Isabel Fiódorovna, en 1894
Isabel Fiódorovna, en 1894 - ABC

Los brutales atentados socialistas que convirtieron a Isabel Fiódorovna en santa de la iglesia ortodoxa

Tras el asesinato de su marido en la revolución rusa de 1905, la princesa de Hesse abandonó todo una vida de lujo y dedicó toda su fortuna a ayudar a los más desfavorecidos

MadridActualizado:

El infierno de Isabel Fiódorovna comenzó con la Revolución de 1905 y acabó con la Revolución bolchevique de 1917. Dos períodos convulsos de la historia de Rusia —con múltiples atentados terroristas, huelgas de trabajadores, disturbios campesinos y motines militares contra el régimen del zar Nicolás II— entre los cuales nuestra protagonista se dedicó en cuerpo y alma a ayudar a los más desfavorecidos, gastando hasta el último rublo de su fortuna para proporcionarles asistencia médica, alimentos y educación. La única recompensa que encontró fue la muerte.

Hasta 1905, la hija de Luis IV de Hesse y de la princesa Alicia de Gran Bretaña vivía rodeada del lujo propio de las familias reales europeas. Cuando llegó a Rusia para contraer matrimonio con el gran duque Sergio Alexandrovich Romanov, tío del zar Nicolás II, empezó a ser conocida como la princesa más hermosa de Europa. Un papel que le venía como anillo al dedo y del que disfrutó hasta que, el 4 de febrero de aquel fatídico año, su marido fue víctima de un atentado a la salida del Kremlin. Su autor: el poeta Ivan Kalyayev, miembro del Partido Social-Revolucionario. «Tres hombres con la cabeza descubierta se adelantaron como para saludarle. Uno de ellos arrojó una bomba debajo del carruaje. La explosión fue espantosa. El coche quedó convertido en astillas. La muerte del gran duque fue instantánea, al igual que la diseminación de su cuerpo, que voló por los aires destrozado en fragmentos», contaba en España el diario « El Siglo Futuro».

Durante su infancia, Fiódorovna había sido una niña muy religiosa que participaba en numerosas acciones solidarias junto a su madre. De hecho, en el mismo artículo del periódico español se la describía como una mujer «amada por el pueblo por sus rasgos de caridad». Pero con aquella tragedia fue cuando su vida cambió de verdad. «Al llegar al Kremlin tras el atentado —añadía la noticia—, la gran duquesa aún ignoraba lo acaecido. Al saberlo, cayó presa de un síncope. Se sabe que anteriormente había recibido anónimos en los que se le indicaba que su esposo estaba condenado a muerte y que no le acompañase nunca en carruaje por Moscú o por San petersburgo».

El refugio de Dios

La princesa de Hesse pasó en poco tiempo de vivir en su burbuja de oro, rodeada de los mayores lujos, a dormir en tablones de madera y sin colchón, ayunar y llevar cadenas por voluntad propia. La profunda tristeza en la que se sumió le llevó a buscar refugio en Dios. Y lo encontró de tal manera que decidió ponerse el hábito y recluirse en una abadía ortodoxa. Una salida que no era ni mucho menos fácil, pues aquella creencia había perdido todo su poder dentro del Estado con la revolución de 1905, así como su influencia en las diócesis, en los obreros y en los campesinos. «Le recé todo el tiempo a Dios para que me indicara el camino justo y llegué a la conclusión de que solo en esta religión podría encontrar toda la fe verdadera que debe tener una persona para ser una buena cristiana», le explicó a su padre en una carta.

Isabel Fiódorovna, antes del atentado contra su marido en Moscú
Isabel Fiódorovna, antes del atentado contra su marido en Moscú - ABC

Tras devolver al Estado la parte de sus tesoros que habían pertenecido a la dinastía Romanov, Fiódorovna vendió los restantes objetos de valor para comprar una propiedad en la calle Bolshaya Ordinka de Moscú. En las cuatro casas y el espacioso jardín que había dentro, estableció el Convento de Santa Marta y Santa María (Marfo-Mariinski) en 1909. A partir de ese momento, la princesa viuda comenzó a llevar una vida de lo más asceta, asistiendo en sus instalaciones a los huérfanos abandonados, a los ancianos desvalidos y a los indigentes.

