Montaje de Hitler junto al cartel de «Kolberg» - ABC

Los 187.000 soldados que Hitler retiró del frente para humillar a Hollywood

El dictador alemán quiso rodar su propia superproducción cuando Estados Unidos estrenó con éxito «Lo que el viento se llevó» y utilizó como extras a sus soldados destinados en la Segunda Guerra Mundial

MADRIDActualizado:

La única pega que le encontró Hitler a «Lo que el viento se llevó» fue que la había hecho el enemigo. Como millones de espectadores en todo el mundo, el dictador alemán quedó encantado con aquella historia de amor protagonizada por Vivien Leigh, Olivia de Havilland y Clark Gable justo al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Los espectaculares decorados, los colores, las cuatro horas de duración, los miles de extras... todo era impresionante.

La reacción del «Führer» ante aquel éxito de taquilla fue, poco después, convocar a su Gobierno para que comenzara a preparar una superproducción propia con la que eclipsar y humillar al drama más famoso de la historia del cine y sus diez Oscars. Todos los frentes eran válidos y si tenía que enfrentarse a Hollywood también en las pantallas, lo haría.

La idea de su película fue un tanto abstracta y nació de la cabeza del ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, que quiso ilustrar con ella el espíritu de resistencia y sacrificio del pueblo alemán. No hay que olvidar que la Segunda Guerra Mundial fue el primer gran momento del cine como arma propagandística. Las tres grandes potencias del momento –la Alemania de Hitler, la URSS de Stalin y Estados Unidos– usaron el séptimo arte para hacer proselitismo de sus ideas y aleccionar a sus ciudadanos, además de para lanzar fotogramas intimidatorios contra sus rivales. Sin embargo, la herencia que dejaron los germanos en este sentido fue impresionante: más de mil filmes, además de documentales y noticiarios. Pero de entre todos ellos, ninguno tan importante como el que nos ocupa, «Kolberg», el título que ostenta el dudoso honor de ser la última película nazi.

Presupuesto desorbitado

Goebbels no reparó en gastos para llevar su historia a la gran pantalla, la de un pueblo alemán de la costa del mar Báltico que, en 1806, resiste el asedio del todopoderoso ejército de Napoleón. Para ello, reclutó a un prestigioso grupo de actores y guionistas bajo la dirección de Veit Harlan, un cineasta que ya había dado sobradas muestras de su adhesión a la causa rodando varias películas antisemitas. Por ellas fue juzgado como criminal de guerra al acabar la Segunda Guerra Mundial, pero absuelto después al argumentar que había sido obligado por el régimen a realizar aquellos trabajos. Un Harlan, además, cuya primera esposa, la actriz y cantante judía Dora Gerson, murió en Auschwitz junto a su segundo marido y sus dos hijos pequeños, y cuya sobrina estuvo casada con el director Stanley Kubrick.

El rodaje contó con un presupuesto inicial de nueve millones de marcos, un presupuesto desorbitado que no incluían todos los recursos a su disposición de la industria cinematográfica alemana. El gigantesco proyecto se convirtió en algo primordial para el Tercer Reich. Se rodó con uno de los sistemas más caros de la época, Agfacolor, que no era sino la versión alemana del Technicolor, el que utilizó «Lo que el viento se llevó». Pero la epopeya no se quedó ahí: se recreó la ciudad de Kolberg con toneladas de madera y cartón piedra, se confeccionaron 10.000 uniformes del ejército francés de principios del siglo XIX, se trasladaron más de seis mil caballos, se movilizaron cien vagones con sal para simular la nieve y se construyeron decenas de casas según el modelo de la época con la idea de que, al final del metraje, fueran destruidas por el fuego y las inundaciones. Para esto último se llegó, incluso, a desviar un río.

Pero de entre todos estos datos, hay uno que llama especialmente la atención. Poco después de que comenzara el rodaje, en noviembre de 1943, Hitler permitió que se retiraran 187.000 soldados del frente para que participaran como extras en la película. No importó que fuera el momento en el que peor iban las cosas para Alemania. Las bajas y las derrotas parecían menos importantes que la superproducción, en un momento en el que el aporte de hombres era más necesario que nunca en transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

Goebbels, durante la Segunda Guerra Mundial
Goebbels, durante la Segunda Guerra Mundial- ABC

Aunque la película de Goebbels pretendía ser el reflejo de una epopeya, lo realmente épico fue conseguir que el rodaje terminara. En él se vivieron momentos tan demenciales como que se entremezclaran los cañonazos ficticios con los bombardeos reales de los Aliados, muriendo dos figurantes y resultando heridos varios. Y mientras en el frente escaseaban las armas y la munición, el «Führer» dio orden de que la industria armamentística fabricara todo aquello que fuera necesario para el largometraje. Harlan y Goebbels, sin embargo, decidieron rebajar la intensidad de las explosiones para que no afectaran psicológicamente a la moral de sus tropas y su pueblo.

Aunque el rodaje duró un año y en él se volcaron todos los esfuerzos posibles, a Goebbels no le gustaron algunas de las escenas en las que aparecía la ciudad de Kolberg reducida a escombros. Y eso que habían costado más de dos millones de marcos, pero el ministro de Propaganda no le tembló la mano para suprimirlas. Pero ni así logró que la película alcanzara la calidad de obras como «El acorazado Potemkin» (1925) o «Metrópolis» (1927).

Por si no fuera suficiente, la superproducción nazi tuvo que ser estrenada el 30 de enero de 1945, con el sonido de fondo de las bombas que caían sobre Alemania. La proyección tuvo lugar en tres lugares diferentes. En primer lugar, en una sala de cine medio derruida de La Rochelle, un enclave francés en la costa atlántica donde resistía una guarnición alemana rodeada de enemigos. Los rollos tuvieron que ser lanzados en paracaídas. En segundo lugar, en Berlín, con un público formado por los soldados acuartelados en la ciudad y por las Juventudes hitlerianas. Y en tercer lugar, en un pase privado para Hitler, el mismo día que dio su último discurso.

La proyección de «Kolberg» parecía más un mensaje para la posteridad, que una llamada a la resistencia de su pueblo. La derrota de Alemania parecía algo inevitable. Ni siquiera Goebbels creía ya que se pudiera dar la vuelta a la guerra. El costoso testamento cinematográfico del «Führer» y su ministro de propaganda solo fue visto por unos pocos soldados y algunos ciudadanos que, en los días sucesivos, se atrevieron a abandonar sus refugios para acudir a los escasos cines que quedaron en pie. Y ninguno de aquello espectadores sabía que la ciudad de Kolberg ya había sido tomada y destruída por los soviéticos en la vida real. La noticia fue ocultada.