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El Tour cumple 100 años: La epopeya que asombró al mundo

Un hombre, una máquina y la capacidad para asombrar. El Tour de Francia, cuya edición número 90 arranca el próximo sábado, cumple 100 años, pero desde la cuna se las ingenió para vestirse de leyenda, para alimentarse de sangre, sudor y lágrimas -el cóctel mejor servido en crónicas y tertulias-, para salpicar sus días de héroes y de hazañas.

Actualizado 30/06/2003 - 09:35:48
Los pioneros. Etapas maratonianas, bicicletas de 20 kilos de peso, carreteras sin asfaltar... Los hombres cargan con las máquinas en esta imagen de los comienzos del Tour
Los pioneros. Etapas maratonianas, bicicletas de 20 kilos de peso, carreteras sin asfaltar... Los hombres cargan con las máquinas en esta imagen de los comienzos del Tour
Pudo ser una continuación de «La Odisea», de Homero, o una «road movie» protagonizada por tipos embriagados de locura, pero en realidad fue un invento mucho más prosaico: una promoción publicitaria de un periódico para aumentar las ventas durante la estéril travesía veraniega. Geo Lefèvre, un joven periodista del rotativo parisiense «L´Auto» -actualmente «L´Equipe»-, propuso a su director, Henri Desgrange, la celebración de una carrera ciclista que enlazase las principales ciudades del país. Desgrange, que amaba este deporte -no en vano había logrado el récord de la hora en 1893-, tuvo una visión: aventureros sometidos a una prueba suprema de supervivencia, pero tentados por el dulce sabor de la gloria; etapas de 500 kilómetros, casi una vida, donde cada corredor se las ingeniaba como podía para alcanzar la meta; bicicletas de más de 20 kilos de peso que avanzaban penosamente por carreteras huérfanas de asfalto; diferencias que se contaban no en minutos, sino en horas... Y, por encima de todo, una historia irresistible que contar. Por eso, el «padre del Tour» se frotó las manos y preparó la pluma y el cuaderno. «Sí -se dijo-, esta carrera va a ser capaz de asombrar al mundo».
El Reveil Matin
Lugar: posada Reveil Matin, en Montgeron, a 20 kilómetros al sur de París. Hora: 15:16 del 1 de julio de 1903. Pelotón: 60 corredores. Meta: Lyon, 467 kilómetros después. Maurice Garin, 32 años, 1,62 metros de altura y poco más de 60 kilos de peso, un deshollinador nacido en el Valle de Aosta (Italia) y emigrado a Francia, donde trabajaba de albañil, fue el vencedor de la primera etapa (y, a la postre, de aquel primer Tour). Llegó a Lyon a las nueve de la mañana del día siguiente, después de haber estado pedaleando toda la noche. Hizo los 2.428 kilómetros de la carrera en seis etapas y 19 días, invirtiendo un tiempo de 94 horas y 33 minutos (a una media nada despreciable de 25 kilómetros por hora). Aventajó en 2 horas y 49 minutos al segundo clasificado, Pothier. Sólo 21 ciclistas llegaron al Parque de los Príncipes de París en olor de multitudes.
Probablemente Lance Armstrong, el texano que intentará a partir del sábado igualar el récord de victorias consecutivas -cinco- de Miguel Induráin, no sepa que el Tour estuvo a punto de morir de éxito a poco de iniciar su andadura. Muchos usos y costumbres han cambiado, pero no el hecho de que Francia se echara a la carretera para aplaudir el paso de los ciclistas. Claro que muchas de aquellas pasiones pretéritas no entendían de ética. A pesar de que la organización disponía controles secretos a lo largo del recorrido, era imposible vigilar el comportamiento de los corredores y del público fuera de esos lugares y las trampas -desde los sobornos a participantes y aficionados hasta los viajes en tren con nocturnidad y alevosía- eran la comidilla de los periodistas que seguían el evento. Garin ganó bajo sospecha las dos primeras ediciones y sólo la intervención de la Unión Ciclista Francesa, eliminando a los cuatro primeros clasificados de 1904, evitó la defunción de la carrera. Garin, por tanto, fue desposeído de ese triunfo a favor de Cornet. Con la imposición de nuevas normas -bicicletas marcadas para evitar cambios, supresión de etapas nocturnas- comenzó la primera «cruzada moral», muchas décadas antes de que, en 1998, el «escándalo Festina» pusiera de nuevo al Tour contra las cuerdas.
