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Hong Kong: Vivir en una «casa jaula»

En Hong Kong, una de las capitales mundiales del lujo junto a Nueva York, Tokio, París y Londres, un ejecutivo de una gran multinacional llega a pagar hasta 30.000 euros al mes por un exclusivo

Actualizado 30/08/2009 - 01:35:34
En Hong Kong, una de las capitales mundiales del lujo junto a Nueva York, Tokio, París y Londres, un ejecutivo de una gran multinacional llega a pagar hasta 30.000 euros al mes por un exclusivo «dúplex» de 650 metros cuadrados con vistas al mar en Repulse Bay, cerca de la elitista playa de Stanley. En su condición de paraíso fiscal y como lugar de residencia de numerosos multimillonarios que atesoran las mayores fortunas de Asia, la antigua colonia británica aparece cada año en los primeros puestos de las listas con las ciudades más caras del planeta.
Gracias al extraordinario crecimiento económico de China y a sus inversiones en la cercana «fábrica global», situada a sólo unos kilómetros en la vecina provincia de Guangdong, los magnates de Hong Kong se han enriquecido aún más, consolidando a la ciudad como uno de los principales centros comerciales y financieros de Asia y el primer puerto del mundo en contenedores de mercancías.
El dinero corre como la espuma por esta isla situada al sur de China, donde su frondosa maleza tropical ha sido reemplazada por una jungla de futuristas rascacielos de cristal y acero. Audi, Mercedes, BMW, Rolls Royce y Bentley inundan sus autopistas de varios niveles mientras los jóvenes hongkoneses, consumistas «fashion victims» con el pelo de punta o coloreado, se pirran por el último móvil de pantalla táctil o la última marca de moda.
La otra cara de la moneda
En el distrito de Central, iluminado por los neones de las «boutiques» de Prada, Gucci o Armani, bellezas orientales con carísimos vestidos ajustados y bolsos de Louis Vuitton bajo el brazo desfilan como zombies de compras por las galerías comerciales y los pasajes elevados que las conectan para que vayan de una a otra sin pisar siquiera la calle.
Pero hay otra parte de la ciudad que vive al margen de esta opulencia, obscena hasta el exceso, y sufre las consecuencias de residir en un pequeño espacio densamente poblado. Con siete millones de habitantes, la isla de Hong Kong sólo ocupa una superficie de 83 kilómetros cuadrados, aunque sus límites se extienden 1.000 kilómetros cuadrados más en la zona continental de Kowloon y los Nuevos Territorios.
Es precisamente aquí donde viven la clase media y las capas más humildes de la sociedad, que deben conformarse con diminutos apartamentos en cochambrosas colmenas de viviendas de más de 30 plantas. Como el metro cuadrado en Hong Kong es uno de los más caros del mundo, la falta de suelo edificable se ha cebado de lleno con los 1,3 millones de personas que, según la ONG SOCO (Society for Community Organization), viven bajo el umbral de la pobreza en este paraíso de los ricos.
En su búsqueda del máximo beneficio a la hora de aprovechar el poco espacio disponible, los propietarios de pisos llevan décadas dividiendo sus habitaciones para albergar al mayor número de inquilinos. Son las denominadas «casas partidas», unas viviendas donde familias numerosas viven, duermen y comen hacinadas en pequeños cuartos, cruzándose cada día en los atestados pasillos para ir al baño colectivo.
Todo en 20 metros
Pero la palma de esta avaricia inmobiliaria se la llevan las «casas jaula», donde sus inquilinos malviven en pequeñas literas enrejadas como si fueran pájaros humanos. Es el caso de Kong Sin-kan, un hombre de 63 años que llama hogar a un cubículo de hierros oxidados apilado junto a otras 14 jaulas en una habitación de apenas 20 metros cuadrados. Para asearse, el cuarto sólo dispone de una letrina común con un lavabo que gotea y un agujero en el suelo para hacer las necesidades.
Sin colchón ni sábanas, Kong utiliza una esterilla y unos cartones llenos de chinches para dormir en su litera, cuya portezuela cierra con un endeble candado para que nadie le robe las cuatro bolsas de plástico con ropa y las dos tazas y platos que cuenta como sus únicas pertenencias. «Es injusto que aquí haya tantos ricos y el Gobierno no haga nada para ayudarnos», se queja el anciano, quien antes trabajaba como vendedor ambulante y ahora recibe la pensión mínima que ofrece la Seguridad Social, que asciende a 3.500 dólares de Hong Kong (318 euros).
