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Vietnam Los atormentados nietos de la guerra

Aunque nació en 1985, diez años después de que los últimos helicópteros evacuaran la Embajada norteamericana en Saigón, Neuyen Thi Van Long figura en la larga lista de víctimas que dejó la guerra de

Actualizado 30/03/2008 - 09:56:32
Aunque nació en 1985, diez años después de que los últimos helicópteros evacuaran la Embajada norteamericana en Saigón, Neuyen Thi Van Long figura en la larga lista de víctimas que dejó la guerra de Vietnam, una de las más cruentas y devastadoras del siglo XX, a la vez que de las más retratadas por el cine de Hollywood. Y sin embargo, su historia no aparece en ninguna película por dos motivos. El primero: porque es vietnamita y las películas siempre las ruedan los norteamericanos y, el segundo, porque la joven no luchó contra los soldados del Ejército más potente del mundo. Aunque las secuelas del sangriento conflicto están marcadas con sangre y fuego en su piel y, sobre todo, en sus genes.
Su alargada cabeza, desproporcionada en comparación con el resto del cuerpo, y sus ojos salidos de las órbitas la han convertido en un desdichado «monstruo» humano que, además, no puede hablar por los graves daños que sufre su atrofiado cerebro.
Como miles de niños venidos al mundo en Vietnam tras el fin de la contienda, Neuyen Thi Van Long sufre los efectos del Agente Naranja, el abrasivo herbicida con el que las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos arrasaban la jungla para obligar a los guerrilleros del Vietcong a salir de sus escondrijos. Uno de esos milicianos era su padre, quien, al igual que otros 4,8 millones de vietnamitas, se vio directamente expuesto a esa potente sustancia química que se ha ido perpetuando de generación en generación hasta afectar a tres millones de personas en la actualidad.
La pesadilla comenzó cuando, el 10 de agosto de 1961, un helicóptero H-34 de la aviación norteamericana vertió la primera oleada de defoliantes en la Carretera Nacional 14, al norte de Kon Tum. Desde entonces, y hasta su prohibición el 30 de junio de 1971, los bombardeos ordenados por la Casa Blanca lanzaron sobre tres millones de hectáreas de Vietnam 80 millones de litros de pesticidas, la mitad de ellos de Agente Naranja.
Estas 110.000 toneladas de herbicidas, que quemaron 90 millones de metros cúbicos de madera de los bosques vietnamitas, contenían 336 kilos de dioxinas, un componente químico tan venenoso y letal que sólo 80 gramos del mismo disueltos en la red pública de suministro de agua son capaces de aniquilar a una ciudad de ocho millones de habitantes.
Según los expertos, dichas dioxinas pueden permanecer en la superficie terrestre 25 años y hasta un siglo en las capas más profundas, por lo que sus daños ecológicos son también catastróficos. En el ser humano sus consecuencias suelen durar una década, pero ha habido casos de contaminación que se han prolongado durante 35 años.
Teniendo en cuenta que EE.UU. arrojó directamente 4,7 millones de pesticidas sobre 33.339 hectáreas de cultivo y 3.138 pueblos, no es de extrañar que aún hoy sigan naciendo niños seriamente afectados por el Agente Naranja, capaz de provocar hasta 35 distintas enfermedades.
La mayoría de ellas son tumores, leucemias linfáticas, alteraciones del sistema nervioso y horribles malformaciones físicas, como las que se observan en la Aldea de la Amistad, un centro ubicado a las afueras de Hanoi donde se atiende a 120 niños venidos de 34 provincias de Vietnam y a 40 veteranos de guerra. «El 60 por ciento de nuestros internos tiene problemas mentales, por lo que aquí les ofrecemos un tratamiento y un proceso de rehabilitación para que los más capacitados puedan valerse por sí mismos», explica a ABC el director de esta institución estatal, Dang Vu Dung.
