Vídeo: Ante Pavelic, el sanguinario dictador croata que aterrorizó a Hitler y Mussolini

Ante Pavelic: el carnicero fascista de Croacia que horrorizó (incluso) a Hitler y está enterrado en Madrid

En los cuatro años que estuvo en el poder apoyado por Hitler asesinó a más de un millón de judíos, serbios y gitanos, con métodos aún más crueles que los utilizados por el «Führer»

MadridActualizado:

Poco después de asumir la cartera de Educación y Cultura en 1941, Mile Budak ya definió el carácter macabro que iba a tener el recién instaurado Gobierno croata: «Para minorías como los serbios, judíos y gitanos tenemos tres millones de balas». Las consignas estaban claras, hasta el punto de que el nuevo dictador, Ante Pavelic (1899-1959), es considerado hoy en día el líder del movimiento fascista más cruel de la historia. Es su currículo: más de un millón de asesinatos.

Pavelic era un abogado sin mucho éxito que había comenzado su carrera política en el movimiento nacionalista croata. Había sido elegido diputado nacional en 1927, en los años del incipiente Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Con 28 ya se bregaba en el parlamento por la independencia de Croacia, que no llegaría hasta la invasión del país por parte de Hitler, más de una década después.

Cuando solo llevaba dos años dedicado a la política, Pavelic tuvo que poner pies en polvorosa como consecuencia de la instauración de la dictadura por parte del Rey Alejandro I, que disolvió la cámara de representantes y rebautizó el país con el nombre de Yugoslavia. Durante su exilio, deambuló por Austria, Alemania, Bulgaria y Francia, hasta que, con la llegada de Mussolini al poder en 1922, se refugió en el primer régimen fascista de la historia. Fue allí, durante su estancia en Verona, donde creó la Organización Revolucionaria Croata Insurgente, la Ustacha, un pequeño grupo terrorista sin una ideología muy definida.

El magnicidio

Las actividades terroristas de los ustacha llegaron a su punto álgido con el asesinato del Rey Alejandro en Marsella, el 9 de octubre de 1934. El atentado —en el que también falleció el ministro francés de Asuntos Exteriores Louis Barthou y tres espectadores— fue portada en ABC. «El autor poseía un pasaporte visado regularmente en Yugoslavia. Al saltar al estribo del coche real hizo varios disparos y gritó: “¡Viva el Rey!”. El drama se produjo tan rápidamente que parte de la muchedumbre continuó dando vivas al monarca cuando este, moribundo, llegaba en coche a la prefectura manchado de sangre», contaba el diario en páginas interiores.

Investigaciones posteriores demostraron que Pavelic había contratado a un sicario de la Organización Interna Revolucionaria de Macedonia (VRMO) para perpetrar el magnicidio y organizado un comando de ustachas para que nada fallara. Después de aquello, Pavelic adoptó un discurso mucho más antisemita, al tiempo que comenzó a establecer lazos mucho más sólidos con los fascistas italianos y a difundir la idea de un estado nacionalista y católico croata.

Durante los siguientes años, Mussolini le acogió bajo su protección e, incluso, se negó a cumplir la orden de extradición solicitada por los franceses. Eso no impidió que fuera juzgado en París y condenado a muerte, sin estar presente. El Gobierno fascista tan solo llevó a cabo un simulacro de detención, como acción de maquillaje de cara al exterior, por el que le encarceló en una lujosa residencia de Turín.

Pavelic (segundo por la derecha), junto a Hitler (segundo por la izquierda) y Goering (derecha)
Pavelic (segundo por la derecha), junto a Hitler (segundo por la izquierda) y Goering (derecha) - ABC

Los vínculos con el «Duce» no podían ser más sólidos, pero el tiempo pasaba y los sueños de Pavelic fueron perdiendo fuerza. Su grupo también redujo el número de adeptos, hasta que llegó el milagro en forma de invasión por parte de la Alemania nazi el 24 de marzo de 1941. La tropas de Hitler, en plena expansión durante la Segunda Guerra Mundial, entraron en Yugoslavia. El «Führer» había ocupado Francia unos meses antes y quería hacer los propio con los Balcanes, por lo que dio un ultimátum al gobierno yugoslavo: o se aliaba con las potencias del Eje o se convertiría en su enemigo.

