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Porteadoras «Como burras»

Un manojo de fotos es lo que le queda a Mohamed de su madre. Las muestra dispuesto a hablar de ella pero se derrumba mientras la luz que llega por la puerta del salón hace brillar las lágrimas, que se

Actualizado 31/05/2009 - 02:49:37
Un manojo de fotos es lo que le queda a Mohamed de su madre. Las muestra dispuesto a hablar de ella pero se derrumba mientras la luz que llega por la puerta del salón hace brillar las lágrimas, que se frota rápido tratando de hacer ver que ha sido un arrebato de dolor pasajero. Y habla. «Mi madre se levantaba cada día a las cuatro de la mañana para dirigirse a la frontera a cargar bultos. La Policía les pegaba con la porra en la espalda, en las piernas, en los brazos». Mohamed, de 27 años, y su hermana, de 33, ya hacía veinte años que se habían quedado sin padre. Ahora es su madre la que se ha ido para siempre tras morir el pasado lunes aplastada junto a otra mujer en una avalancha en la frontera.
Zohra, de 53 años, tenía a Mohamed y su hermana ya criados, pero a la mujer no le quedaba más remedio que acudir cada mañana al lado español para poder comer. Era una de las miles de mujeres, y algunos hombres, que, a cambio de unos cuantos euros, cargan con la mercancía que se vende en las naves del polígono ceutí del Tarajal y que va destinada a abastecer los zocos, mercados y tiendas del norte de Marruecos e incluso de ciudades más alejadas de la frontera como Rabat o Casablanca.
Casi todo son alimentos y ropa que, sumado lo que sale de Ceuta y Melilla, alcanzaban ya en 2005, según el Gobierno ceutí, un valor de unos 1.000 millones de euros al año, cantidad que, según fuentes de Rabat, puede elevarse hasta los 1.400 millones. El presidente de Ceuta, Juan Vivas, asegura a ABC que no se atreve a dar una cifra pero que, en cualquier caso, «es un porcentaje muy reducido del PIB de la ciudad». Vivas reclama que, como se hizo con Melilla, Marruecos permita a Ceuta contar con aduana comercial, aunque no está seguro de que eso acabe con las aglomeraciones de porteadores. De hecho, el pasado noviembre en Melilla murió otra mujer en circunstancias similares.
En el zoco Al Massira de Castillejos, unas galerías a apenas un par de kilómetros de la frontera, todos los puestos venden ropa, casi siempre de fabricación china, que llega liada en enormes fardos desde Ceuta. En los pequeños colmados que salpican barrios y pueblos del norte se venden alimentos españoles y en la urbe de Uxda, junto a la frontera de Argelia, hay incluso un mercado conocido como zoco Melilla por el origen de lo que allí se vende.
La escena se repite cada mañana y no por muchas veces vista deja de impresionar. Mujeres de todas las edades -algunas disminuidas- hacen de mulas echando sobre sus espaldas paquetes que a menudo las superan en peso. Con los cuerpos encorvados y tambaleándose se encaminan por entre las naves hacia el paso del Biutz, un puente habilitado desde 2005 para estos menesteres en la valla que marca el perímetro de ocho kilómetros de la ciudad española. Por el Biutz, una jaula de metal inmunda de un centenar de metros en territorio marroquí, no se puede entrar en territorio español, sólo salir, y es únicamente un paso peatonal.
Las aglomeraciones son espectaculares y hay mañanas en las que se agolpan miles de estas porteadoras, todas queriendo ser las primeras en pasar a Marruecos porque cuantos más viajes, mayor ganancia. Una treintena de hombres de la Unidad de Intervención Policial (UIP), llegados desde Sevilla, trata de poner orden, pero las porras afloran con facilidad entre una muchedumbre incontrolable para tan poco agente. Al otro lado esperan militares marroquíes que con frecuencia, como este periodista ha comprobado, se llenan los bolsillos con «propinas».
Este era el panorama la mañana del lunes pasado. El responsable del equipo policial en el polígono del Tarajal ordenó el flujo de mujeres a través de una estrecha escalera. «No sabemos cómo pero se empezaron a arremolinar mujeres y algunos hombres. Empezaron a empujar a los cuatro policías», explica a este corresponsal José Luis Torres, el jefe superior de Policía en Ceuta. Esos empujones derivaron en un tapón en las escaleras bajo el que dos de las porteadoras, Bushra, de 32 años, y Zohra, de 53, murieron aplastadas. En esas aglomeraciones casi cotidianas «no se respetan para nada las normas cívicas», añade Torres.
Algo más que comida...
Horas después del suceso, varios miembros de la UIP comprueban junto a varios técnicos municipales que hay que llevar a cabo mejoras en el acceso al Biutz. Las vallas con las que se mantienen las colas en orden parecen recién recogidas de un vertedero y ya se han pedido 150 nuevas. «Vamos a tratar de hacer una reorganización de los servicios para una mayor canalización de las personas», pero «con 5.000 ó 6.000 personas siempre habrá aglomeraciones», admite el comisario Torres al tiempo que asegura que «a veces hay avalanchas provocadas por personas que llegan con las mujeres». «El mundo de los porteadores es muy complejo», añade sin entrar en mayores polémicas, aunque no es la primera vez que Las Fuerzas de Seguridad españolas dejan caer que las avalanchas pueden ser provocadas porque en los fardos hay algo más que comida y textiles y no conviene que sean revisados por la Policía. Algunas fuentes apuntan, aunque no se han hecho públicos resultados de investigaciones, a tráfico de drogas o armas.
Con el cuerpo de las dos mujeres aún en la morgue ceutí la indignación es casi incontrolada al otro lado de la valla. En el salón de casa de Zohra, en el barrio de la Condesa de Castillejos, una docena de compañeras pasan a dar el pésame a Mohamed, su hijo. Rahma, Omaima, Layla, Rachida... «compañeras de frontera de mi madre», dice Mohamed con los ojos de nuevo llenos de lágrimas. Algunas estaban en la trágica avalancha de las escaleras y tienen una versión muy diferente de lo ocurrido.
Rachida Ouazi, de 45 años, «jura por Dios» en castellano que la Policía se reía de ellas cuando se encontraban enfilando las escaleras y les decía que iba a haber «muertas». «Somos como la basura, todos los días con la porra», grita esta mujer herida leve en el tumulto, con una mano vendada. «Como burras», repite varias veces Said, un taxista sobrino de Zohra. «Los policías marroquíes exigen a veces dinero. Los españoles prefieren regalos como paquetes de tabaco».
«Decir que fue premeditado es la mayor burrada», dice defendiendo a los agentes Manuel Galán, trabajador del polígono que fue testigo de los hechos y trató en vano de tirar de los brazos de las fallecidas cuando aún estaban con vida. Eso sí, reconoce que a diario «tienen que emplear la fuerza y hasta yo me he llevado porrazos». Este corresponsal lo vio en las fotos del periódico «El Faro de Ceuta» y lo localizó junto a las escaleras de la desgracia. Los comerciantes de las naves del Tarajal llevaban meses advirtiendo de la posibilidad de una tragedia e incluso hay pancartas, colgadas desde hace semanas, que exigen mejoras en las condiciones. Por eso todos allí coinciden en que lo de Zohra y Bushra ha sido la crónica de una muerte anunciada. Y no serán las últimas, aseguran.
TEXTO Y FOTOS: LUIS DE VEGA. CORRESPONSAL. CASTILLEJOS/CEUTA
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