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La falda de Marilyn

Actualizado 31/08/2002 - 00:46:26
HE visto una fotografía en la que Ana Obregón trata de imitar la famosa escena del vuelo de la falda plisada de Marilyn Monroe en «La tentación vive arriba». Hay diferencias, claro. La más evidente es que Ana deja que su falda suba tanto como para enseñar sus bragas blancas. Marilyn, no. Marilyn, con sabia picardía, impide con las dos manos que el vuelo de la falda muestre sus braguitas. Ya se sabe que las bragas son una frontera clásica y de mucho predicamento en el arte del desnudarse y desnudar. Cuando Manuel Fraga alivió la rigurosa censura sobre los espectáculos musicales de revista, y bajó los escotes y subió los faldellines, César González-Ruano comentó como resumen de la nueva situación y aquel atisbo de la bienvenida «apertura»: «Con Fraga hasta la braga».
El tanga ha acabado con el encanto de la braga. Ahora, las vicetiples, las acompañantes de los cantantes, las minifalderas y otras especies enseñan, no las bragas, sino los carrillos desnudos del antifonario, regalo celeste del Creador a la mamá Eva. No seré yo quien le ponga inconvenientes a esa moda, pero que conste que se pierde curiosidad, expectación y morbo. Si yo hubiese sido alumno de una escuela de Bellas Artes, habría espiado a la modelo de desnudo para verle las bragas en un movimiento descuidado sin importarme que a los pocos minutos la tendría delante en cueritos vivos, como la parió su madre.
Los adolescentes de los años de la represión les gastábamos bromas a las chicas adivinando el color de sus bragas. Ahora, queda poco a la adivinación. Es mucho más lo que se evidencia que lo que se adivina. Y el adivinar primero tiene la gratificación letífica del descubrimiento. Nuestros ancestros se encalabrinaban con las tobilleras, nuestros padres con las rodilleras, los vejetes de hoy con las musleras y los jóvenes de ahora ya no saben si encalabrinarse o no con las culeras. Ha desaparecido casi por completo el placer de adivinar, y de eso tienen mucha culpa los modistas, que han impuesto en las pasarelas la moda de los esqueletos con transparencias, y han convertido a Rubens en un tío ordinario. Mi nieto, al cuadro de «Las tres Gracias» le llama la estampa de «Las tres gordas».
Yo no sé cómo se le ha ocurrido a Ana Obregón pretender imitar a Marilyn Monroe, y precisamente en esa escena inimitable. Imitar lo inimitable no produce una imitación, sino un remedo. Ni las piernas de Ana son las de Marilyn, ni el ángulo del compás al abrirlas es el mismo, ni las manos moderan el vuelo del plisado con la misma gracia, ni a Marilyn se le veían las bragas, etcétera. Para eso, que se hubiese alzado la falda como las coristas cuando bailan el «french can-cán». O que se hubiese despelotado en tanga, con el culo a la intemperie, con toda naturalidad. O sea, como ahora se hace.
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