Retrato de María de Habsburgo.
Retrato de María de Habsburgo.

La alargada sombra de Juana la Loca: la maldición que sobrevoló a sus hijos

Tras sufrir un episodio depresivo en 1533, María de Hungría repitió algunos de los síntomas de su madre y cayó en un estado de postración que hizo temer lo peor

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Tras la humillación de Innsbruck y la derrota de Metz, Carlos I de España y V de Alemania estaba prematuramente envejecido a sus 55 años, apenas conservaba dientes en su boca, ni pelo en la cabeza, las hemorroides le atormentaban y la gota le mantenía inmóvil y llorando «como un niño». La muerte de su madre, a mediados de 1555, empeoró su estado. Empezó a permanecer horas de rodillas en una estancia sin apenas luz, y en una ocasión comentó haber oído a su madre difunta decirle que la siguiera. «Cómo se ve que es hijo de Juana “La Loca”», se decían los cardenales romanos dándose codazos de complicidad. Más allá del abarrotado historial mental de su madre, la biografía de Carlos no contenía elementos que hicieran pronosticar un derrumbe anímico similar. Y es que la alargada sombra de tener una madre, o cualquier familiar cercano, con una enfermedad mental puede resultar una pesada carga. «Cuando tienes de pronto a un loco en la familia cambia toda tu vida. Tienes permanentemente miedo», recuerda Michi Panero en la mítica película documental «Después de tantos años».

De pronto. En 1496, Juana de Castilla contrajo matrimonio a los 17 años y dio comienzo a una vida conyugal marcada por las infidelidades de Felipe «el Hermoso» y por la absoluta soledad. Como respuesta, la hija de los Reyes Católicos reveló un carácter obsesivo en lo referente a su marido y protagonizó distintos episodios de ira. Un carácter que la muerte de su hermano Juan, heredero al trono, y de su hermana mayor, Isabel, en 1497 hizo todavía más inestable. A la muerte de su esposo Felipe «el Hermoso», Juana de Castilla inició una larga y estrambótica procesión por todo el reino con el ataúd del Rey a la cabeza.

Durante ocho meses, caminó pegada al catafalco de su esposo en un cortejo fúnebre que despertó asombro e incluso miedo entre la población. Su padre, Fernando «El Católico», aprovechó el estado de enajenación de su hija para internarla en Tordesillas, donde residiría hasta su muerte. Los historiadores y los médicos que se han acercado a su figura estiman que lo que pudo interpretarse como episodios depresivos en su juventud evolucionó en Juana hacia un trastorno esquizoafectivo.

Juana La Loca, una vida entera en Tordesillas

De ahí que cada episodio depresivo en sus hijos, como el que sufrió Carlos, fuese mirado con lupa. A pesar de cierto carácter melancólico, el derrumbe anímico que llevó a Carlos V a «jubilarse» solo había tenido un antecedente directo que pudiera invocar la sombra de su madre. La muerte de su esposa en 1539 generó en Carlos una de sus primeras depresiones graves. «Sin comer ni beber permaneció hora tras hora arrodillado junto al lecho, absorto en el rostro de la hermosísima mujer. [...] De ahí en adelante, con toda periodicidad se presentarían estos excesos de melancolía. Prometió no volver a casarse, aunque tal vez no incluía en esta categoría las relaciones esporádicas, y pasó los siguientes dos meses recluido en el monasterio de La Sisla, en Toledo, sometiéndose a largos periodos de ayuno, negándose a ver a nadie y abandonando de golpe los asuntos de gobierno».

Después de dos meses así, Carlos simplemente un día dio por finiquitada su depresión y regresó al mundo de los monarcas. Al resto de hijos de Juana «La Loca» también se les observó con atención en cada altibajo emocional. Juana había dejado en los Países Bajos a cuatro de sus hijos, Carlos, Leonor, Isabel y María, y en España se encargaron de educar al pequeño, Fernando, el más castellano de todos. Carlos fue Rey de España y Emperador del sacro Imperio Germánico; Leonor, reina consorte de Portugal y Francia; Isabel, reina consorte de Dinamarca; María, reina consorte de Hungría y Bohemia; y Fernando, archiduque de Austria y posteriormente Emperador.

