Cuadro de 1831 que representa a un oficial inglés combatiendo contra un jinete galo
Cuadro de 1831 que representa a un oficial inglés combatiendo contra un jinete galo - T. Sutherland

La Albuera, donde unos pocos españoles se mantuvieron firmes ante el inmenso ejército de Napoleón

En 1811, los escasos hispanos al mando de José de Zayas resistieron heroicamente el ataque de más de 14.000 franceses hasta la llegada de sus compañeros

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Heroicidad, valor, y, sobre todo, muchas gónadas. Estas son las características que, el 16 de mayo de 1811, demostraron los pocos miles de soldados españoles al mando de Don José de Zayas cuando resistieron, mediante fusil y fuego, el ataque de aproximadamente 14.000 militares franceses en el pueblo de la Albuera (Extremadura). Aquel día, la victoria dependía de ellos, y su retirada hubiera significado la derrota de todo el ejército aliado que les acompañaba y que se había quedado retrasado; sin embargo, estos hispanos lograron mantenerse firmes hasta que el mando superior les envió refuerzos.

El calendario marcaba por entonces el año 1811 en una España invadida por Napoleón Bonaparte, un frustrado emperador francés que, a pesar de haber entrado hacía tres años fusil en mano en la Península, no había conseguido todavía doblegar a los hispanos con su « Grande Armée». De hecho, las cosas no pintaban bien para el «petit empereur», pues su futura «Espagne» -tomada casi totalmente por las tropas francesas en los inicios de la contienda- empezaba ahora a irse a pique debido a los contraataques de los españoles y de sus aliados ingleses (quienes, por extraño que parezca, habían decidido pasarse por aquí a dar más de un calentamiento de cabeza a los casacas azules).

Así pues, de norte a sur y de este a oeste, los gabachos comenzaron a sufrir los fusilazos de un pueblo y de un ejército -el español-, que, aunque carecía de la amplia experiencia de los soldados imperiales franceses, andaba sobrado de gónadas y estaba decidido a liberar a su país del yugo opresor. El asalto inicial de las tropas hispanas, aunque en múltiples ocasiones infructífero, puso en jaque a los galos, quienes tuvieron que retirarse varias veces de posiciones claves con todo su azul, blanco y rojo entre las piernas.

El combate por Extremadura

En esas –a bofetadas- andaba más de media España y, como no podía ser de otra forma, en esas andaba también Extremadura, una zona en la que además, los hispanos recibían el apoyo de las fuerzas inglesas. Y es que, los británicos habían desembarcado a cientos en los primeros meses de la guerra en la región lusa para enfrentarse a los franceses y a su insistente (pesado, que se podría decir también) emperador. De forma concreta, por aquellos años se tomaban el té de las cinco en tierras portuguesas nada menos que el Duque de Wellington y William Beresford, dos altos mandos del ejército de Su Majestad que, de cuando en cuando, entraban en España y daban de cañonazos a Napoleón.

En 1811, Beresford recibió la orden de retomar Badajoz

Estos dos generales, sin embargo, no estaban de vacaciones, pues tenían que hacer frente a los intentos de las tropas francesas de conquistar Portugal, por lo que solían calzarse las botas de montar para dirigir a sus soldados en batalla. Precisamente eso sucedió en 1811. «En 1811 (…) los franceses tomaron Badajoz, manteniendo así la presión sobre las tropas de Wellington, pues era una de las puertas naturales a Portugal. Wellington bloqueó entonces la fortaleza de Almeida, otra de las puertas naturales hacia el territorio lusitano (…)», señalan Juan Vázquez y Lucas Molina en su obra «Grandes batallas de Españolas».

Con Wellington retenido, recayó sobre Beresford la responsabilidad de volver a conquistar Badajoz, punto clave para la defensa de Portugal. Este, sin tardar, puso bajo sitio la plaza a finales de marzo con un ejército formado por tropas inglesas y portuguesas. Paralelamente, los británicos pidieron algo de «help» a los españoles para reforzar el asedio, por lo que el general Joaquín Blake (irlandés de ascendencia, hispano de corazón y nacimiento) reunió rápidamente a 8.000 hombres y, desde Andalucía, partió al galope hacia tierras extremeñas.

Sin embargo, con lo que no contaban los aliados era con que los franceses no se iban a quedar de brazos cruzados e iban a combatir mediante sable, lanza y cañón para conservar Badajoz bajo su mando. Por ello, desde Sevilla inició también una marcha el mariscal Soult hacia Extremadura. Su objetivo era bien sencillo: evitar la unión de las fuerzas españolas e inglesas con un ejército de 24.000 hombres.

