de esta índole. No en vano, el Monarca recibió las protestas de los ediles cuando llevaba pocos años en España y ni siquiera conocía Córdoba, lo que le llevó a desechar sin más la cuestión municipal.

Coro de la Mezquita de Córdoba
Coro de la Mezquita de Córdoba

Para cuando Carlos V visitó la ciudad, en 1525, las autoridades eclesiásticas habían sacado adelante las obras y presumieron ante el Monarca del resultado del espacio reservado al coro. Según la tradición popular, la reacción de Carlos dejó sin palabras al obispo que le acompañaba en la visita: «Habéis construido aquí lo que vosotros o cualesquiera otros, podrían haber construido en cualquier parte: con ello habéis destruido algo que era único en el mundo».

Para proteger al monumento de Córdoba de nuevos añadidos, el concejo de Córdoba estableció:

«Que se pregone públicamente que ningún albañil y cantero, ni carpintero, ni peón, ni otra persona alguna no sean osados de tocar en la dicha obra, ni deshazer, ni labrar cosa alguna della fasta tanto que por Su Majestad sea mandado lo que más sea su servicio so pena de muerte e de perdimiento de todos sus bienes... Esto porque la obra que se desfaze es de calidad que no se podrá volver a fazer en la bondad e perfiçión questa fecha».

Paradojas de la historia, el mismo Monarca que se horrorizó en Córdoba por la intromisión de un coro ordenó poco después a Pedro Machuca, un alumno toledano de Miguel Ángel, que construyera un palacio de estilo italiano para insertarlo en el complejo de palacios árabes de la Alhambra de Granada. Solo la belleza de la construcción salvó en este caso lo idóneo del palacio, que por su estilo encaja con dificultad en el entramado árabe.