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Un tesoro bajo tierra

Todo a su alrededor está en total oscuridad. La linterna de su casco penas alumbra las botas de la chica que va delante de él. Su compañero de detrás, ilumina las suyas. Reptan como orugas por un

Actualizado 30/03/2008 - 21:08:35
Todo a su alrededor está en total oscuridad. La linterna de su casco penas alumbra las botas de la chica que va delante de él. Su compañero de detrás, ilumina las suyas. Reptan como orugas por un suelo cubierto de barro y el buzo que viste nadie diría que era blanco. Pasan por un estrecho orificio en la pared caliza. El guía que va a la cabeza de la hilera ilumina con su linterna la caverna. De repente aparecen en una cueva que le recuerda a la de Aladino. Las joyas no son de oro, son cristales blancos que cubren techos y paredes.
Cuando le ofrecieron ir a la cueva de El Soplao pensó: «¡Bueno, otra cueva más!»...menos mal que al final fue. Esto hay que verlo para creerlo.
En el centro de recepción han dejado las ropas en taquillas como las de un gimnasio, se han puesto los buzos (los hay blancos y rojos), las botas katiuskas y los cascos con una bombilla en la frente. Algunos llevan guantes que se han traído de casa. No es mala idea.
Durante dos horas y media han recorrido seis kilómetros, pero les parece que se han acercado al centro de la Tierra. Sin embargo la cueva tiene 17 kilómetros de galerías, la mayoría de las cuales no se visitan.
Para los más mayores y los más pequeños hay visitas turísticas de sólo una hora en la que se recorre un kilómetro y medio por pasarelas por las que pueden circular sin problemas incluso los discapacitados.
Estamos en la cueva de El Soplao. En Cantabria se han descubierto más de 6.500 cavernas de todo tipo, que conforman un verdadero tesoro subterráneo. Las hay de interés geológico y artístico-histórico. De estas últimas hay catalogadas más de 50, entre las que destaca la de Altamira, pero también cabe citar a las de Puente Viesgo, La Garma, Covalanas, El Pendo. De entre las cuevas de interés geológico (Del Valle, Morín. La Chora, De Rudo...) aunque el primer puesto de este grupo lo ocupa El Soplao.
Esta cueva forma parte de un complejo turístico denominado «Territorio Soplao», en Cantabria. Está instalado en una antigua mina de zinc que estuvo en funcionamiento hasta 1979. Cuando los mineros accedieron a ella por primera vez notaron una corriente de aire fresco procedente del exterior, lo que en su argot se llamaba un «soplao».
Excéntricas
Como sucede en otras cuevas, por las fisuras de las rocas cae agua con sales disueltas que se solidifican en contacto con la atmósfera. En El Soplao (y esta es su gran diferencia) abundan las blancas formaciones excéntricas, preciosas sobre el fondo ocre de la bleda.
Para admirar el arte humano más primitivo sólo tenemos que trasladarnos unos pocos kilómetros hasta Altamira.
Hace más de un siglo, en 1879, un aparcero de una finca cercana a Santillana del Mar llamado Modesto Cubillas se encontraba cazando cuando oyó unos extraños ladridos de su perro. El animal se había metido en un agujero del que no podía salir. Cuando Modesto lo rescató, comprobó que el boquete era la estrecha entrada de una gran cueva que se perdía en las profundidades.
No le dio más importancia, en la zona había muchas simas aparentemente similares. Fue días después, cuando la hijade Marcelino Sanz de Sautuola, bisabuelo de Emilio Botín y dueño de aquellas tierras, se deslizó en su interior y descubrió una extrañas pinturas en las paredes, cuando algunos empezaron a darse cuenta de que la de Altamira no era una cueva más.
El realismo de los dibujos de los animales (bisontes, caballos, ciervos...) allí pintados era tal, que muchos expertos pensaron que se trataba de un fraude, que eran pinturas modernas, recientes. Quizá una broma. Pero las investigaciones posteriores constataron que se trataba de uno de los ciclos pictóricos más importantes del Paleolítico.
Cerrada al público por motivos de conservación, la cueva de Altamira ha dado paso a la llamada «neocueva», una copia idéntica. Sus dimensiones, volumen, relieve, disposición, colores, incluso temperatura y humedad, son los mismos que los del original.
Un divertido museo
Un edificio sencillo y funcional del arquitecto Juan Navarro Baldeweg, perfectamente integrado en el verde paisaje, alberga un museo tan didáctico como divertido. Aunque los itinerarios de visita pueden ser varios, el más recomendable comienza por un recinto en penumbra que, al tiempo de acondicionar nuestra vista a la luminosidad de la neocueva, sirve de sala de proyección de un audiovisual que nos pone en antecedentes históricos y culturales de lo que vamos a ver luego. De ahí pasamos a la neocueva por un lateral, ya que la entrada original, que queda a la izquierda, está cerrada por una gran cristalera que deja pasar la luz natural.
Una pasarela guía nuestros pasos, en ella hay situados estratégicamente atriles informativos que complementan las observaciones de un guía humano. Proyecciones de hologramas desvelan aquí la vida cotidiana de un campamento magdaleniense, y allá las técnicas utilizadas por los pintores de Altamira. Un poco más adelante, una reproducción de una auténtica excavación arqueológica. Y por fin la gran sala, ya sin pasarelas, para que el visitante se mueva a su gusto.
La luz juega con la intensidad para dirigir la mirada del espectador a una u otra pintura, a uno u otro relieve, a una u otra grieta. Reproducciones idénticas de los 16 bisontes, los caballos, los ciervos y los signos en una sala de 18 por 9 metros de superficie que fue llamada con propiedad «la Capilla Sixtina del Cuaternario».
Único en el mundo
La cueva de El Soplao es única en todo el mundo por sus singulares formaciones geológicas. Además de las estalactitas y las estalagmitas propias de muchas cuevas, posee un gran número de formaciones excéntricas o helictítas que parecen ignorar la ley de la gravedad. Sin un eje central, se diría que crecen a su antojo formando unos grandes campos que asemejan plantas nevadas, que en muchas ocasiones cubren el techo, como en la sala que se ve en la foto superior, perfectamente acondicionada para la visita. Los más escépticos sólo tienen que hacer una sencilla prueba: dad la vuelta a la página y verán como parece un fabuloso «jardín nevado» en un techo transformado en suelo.
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