Los aliados, en La Albuera

Esta particular y curiosa carrera hacia la misma meta (Badajoz) terminó con la victoria de las tropas de Blake, las cuales, tras varias jornadas, se reunieron con sus aliados anglo-portugueses. No obstante, los hispanos traían en su mochila malas noticias: Soult se dirigía hacia ellos a todo correr y dispuesto a plantar batalla. Beresford y el general ibérico se reunieron y tomaron una difícil decisión: levantarían el asedio de Badajoz y, con todos sus hombres, presentarían batalla a las expertas tropas de Soult en la Albuera, un pequeño pueblo que no distaba más de 30 Km. La sorpresa sería mayúscula para el gabacho, que desconocía la fusión de ambos contingentes.

Armas en ristre, los aliados se dispusieron así a terminar con cada hijo de Francia que se pusiera en su camino. «Beresford disponía de las divisiones 2ª y 4ª, la división portuguesa y una brigada de Legión Alemana de Rey (KGL), con unos 17.000 hombres. El general Lumley lideraba la caballería, compuesta por tres regimientos británicos (1.250 jinetes y 850 jinetes portugueses)», destacan los autores. El contingente español al mando de Blake estaba formado por tres divisiones –una dirigida por el insigne D. José de Zayas- y una brigada independiente (en total 11.000 infantes). A su vez, los hispanos disponían de unos 1.900 jinetes, En conjunto, el contingente aunaba unos 28.000 infantes, 4.000 jinetes y 60 cañones.

Su enemigo, el Mariscal Soult dirigía un buen número de tropas expertas en el arte de la guerra y vencedoras de cientos de batallas. «Soult contaba con dos divisiones y dos brigadas de infantería, con más de 18.000 hombres y unos 4.000 jinetes, la mayoría al mando de Latour-Maubourg, así como 48 cañones», completan Vazquez y Molina en «Grandes batallas españolas». A su mando, el francés tenía también a oficial de la alta talla de Godinot y Britche.

El engaño del francés

El 15 de mayo de 1811, el ejército aliado tomó posiciones a lo largo de la Albuera, un situado frente a un río con el mismo nombre. Su despliegue fue sencillo. En la villa se ubicaron las tropas alemanas que, a su vez, tomaron posiciones en los dos puentes que permitían un acceso más sencillo a la villa. En el flanco izquierdo de esta tomaron posiciones los británicos aprovechando varias colinas. Finalmente, los españoles formaron a la derecha del resto del contingente en dos líneas, con la caballería cubriendo el flanco que quedaba descubierto.

Apenas un día después, aproximadamente a las ocho de la mañana, los enemigos hicieron su aparición con los primeros rayos de sol. No obstante, sólo se dejó ver uno de los oficiales de Soult, el general Godinot, quien mandaba una división de infantería, varios contingentes de caballería (entre ellos jinetes armados con fusiles) y una batería de cañones. El gabacho movió a continuación a sus tropas buscando enfrentarse únicamente al flanco izquierdo del ejército combinado e inició el cañoneo. Había comenzado la batalla de la Albuera,

Soult hizo una finta con sus tropas para despistar a los aliados

Este movimiento francés asombró a los oficiales aliados, que se quedaron desconcertados al desconocer donde se encontraba el resto de los soldados imperiales. Sin embargo, y al no percatarse de la presencia de más enemigos, Beresford dio la orden a una buena parte de sus tropas de avanzar sobre el flanco izquierdo, donde estaba atacando Godinot. Craso error, pues lo que buscaba Soult era que su subalterno desplazara el máximo número de enemigos posibles hacia la izquierda mientras él se dirigía con el grueso de su ejército hacia el flanco derecho.

«El ataque de la brigada Godinot se concibió como una finta para fijar al enemigo, mientras el núcleo francés se dirigía hacia el flanco derecho aliado. Los aliados esperaban un ataque frontal o sobre la izquierda de su línea, pensando que Soult pretendía abrirse paso hacia Badajoz, y los hechos parecían confirmar que así sería, gracias tanto a la maniobra de distracción de Godinot como, como al fuego de una batería de gran calibre que empezó a cañonear La Albuera», añaden los autores españoles en su obra.

Zayas resiste heroicamente el ataque

Por suerte, el engañó no terminó de dar resultado gracias un oficial alemán del ejército aliado que vio retazos de franceses escondidos en la lejanía y alertó a Beresford. Este, sin poder dar crédito a lo ocurrido, ordenó a su línea reorganizarse y dirigirse a toda bota hacia el flanco desprotegido. Pero ya era demasiado tarde, pues Soult había iniciado su marcha con el grueso de sus fuerzas hacia las unidades del extremo derecho. A esta desesperada situación se le unió la errónea decisión de Blake quien, convencido de que los galos asaltarían el centro, desobedeció las órdenes del inglés y mantuvo su posición.

Así pues, los oficiales aliados giraron sus cabezas hacia el flanco derecho para descubrir que únicamente cuatro batallones de la Divisón comandada por Zayas (unos 3.500 hombres aproximadamente) se encontraban en posición para dar de balazos a los franceses y resistir hasta la llegada de sus compañeros. De ellos dependía la batalla, ya que, si los gabachos les arrasaban, atacarían luego a las descolocadas unidades británicas que acudían en su ayuda.