Cumbres míticas
En 1910, Desgrange dio otra vuelta de tuerca al incluir en el trazado cuatro grandes puertos de los Pirineos: Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque. Cuatro nombres que, de izquierda a derecha (o viceversa) son recitados de carrerilla por los niños de pecho franceses. Un año después introdujo otros dos puertos míticos, esta vez alpinos: Telegraphe y Galibier. Estos colosos tienen un efecto multiplicador sobre la leyenda del Tour. Las mejores páginas de su historia se escriben en las rampas y las revueltas de los hitos montañosos, sobre los rostros desencajados de los ciclistas que atacan o desfallecen, que hacen la goma o vuelan dándole al molinillo, que pelean con el abrupto paisaje sin apenas tener la oportunidad de mirarle a los ojos.
El belga Philippe Thys se convierte en el primer corredor en ganar tres Tours (1913, 1914 y 1920), una marca que se mantuvo más de treinta años, hasta la llegada de Louison Bobet. Muchos especialistas aún se preguntan cuántos Tours más podría haberse adjudicado Thys, un auténtico superclase, si no se hubiera interrumpido la competición durante la Primera Guerra Mundial. En 1919, año en que nace el «maillot» amarillo, sólo 11 participantes logran acabar la prueba. Henri Pélissier, vencedor en 1923, abandona un año después porque los comisarios no le dejan llevar dos jerseys, uno sobre otro, para protegerse del frío. En una entrevista al célebre periodista Albert Londres, que acuñó el término «los esforzados de la ruta», Pélissier confesaba: «¿Usted no nos ha visto aún en la ducha al llegar? Una vez que nos hemos quitado el barro, estamos blancos como sudarios. La diarrea nos deja vacíos. Nos desmayamos en el agua. El esfuerzo que no permitiríamos que hiciese una mula, lo hacemos nosotros. Aceptamos el tormento, pero no queremos vejaciones».
Hitos y nombres
En 1926 se celebra la edición más larga, con 5.795 kilómetros divididos en 17 etapas. En 1930, la prueba se «humaniza»: 21 etapas y cinco días de descanso. Por primera vez la caravana publicitaria explota este gran escaparate. En 1933 se crea el premio de la montaña, que atrapa el español Vicente Trueba. Después de la Segunda Guerra Mundial surgen los nombres que se han quedado grapados para siempre en la memoria de los aficionados: Bartali -capaz de ganar antes y después del conflicto bélico, y con diez años de diferencia (1938 y 1948) -, Coppi -para muchos, el mejor ciclista de todos los tiempos, aunque otros le superen en palmarés-, Bobet, Gaul, Poulidor -el segundón más famoso del mundo-, Gimondi, Thevenet, Zoetemelk, Fignon, LeMond... y los pentacampeones Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin... El Tour deja de ser un asunto doméstico y adquiere el carácter de mito universal. La fiebre cruza los Pirineos, sobre todo cuando los corredores españoles dejan de ser simples teloneros.
A partir de los años ochenta, la televisión en directo hace retrasar (o suspender) a más de un españolito la sagrada siesta, embizcados padres e hijos en los ataques centelleantes y los descensos suicidas de Perico Delgado, o en la clase y fiabilidad aplastantes de Miguel Induráin. Un viaje en montaña rusa o en butaca, que para gustos no hay nada escrito. Sin embargo, para nuestro ciclismo la mayoría de edad en el Tour había llegado en los tiempos del transistor. Por concretar más, en 1959, con el triunfo de Bahamontes, que tuvo su continuación en Luis Ocaña: en la victoria (1973) o en la derrota (1971) -cuando una fatal caída le impidió dar la puntilla a su gran rival, Eddy Merckx-, el conquense simboliza como pocos el sentido trágico de la vida. Es decir, de la vida que transcurre en un mes, julio, en el que antes de 1903 había poco que contar.
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