El 29 de marzo, Pavelic se reunió formalmente por primera vez con Mussolini, quién le ofreció hacerse con el poder si respaldaba la ocupación. El líder ustacha aceptó y, siete días más tarde, las tropas del «Führer» entraban en Yugoslavia. Según contaba ABC, Hitler dirigió a sus soldados uno de sus habituales discursos por radio: «Sed humanos allí donde el adversario se comporte humanamente. Donde muestre su brutalidad habitual, le quebrantaréis duramente, sin piedad». Unas palabras que pronunciaba al mismo tiempo que su aviación bombardeaba Belgrado y dejaba sobre las calles más de 17.000 cadáveres.

La invasión permitió hacer realidad el sueño de Ante Pavelic. Croacia se convirtió en un Estado independiente. O así lo parecía en en teoría, porque en la realidad era un país supeditado al poder de Hitler. Comenzaba el año cero del infierno para los gitanos, serbios y judíos, con aquel antiguo abogado autoerigido como el «Poglavnik» del país, algo así como la versión autóctona del «Duce» o el «Führer».

Al asumir el Gobierno, no solo se hizo con el control de la mayor parte de Croacia, también de Bosnia-Herzegovina. Y aunque las tropas italianas y alemanas controlaban militarmente la zona, dieron a Pavelic toda la autonomía para que organizara un Estado totalitario a su antojo. Copió el culto a la personalidad y la parafernalia propagandística propia de los regímenes fascistas. El problema, según defiende Pedro Arturo Aguirre en «Historia mundial de la megalomanía: Desmesuras, desvaríos y fantasías del culto a la personalidad en la política» (Debate, 2014), es que este líder no tenía ni la mitad de personalidad de aquellos líderes a los que admiraba y le habían ayudado: «El pobre carisma de este tirano dificultó mucho las cosas. Era un hombre gris, pésimo orador, un acomplejado irremediable que por más que estudiaba para imitar las gesticulaciones y las poses de Hitler y Mussolini, jamás lograba prender a sus auditorios», explica.

Los serbios, un tercio

Poco después de subir al poder, Pavelic siguió la senda abierta por los nazis e impuso leyes antijudías y antiserbias. En ese momento, los serbios constituían un tercio de una población total de seis millones de habitantes. Comenzó entonces una persecución brutal contra estos dos pueblos con el objetivo de eliminar al menos a una tercera parte de ellos y convertir al resto en católicos, una manera directa de que perdieran el principal elemento diferenciador de su identidad. Esa es la razón de que, en un principio, la jerarquía de la Iglesia católica croata acogiera su llegada al poder como una buena noticia, ya que convertía al país en el último baluarte de los Balcanes contra los ortodoxos.

Ante Pavelic, después de su llegada a Zagreb, en la proclamación de las fuerzas armadas del Estado Independiente de Croacia (NDH), en 1941
Ante Pavelic, después de su llegada a Zagreb, en la proclamación de las fuerzas armadas del Estado Independiente de Croacia (NDH), en 1941- ABC

Los principales blancos del «Poglavnik» fueron los sacerdotes ortodoxos, las mujeres y los niños. Y la brutalidad con la que se empleó contra ellos quedaba de manifiesto en una frase que se le atribuye de aquellos años: «Un ustacha que no puede sacar a un niño del vientre de una madre con una daga, no es un buen ustacha». Una crueldad propia de un Gobierno que, según el historiador británico Michael Burleigh en «Causas sagradas: Religión y política en Europa» (Taurus, 2013), tenía entre sus dirigentes a una importante representación de asesinos y terroristas. El mismo ministro Mile Budak definió públicamente el carácter macabro de las decisiones que empezarían a tomar con aquellas «tres millones de balas» mencionadas.

El aumento de las ejecuciones y los métodos empleados para llevarlas a cabo escandalizó a parte del alto clero católico e, incluso a sus aliados alemanes e italianos, por muy acostumbrados estos al exterminio de minorías durante la Segunda Guerra Mundial. Los ustachas parecían haber dado un paso más allá en lo que a terror se refiere. En 1998, ABC recordaba la anécdota contada por el investigador Jorge Camarasa en el diario argentino «La Nación», durante una entrevista en Zagreb entre el escritor italiano Curzio Malaparte (1898-1957) y Pavelic. Cuando el periodista le preguntó por una copa que tenía sobre la mesa rebosando de algo que parecían ostras, este le respondió: «No son ostras, son los ojos de mis enemigos que me mandan mis ustachas». Un episodio que los nacionalistas croatas siempre pusieron en duda.