Los franceses, por su parte, cargaron con nada menos que 14.000 soldados (entre los que se destacaron varios regimientos de caballería). Para los españoles de Zayas parecía que la única forma de salir de allí era con un balazo en la sien. Con todo, el valor es capaz en ocasiones de vencer a la superioridad numérica y una mala decisión como la que tendrían entonces los franceses puede costar una contienda aparentemente vencida. Y es que Soult, creyendo que sería sencillo acabar con aquellos pocos españoles, decidió finalmente no enviar al asalto a las tres divisiones que había pensado en un principio, sino únicamente a una –la de Girard-. Su intención era dejar una reserva un contingente lo suficientemente potente como para enfrentarse a cualquier aliado que pudiera acercarse en ayuda de Zayas.

A pesar de ello, las fuerzas francesas que se disponían a entablar combate seguían superando ampliamente a los hombres de Zayas. «Su ataque fue violentísimo, secundado por una gran masa de artillería. Se produjo un intenso tiroteo entre los franceses y los españoles, que lucharon tenazmente y resistieron el embate francés. El combate se desarrolló a unos 50 metros de distancia, y el número de bajas fue enorme El resultado de este primer asalto se saldó con gran número de bajas por ambas partes, resultando batida la vanguardia francesa. Los atacantes franceses sufrieron más del 40% de bajas en esta primera media hora, y los defensores españoles alrededor del 30%», completan los autores hispanos en su texto.

Tras varios y largos minutos de batalla en la que los españoles resistieron contra todo pronóstico y de forma heroica el asalto de los fusileros y tiradores franceses, finalmente llegaron los infantes británicos. Estos, sin embargo, fueron recibidos a tiros por los los soldados de Zayas que, en el fragor de la batalla, no acertaban a conocer entre amigos y enemigos y únicamente pensaban en descargar munición contra todo aquel que estuviera armado y se dirigiera hacia ellos. A pesar de la confusión, cuando la esperpéntica situación estuvo aclarada, los españoles fueron relevados y enviados a reorganizarse justo en el momento en que los galos lanzaban su segundo ataque. Después, y lejos de querer perderse la contienda, volvieron a la lucha más decididos que nunca.

Los ingleses, a la carga

Después de ver a los escasos defensores españoles resistir un ataque de tal envergadura, la heroicidad debió henchir el pecho de Beresford que, al observar que ordenó a varias unidades británicas avanzar por el bordear a las tropas hispanas y atacar el flanco izquierdo gabacho. Estas, a base de fusilazos, cumplieron su objetivo, aunque a costa de multitud de bajas. A su vez, la situación de estos hombres se recrudeció cuando descubrieron que, aunque habían detenido a los galos, habían quedado expuestos en campo abierto. Soult no lo dudó y, con desesperación en los ojos por no pder atravesar las defensas enemigas, envió a su caballería, la cual pasó a sable y lanza a los hombres de Su Majestad.

«A continuación, embriagados por su éxito, los (jinetes franceses) se lanzaron a por la retaguardia española, amenazando al propio Beresford. El despliegue español en dos líneas demostró su valía, al lograr repeler ese ataque mientras que Zayas, meritoriamente, afrontaba el nuevo ataque son dejar de dispara sobre las tropas de Girard, acción que muy probablemente salvó al ejército aliado de la destrucción», completan Vázquez y Molina.

Con el paso del tiempo, la contienda se transformó en un auténtico caos cuando los jinetes galos volvieron a cargar contra el centro de la línea aliada, asalto que fue contrarrestado por Beresford, que envió varias unidades de dragones e infantes hasta que, finalmente, les obligó a retirarse. Con todo, la presión sobre los aliados era tan grande que el oficial británico no tuvo más remedio que esperar hasta la llegada del resto de su ejército para dar el golpe definitivo a la batalla.

«C'est fini»

Superados por unos soldados que consideraba inferiores, Soult no pudo hacer otra cosa más que dar la vuelta a su caballo y abandonar el campo de batalla. En contra del destino, unos pocos españoles habían detenido a su particular «Grande Armée» a base de fe y balas de fusil. Tras él, el resto de oficiales gabachos tocaron a retirada y, bajo la protección de su artillería, fueron reculando hasta sus posiciones iniciales.

«La batalla acabó con un resultado indeciso después de un baño de sangre. Los españoles habían repelido uno de los mayores ataques de infantería de la guerra causando graves pérdidas a los franceses. Los aliados sufrieron más de 6.100 bajas (17%) y los franceses más de 5.300 (23%), Beresford ganó la batalla, pero su manejo táctico fue tan lamentable que lo convirtieron en el principal responsable del gran número de víctimas. Los generales españoles desempeñaron un gran papel, especialmente Zayas», finalizan los expertos.