No obstante, cuando Juana recorrió Castilla con el cadáver de su marido lo hizo embarazada de una hija póstuma de Felipe, Catalina, quien le acompañaría durante años en su reclusión en Tordesillas. A pesar de las circunstancias de su infancia, Catalina no registró problemas mentales a lo largo de su vida y fue una figura clave de Portugal al casarse con el Rey Juan III.

En la misma línea que Carlos, María de Hungría sí registró algún que otro episodio depresivo en su biografía. María, viuda desde la muerte del Rey húngaro frente a los turcos, fue designada por su hermano Carlos para hacerse cargo del siempre delicado gobierno de los Países Bajos, tras la muerte de Margarita de Austria en 1530. Una tarea que ejerció de forma impecable, con uno de los momentos de mayor esplendor económico en este territorio, en contraste con las turbulencias que otros gobernadores posteriores generarían aquí. Así las cosas, en 1533 sufrió una crisis que recordó a muchos que era hija de Juana.

La depresión húngara de María

El caso recordó a la reacción de su madre a la muerte de Felipe I. En su palacio de Bruselas, María seguía llorando descarnadamente la muerte de su marido en 1526, ¡siete años después! Aseguraba, además, que la viudedad le había nublado el entendimiento y no se veía capaz de afrontar el gobierno de los Países Bajos. En verdad, se juntaron unos cuantos contratiempos graves en esas fechas: el envío urgente de tropas y dinero para liberar Viena de un ataque turco; graves alborotos populares en Bruselas, en agosto de 1532; y las consecuencias económicas de unas catastróficas lluvias en los Países Bajos durante ese mismo año.

Cuando recibió la noticia, Carlos trató de animarla y trasladarle su confianza a través de cartas. Pero no lo consiguió: su estado mental se agravó hasta recordar a síntomas que había registrado su madre treinta años antes. María no hacía caso a los médicos y no tomaba ningún medicamente, cayendo en un estado de postración total. Uno de sus consejeros más cercanos, Antonio de Croy, escribió al Monarca temiendo por la vida de María, pues la hija de Felipe I no quería vivir: «De un día a otro se la ve hundirse».

Antonio de Croy aconsejaba a Carlos acudir cuanto antes a Bruselas. Éste no lo hizo, pero envió a un embajador especial para consolarla: Charles de Popet, Señor de la Chaulx. Su misión era levantar el ánimo de la hermana del Rey y procurar que tomara los medicamentos adecuados. Para que pudiera recuperarse, Carlos instó a su hermana a que dejara los asuntos de Estado en mano de sus consejeros durante un tiempo. Y si bien Charles de Popet no resultó un animador muy alegre (cuesta imaginar a un hombre tan serio con un gorrito de fiesta y una matasuegras bailando la conga), el liberarle de la presión del gobierno mejoró el humor de la gobernadora.

Paradójicamente, cuando Carlos V decidió abdicar y retirarse a Cuacos de Yuste, María y Leonor, decidieron retirarse al mismo tiempo. Una decisión insólita: el retiro voluntario del poder de toda una generación de dirigentes. Antes de llegar a Yuste, los tres hermanos se despidieron y siguieron caminos distintos hasta encontrar el mismo año la muerte. María de Hungría y Leonor comunicaron a la entonces regente, Juana, hija de Carlos, su intención de residir cerca de ella en la corte de Valladolid. Lejos de aprovechar la experiencia de las dos veteranas, la regente se sintió contrariada y trabajó para encontrar un nuevo alojamiento a las dos nobles damas.

Finalmente, María y Leonor se instalaron en el palacio de los Duques del Infantado, en Guadalajara, donde pronto se sintieron incómodas, ya que el mencionado duque calculó lo caro que le iba a salir la cortesía. Ellas estaban acostumbradas a ser tratadas con los más grandes honores y se quejaron a su hermano de la escasez de lo ofrecido por el duque. Sus últimos años trancurrieron en busca de un retiro adecuado y unos anfitriones generosos.

Leonor murió, a principios de 1558, en Talavera, mientras que Carlos lo hizo a finales de ese verano. María falleció solo diez días después que Carlos.