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«Si tienes tuberculosis, al hospital»

«Tose y tiene vómitos. Le vamos a observar. Si sospechamos algo de tuberculosis, le derivamos a un hospital». Wladimir se estrena como ATS en el albergue municipal para personas sin hogar de la Casa

Actualizado 30/11/2008 - 04:58:54
«Tose y tiene vómitos. Le vamos a observar. Si sospechamos algo de tuberculosis, le derivamos a un hospital». Wladimir se estrena como ATS en el albergue municipal para personas sin hogar de la Casa de Campo. Es la primera noche de la Campaña contra el Frío del Ayuntamiento de Madrid. A pesar del nombre, Wladimir es de Granada y ha viajado por medio mundo con lo cual, dice estar muy acostumbrado a ver «auténticos dramas humanos».
Desde luego, no hay más que fijarse en la larguísima cola que rodea todo el albergue. Estamos en lo que llamaban el Pabellón de Mayorales. Los hombres, a cientos, esperan ateridos su turno para entrar a tomar algo caliente y dormir en una cama. Son los «sin techo» pero, ahora, sin frío. ABC estuvo con ellos esa primera noche.
Sus cosas, sus cachibaches
Podrán utilizar estas instalaciones hasta finales de marzo. Algunos ya lo hacen habitualmente. Les duele, aunque muchos no lo quieran reconocer. Como tampoco quieren dar muchos detalles de los motivos que les han llevado a una situación tan límite. Van pasando de diez en diez.El frío es aterrador. Son las nueve de la noche y se hiela hasta la sonrisa. Sí, esa sonrisa que, pese a todo, muchos no pierden. Ahí están. Ligeros de equipaje. Apenas una maleteja con sus cosas personales. Con sus cachibaches. Con sus historias. Los hay jóvenes, muy jóvenes. Y extranjeros. Llegan a ser el 66 por ciento, nos dicen los técnicos municipales y la gente del Samur Social que está al quite de este dispositivo. Igual que en todas las Campañas del Frío. Con sus trabajadores sociales, sus psicólogos, sus médicos y sus enfermeros.
Ahí anda Raúl, psicólogo, pidiendo por favor a un hombre joven que acaba de llegar a la puerta del albergue. «No te cueles porque tus compañeros se enfadan». El hombre, es cierto, va con muletas y camina con dificultad... Raúl le recomienda que vaya a la fila y que le llamará cuanto antes.
Michel, de origen belga, 40 años, y David, español, de sólo 20, van a ser compañeros de cama. Al primero le ha tocado la número 14; a David la 15. Ambos han rellenado ya su ficha con su filiación -siempre es necesaria-, y están dejando en consigna sus pertenencias. Ponen cara de no fiarse pero los empleados les aseguran que las podrán recoger por la mañana sin ningún problema, que todo está a salvo.
De ahí se van con su «kit» de aseo camino del comedor. La cena de hoy consiste en caldo, bocadillo de pollo, un quesito,yogur, galletas y café.
«Yo vine a Madrid hace tres meses y perdí el pasaporte», nos cuenta Michel en francés, porque español sabe muy poco. Lleva «rastas» en el pelo y varios jerséis, uno encima de otro, como las capas de una cebolla. Se le nota tranquilo. Dice que busca trabajo y que para él, «todo esto es como una aventura».
«Busco trabajo»
El caso de David tiene otro color. A sus 20 años, este chaval todavía se pregunta qué ha pasado en su corta vida para tener que verse durmiendo en un centro para indigentes. Y es que él lo es. «Llevo seis meses durmiendo en la calle pero ya no hay quien aguante tanto frío. Me he venido aquí. Por lo menos estoy bajo techado». Sólo nos habla de su abuela «que está enferma y no cobra nada».Dice que fue adoptado y que no sabe nada de su familia. Nos despide con un gesto que pide a gritos una muestra de cariño y de comprensión. Pero no comprendemos que esté ahí esa noche. Ni ninguna otra. Al menos, nos insiste en que «algún día encontraré trabajo». Suerte David. Pasamos por la zona de fumadores. Alguno que otro está echando un pitillo antes de ir a la cama. A dos pasos, el comedor.
Ciego desde los 3 años
Antonio Moreno, 48 años, ha terminado de cenar. Escucha su pequeño transistor mientras apura un vaso de café con leche. Es ciego. «Tengo el nervio óptico destrozado. Empecé a perder vista a los tres años. Entonces, alguien me echó en los ojos una pomada muy famosa para la tos. Mi madre intentó lavarme con agua pero, por desgracia, el mal ya estaba hecho», nos cuenta sin perder ese humor negro de que hace gala. «Yo sólo veo las estrellas... ¡cuando me pego un golpe, claro!». En la historia de Antonio hay mucho de desamor. «Me separé hace ocho años. Me tuve que ir de casa pero no tenía dinero para comprar otra. Mi vida laboral no ha sido buena. Tengo una pensión contributiva que da para muy poco. De día pido en las iglesias». Y nos relata, una a una, casi todas las del centro de Madrid, desde la de Jesús de Medinaceli hasta la de San Judas Tadeo.
«¡A ver si me toca la lotería y me compro un piso!», asegura. Por ilusiones, que no quede. «¿Solo? Yo no me siento solo. Tengo muchos amigos». Lo más curioso es que dice tener padres, hermana y un hijo que viven todos juntos. ¿Y tú?, le preguntamos. «No quepo en casa». Vale. Ahí lo dejamos.
Abandonamos el albergue de la Casa de Campo. Los del Samur Social quieren «patrullar» la gélida noche madrileña, ya muy avanzada, para recoger a los mendigos que estén en la calle. En la capital hay cerca de 2.000 personas sin hogar, unas 1.700 usan los servicios municipales, el resto no quiere abandonar el duro y frío asfalto, incluso a riesgo de morir congelado.
«Allí estarás calentito»
Enrique es uno de los fijos en la plaza Mayor. Desde hace dos años y medio tiene su «domicilio» en el pasadizo que va a dar a la calle Mayor. La corriente de aire es para pulmonía. Darío Pérez, responsable de Personas sin Hogar del Samur Social no termina de convencer a Enrique para ir al albergue de la Casa de Campo. «Allí estarás calentito. Te aseas y comes caliente».
Darío no se cansa. Lo intenta todas las noches. Enrique le dice que no insista, que se queda ahí. Que en el albergue no es para él porque «hay mucho desmadre y cada uno es de su padre y de su madre». La delegada de Familia y Asuntos Sociales, Concepción Dancausa, que también está esta noche viendo cómo se desarrolla la Campaña del Frío, se lo pide por favor. «Señora, no insista. Si me dan el subsidio que he pedido iré a una pensión. Hasta que llegue, prefiero la calle». Seguro que Darío vuelve esta noche.
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