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Un dogma más que digerible

FEDERICO MARÍN BELLÓNEntre documentales y nuevas versiones de películas viejas, el director de «El silencio de los corderos» regresa a la ficción más pura por la cara norte del oficio. Inspirándose en

Actualizado 31/10/2008 - 02:47:45
FEDERICO MARÍN BELLÓN
Entre documentales y nuevas versiones de películas viejas, el director de «El silencio de los corderos» regresa a la ficción más pura por la cara norte del oficio. Inspirándose en la corriente Dogma pero sin aferrarse a ningún dogmatismo, Jonathan Demme nos cuenta una boda de principio a fin, al dedillo y al anillo, incluidos los temibles preparativos y la inevitable resaca. La peculiaridad de este enlace es que, pese al título, Rachel no es la novia. La chica es la hermana díscola de la del vestido blanco, cuyo protagonismo se ve irremediablemente manchado por la llegada de Anne Hathaway, toxicómana en rehabilitación, que desvía la atención de contrayentes e invitados con la ayuda de un pasado que ni el tiempo ha sabido enterrar.
Demme empieza un poco nervioso, con su cámara al hombro y un aire continuo de improvisación, pero pronto empieza a lanzar al espectador un auténtico arsenal de secretos y mentiras racimo cuyos efectos colaterales se ven amplificados por la fiesta nupcial. Una vez dentro de la trinchera, ni el operador de cámara más tembloroso habría conseguido desviar la atención del espectador, que contempla atónito un puñado de ráfagas de autenticidad, instantes en los que la verdad florece delante de nuestros ojos. Desaparecen los intérpretes, se proscribe el arte de la actuación. Vemos personas que ríen, sufren y se desgastan ante ese acontecimiento, una boda, casi siempre agotador y algunas veces maravilloso. Hay momentos que se cuelan para siempre en el álbum de fotos: la discusión entre las hermanas y la estupenda «carrera del lavavajillas» en la cocina (lugar metáfora), o la fabulosa aparición en escena (y reaparición en nuestras vidas) de mamá Debra Winger. Es cierto que el carácter multirracial de la fiesta ayuda a colorear sus detalles más pintorescos, pero donde Demme da en el clavo es en su manera de exprimir lo mejor de sus actores, que a menudo parecen salidos de alguno de sus documentales.
Mención aparte merecen las hermanas enfadadas. Si viendo a Rosemarie DeWitt dan ganas de casarse con ella, o por lo menos de ir a su boda, si el padre (Bill Irwin) genera lástima y ternura con la misma facilidad, el mayor prodigio de la cinta es la capacidad de Anne Hathaway para obligarnos a amarla y temerla a la vez, con ese rostro de cervatillo herido nunca visto en una pantalla desde que a Bambi se le murió la madre.
Y como cualquiera que haya organizado una boda sabrá, es fundamental no descuidar los detalles. La música es soberbia y el trabajo de Declan Quinn con la cámara se manifiesta, superado el desconcierto inicial, como la mejor y casi única forma posible de pintar este fresco. Puede que no lo parezca, pero el guión de la hijísima Jenny Lumet tiene mucho que ver con la fuerza que transmite esta película, capaz de iluminar por igual los trapos sucios que toda familia esconde y la belleza de una manifestación de amor tan intensa, que supone además la unión de (al menos) dos familias.
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