Este dinero es el sueldo medio en la China continental, a menos de una hora en tren, pero en la isla apenas le sirve para pagar la friolera de 1.200 dólares de Hong Kong (108 euros) que cuesta el alquiler mensual de su jaula. «Aparentemente, esta ciudad es muy próspera y desarrollada, pero no para todo el mundo», se lamenta el hombre mientras apura una tartera de arroz con verdura que le cuesta unos 20 dólares de Hong Kong (1,8 euros).
A su lado, y bajo el ruido atronador de una televisión que cuelga del techo, sus vecinos hunden avergonzados sus cabezas en sus cuencos y botellas de «bai jiu», un fortísimo licor de arroz muy popular en China. Habitadas en su mayoría por ancianos, parados crónicos, enfermos físicos o mentales, alcohólicos, emigrantes recién llegados de China y miembros de familias desestructuradas, las «casas jaula» ocupan el último lugar en el escalafón de las infraviviendas de Hong Kong a acogen a toda clase de perdedores con los sueños rotos.
En los años 50, la avalancha de refugiados que huían de la hambrienta China comunista desbordó a la isla, donde empezaron a proliferar este tipo de alojamientos baratos. A tenor de los datos oficiales del censo recogidos por la ONG SOCO, que lucha desde 1972 por erradicar tan humillantes cuchitriles, unas 100.000 personas ocupan infraviviendas en Hong Kong. Entre ellas, destacan las «casas jaula», de las que aún quedan un centenar, y las «casas partidas», un poco menos denigrantes.
A sus 57 años, Sin Wai-ming se aloja en uno de estos inmuebles, donde las jaulas han sido sustituidas por literas sin rejas, pero igual de pequeñas y hediondas. Con las perchas con calzoncillos colgando del techo y los ventiladores batiendo sus hélices para combatir el bochornoso calor, el hombre comparte con otras 28 personas más un oscuro y maloliente piso de 30 metros cuadrados y tres sucios retretes, de los cuales sólo uno tiene agua caliente.
Vidas golpeadas
Triste final para un luchador que, con el rostro cuarteado por los golpes de la vida, llegó con sólo diez años a Hong Kong procedente de China, donde «mis padres se morían de hambre. Me ganaba la vida haciendo chapuzas y como albañil hasta que encontré en los astilleros un buen empleo que incluía comida y alojamiento en los barracones de los trabajadores», recuerda Sin Wai-ming.
Pero, en los años 90, los astilleros se trasladaron a China en busca de mano de obra más barata y su vida dio un giro de 180 grados. «Mi mujer y mis dos hijos me abandonaron porque no tenía dinero para cuidar de ellos y acabé en la calle pidiendo limosna y rebuscando en la basura para poder comer», desgrana emocionado Sim, quien ahora trabaja de siete de la tarde a siete de la mañana limpiando un edificio de oficinas.
Con su sueldo de 4.000 dólares de Hong Kong (364 euros), puede pagar la renta mensual de su cubículo, que asciende a 1.350 dólares HK (128 euros), pero apenas le queda dinero para comer y comprar las pastillas que necesita para el corazón. «Vuelvo por la mañana exhausto y tomo un cuenco de "noodles" (tallarines) antes de irme a dormir. Si tengo dinero, como al mediodía. Si no, sigo durmiendo y me espero a la cena, antes de ir a trabajar», indica abatido en la penumbra de su pequeña litera, que ha forrado con cartones y plásticos porque «las sábanas hay que lavarlas y cuestan bastante más».
En la cama contigua dormita Wong Chi-wah, quien a sus 53 años lleva ya bastante tiempo en el paro, desde que la fábrica de tintes para la que trabajaba se trasladó a China. «Con los 2.900 dólares de Hong Kong (264 euros) del subsidio de desempleo no tengo suficiente para vivir y, además, he perdido los beneficios médicos, como la atención sanitaria y dental», protesta Wong, quien sólo come y cena un poco de arroz para ahorrar y seguir pagando su litera. Al fin y al cabo, es su hogar y el único sitio que tiene donde caerse muerto en el lujoso y opulento Hong Kong.
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