Asesinatos de católicos

Poco después de la llegada de estos al Gobierno, el obispo de Mostar escribió al arzobispo de Zagreb informándole de la detención y asesinato de serbios recién convertidos. Muchos de ellos, mujeres y niños incluidos, fueron arrojados vivos por despeñaderos o ejecutados al borde de grandes pozos. Este clérigo, además, se enteró de que Pavelic estaba conspirando con los nazis para deportar a los judíos que habían sobrevivido a la matanza inicial y, también, de que algunos frailes franciscanos estaban participando en las atrocidades que se perpetraban en Jasenovac.

Fue en este campo de concentración, el más activo de los más de 25 que se construyeron en Croacia durante la Segunda Guerra Mundial, donde fueron masacrados 700.000 inocentes. Algunas de las víctimas no habían cumplido el año. Muchas otras rondaban los diez. Los relatos que llegan de los supervivientes cuentan escenas difíciles de creer y olvidar: niños quemados vivos en presencia de sus padres, otros ahogados en el río Sava, niñas de 12 o 13 años violadas en presencia de sus madres y bebés en pañales acribillados o asesinados a hachazos, apuntan investigadores como Dragoje Lukic.

La crueldad de los ustacha se extendió más allá de los campos de exterminio. Algunos serbios recordaban años después las matanzas de campesinos que habían presenciado en sus pueblos, colocando a las víctimas encima de barriles para recoger su después de degollarlas. El historiador alemán Alfred Miller contabilizó en más de un centenar los niños empalados que fueron encontrados en varios pueblos. Otro historiador, Karl Jans Geischer, describe también algunas torturas practicadas por los ustachas: «Antes de asesinar a los prisioneros, les metían agujas debajo de las uñas y ponían sal en las heridas abiertas. Les encantaba cortar la nariz y las orejas a las víctimas mientras estaban vivas. Luego mutilaban sus cuerpos».

Hasta los mandos nazis enviados a Croacia expresaron su horror ante tanta crueldad. Consideraban los métodos «excesivos y poco eficaces», como así se lo hacían saber a Hitler, quien consideraba su forma de proceder más mecánica y efectiva. El responsable de la «Solución final» no daba crédito a las escenas que describían los informes que le llegaban desde aquel país. El mismo Herman Neubacher, principal representante político y diplomático del Tercer Reich en los Balcanes, hablaba del «crimen más feroz de la historia, solo comparable al infierno de Dante». Mientras, el historiador austriaco y general de la WehrmachtEdmund Glaise von Horstenau dejaba descrito en su diario, en 1942, el siguiente episodio: «Los ustachas degollaban cientos de personas en los dos lados del río Sava. Cuando degollaban en nuestra parte, nosotros difícilmente podíamos soportar los gritos de hombres, mujeres y niños. Les degollaban y les abrían el abdomen antes de tirarlos al río».

Pavelic, un mito

Una vez expulsado del poder, la figura de Pavelic ha sido reivindicada por un sector de la población croata hasta épocas muy recientes. En 1991, ABC recordaba como la figura del «Führer» ustacha era todavía un mito para una parte del país: «El responsable de la mayor matanza de serbios de la historia es aún cantado en himnos patrióticos entonados con las armas en la mano. Su tumba en Madrid, donde murió en secreto, es considerado un símbolo mítico, una “tumba de oro” de la que el temido caudillo debe levantarse algún día».

Cuando cayó el Tercer Reich huyó a la Argentina de Juan Domingo Perón, hasta donde le persiguieron los servicios secretos de Yugoslavia, quienes atentaron contra su vida en varias ocasiones. Fue después de uno de estos último intentos de asesinarle cuando escapó a España sin armar el más mínimo revuelo. Llegó a la capital en secreto en 1957. En abril de ese año, este diario incluso informaba de que Ante Pavelic había desaparecido. Aquí vivió en el más absoluto ostracismo hasta su muerte en el hospital alemán dos años después, el 28 de diciembre de 1959. Fue enterrado en el cementerio de San Isidro, donde aún hoy permanece su panteón, en el que también están enterrados su esposa Maria y su hijo Velimir.

Tumba de Ante Pavelic en Madrid
Tumba de Ante Pavelic en Madrid