«Dejé el mundo del lujo para ascender junto a vosotras a uno más grande: el mundo de los pobres y el sufrimiento», les dijo a las primeras hermanas que se unieron a su causa e ingresaron en el convento. Con ellas trabajó todavía con más ganas y construyó casas de beneficencia, hospitales, refugios para niños, una biblioteca, varias escuelas para huérfanos y trabajadores donde ofrecía más de 300 comidas diarias y hasta una farmacia en el convento para proporcionar medicamentos gratis a los pobres. Luego se preocupó de que sus compañeras recibieran formación médica para que pudieran visitar y atender también gratis a los enfermos más graves que habían sido rechazados por otros doctores. Ella misma pasaba muchas noches cuidando de estos, vendando sus heridas, para visitar después por el día los distritos más pobres y peligrosos de Moscú, como el Mercado de Jitrov, y recoger allí a los niños más desprotegidos.

La «gran madre»

Por toda aquella labor, que quiso extender por Rusia abriendo centros de asistencia en otras ciudades, fue bautizada como la «gran madre». Pero en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y la actividad del convento se vio gravemente afectada hasta interrumpirse casi por completo. Entonces decidió centrar sus esfuerzos en atender a los heridos en combate, hasta que eso también le trajo problemas, porque sus cuidados también estaban destinados a los soldados enemigos.

Cuando estalló la Revolución de 1917, tanto el último emperador del Imperio alemán, el kaiser Guillermo II, como el gobierno provisional ruso temieron por la vida de Fiódorovna, que por aquel entonces tenía 53 años. Intentaron por todos los medios que abandonara todo aquel empeño de asistir a los más desfavorecidos en nombre de Dios, puesto que los bolcheviques amenazaban con destruir de un plumazo todo lo que tuviera que ver con la religión. A ello se añadía además el peligro de ser familia del zar Nicolás II, por lo que le rogaron que se ocultara en el Kremlin hasta que desapareciera la amenaza comunista.

Como era de esperar, se negó. Prefirió ser fiel a todo lo que había construido desde que su marido fue asesinado por los socialistas 13 años antes y seguir trabajando mientras pudiera. Pero, como era de esperar, en la primavera de 1918 fue arrestada y trasladada desde Moscú al exilio en la ciudad de Perm. Y en mayo, llevada a la prisión de Ekaterimburgo junto a otros miembros de la familia imperial. Durante su cautiverio, Fiódorovna se dedicó a cuidar y alimentar al resto de reclusos, puesto que ninguno de los carceleros se preocupó de ello. Fueron sus últimas acciones solidarias, porque el 17 de julio de 1918 los soldados bolcheviques que custodiaban el centro penitenciario recibieron la orden de ejecutar a todos los internos y hacer desaparecer sus cuerpos.

Precipitarse al vacío

La princesa, su sobrino Vladimir y el resto desdichados fueron conducidos a la ciudad de Alapayevsk, donde se suponía que debían ser eliminados. El método escogido fue realmente retorcido. Se les vendó los ojos y se les obligó a caminar sobre unas tablas de madera que desembocaban en el pozo de una mina profunda. Solo uno de lo cautivos intentó resistirse, pero fue inmediatamente abatido de un tiro en la cabeza. El resto de personas, incluida Fiódorovna, fueron obligadas a continuar andando hasta precipitarse al vacío.

En un primer momento dieron por hecho que habían muerto. Sin embargo, escucharon algunos lamentos desde las profundidades y decidieron zanjar el asunto arrojando grandes troncos de madera para que fueran todos aplastados, pero los gritos siguieron estando presentes. Fue entonces cuando optaron por una solución más eficaz: arrojarles desde arriba un montón de bombas de mano y marcharse de allí cuanto antes para evitar que alguien les descubriera.

Poco tiempo después, un vecino de la localidad que pasaba cerca del pozo oyó una especie de canto religioso procedente de las profundidades de la mina y decidió informar a las autoridades. Cuando un destacamento del ejército leal al Gobierno provisional ruso llegó al lugar para intentar rescatar a los posibles supervivientes, habían pasado once ya semanas desde que Fiódorovna había llegado allí. No hubo nada que hacer. Al descender, todos habían muerto. Se cuenta que una de los cadáveres llevaba un vendaje hecho con el pañuelo de nuestra protagonista. Una prueba de que murieron tras una larga agonía en la que la princesa también cuidó de sus compañeros.

En 1918, sus restos salieron de Rusia y fueron trasladados a China, después a Palestina y, por último, sepultados en la iglesia de Santa María Magdalena en Jerusalén. Allí se conservaron durante décadas. En 1981, la Iglesia ortodoxa rusa canonizó a Isabel Fiódorovna como santa y mártir, pero no fue hasta 2009 cuando una parte de su cuerpo —dos húmeros depositados en una caja de cristal— fueron depositados en el Convento de Marta y María de Moscú, tal y como había sido su deseo un siglo antes.