Una de esas pacientes es Neuyen Thi Van Long, quien, a pesar de su minusvalía, es la más rápida de su clase confeccionando flores de papel. Menos habilidosa se muestra, en cambio, Dang Thi Nu, una niña de 12 años ciega, sorda y retrasada, que ha reproducido los síntomas del Agente Naranja en la tercera generación de su familia después de la guerra. Aunque su progenitor, hijo de un soldado que se vio expuesto a dicha sustancia durante la contienda, nació sano, la pequeña ha acabado desarrollando una enfermedad que nadie sabe cómo ni cuándo puede surgir.
Por su parte, Canh Chi Long apenas sobrepasa el metro de altura a sus 24 años porque las dioxinas han afectado a su crecimiento, pero al menos es capaz de valerse por sí mismo y no como las decenas de niños deficientes y con microcefalias (cabezas diminutas) que pululan por el centro como si fueran los renglones torcidos de los bombardeos del «tío Sam».
El catálogo de horrores provocado por el Agente Naranja es tan variado que va desde las deformaciones de miembros que padecen los hermanos Le Van, anclados de por vida a una silla de ruedas, hasta la extraña mutación de Le Van O, quien nació sin ojos y ni siquiera tiene párpados, por lo que una fantasmal y lisa superficie de piel le cubre la parte superior del rostro.
A tenor de los estudios realizados en el Hospital Tu Du de Ho Chi Minh, donde se atienden los casos más graves, uno de cada mil niños vietnamitas sufre malformaciones genéticas. A ellos hay que sumar los miles de soldados que han desarrollado distintos tumores y dolencias tras verse expuestos al letal pesticida.
Por ese motivo, la Asociación de Víctimas del Agente Naranja, que engloba a más de 10.000 personas, presentó el 30 de enero de 2004 una demanda contra 36 compañías americanas que suministraban sustancias químicas al Pentágono, como Dow Chemical, Diamond Alcali, Uniroyal Chemical, Thompson Chemical, Hercules, Monsanto, Ansul y Thompson Hayward.
El 10 de marzo de 2005, el juez encargado del caso desestimó su denuncia a pesar de que dichas firmas ya habían indemnizado en 1984 con 240 millones de dólares a los militares de EE.UU. que se vieron afectados por el peligroso pesticida mientras participaban en el conflicto.
«Esa decisión supone una desigualdad con las víctimas vietnamitas. Hemos apelado la sentencia y lucharemos hasta conseguir una indemnización porque la mayoría de los afectados son muy pobres y no pueden costearse un tratamiento», criticó el portavoz de la Asociación, Mai The Chinh.
Durante años, EE.UU. ha negado los efectos del Agente Naranja en Vietnam, convertido en un motivo de rifirrafes diplomáticos entre ambos países. De hecho, cada vez que Washington rechazaba las alegaciones de este bello pero castigado país del sureste asiático, el gobierno vietnamita organizaba algún concierto a favor de las víctimas de tan letal pesticida para denunciar su situación ante la comunidad internacional. Pero, desde la visita del presidente Bush a Hanoi para participar en noviembre de 2006 en la cumbre de países de Asia-Pacífico (APEC), ambas partes han empezado a colaborar para intentar solucionar el problema.
Descontaminación de la zona
Washington ya ha destinado unos 250.000 euros para realizar un estudio sobre la descontaminación de las zonas afectadas y dos millones de euros para proceder a su limpieza, pero dicha cantidad se convierte en una minucia porque las autoridades vietnamitas calculan que les costará 25 millones de euros recuperar su deteriorado medioambiente.
Entre los lugares más afectados destaca la antigua base aérea militar de Danang, donde se mezclaba el Agente Naranja y cuyos restos en el subsuelo se filtran a esta ciudad de un millón de habitantes cuyo principal reclamo turístico son sus playas. Cerca de su aeropuerto internacional, los niveles de dioxinas detectados por los científicos llegan a ser entre 300 y 400 veces superiores a los límites establecidos por la Organización Mundial de la Salud.
Un ejemplo más de que, tres décadas después de vencer al Ejército más poderoso del planeta, a Vietnam aún le queda por ganar la última batalla de una atroz guerra que todavía no ha acabado.
POR PABLO M. DÍEZ. HANOI
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