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Veinte años después, Julio López Hernández completa su monumento a Jorge Manrique

«Es uno de los monumentos más trabajosos que he hecho en mi vida», comenta Julio López Hernández, que ve cumplido un proyecto que se demoraba ya dos décadas. En la localidad palentina de Paredes de Nava, donde nació Jorge Manrique, lucirá -por fin completo- el monumento a su poeta.

Actualizado 29/03/2002 - 01:44:40
López Hernández da los últimos retoques al bajorrelieve del monumento a Manrique. Fotos: Ernesto Agudo
López Hernández da los últimos retoques al bajorrelieve del monumento a Manrique. Fotos: Ernesto Agudo
MADRID. La poesía ha estado siempre muy vinculada a la carrera escultórica de Julio López Hernández. Por muchos motivos. Ha recibido numerosos encargos y ganado no pocos concursos para modelar las imágenes de Lorca (la misma que luce en el Teatro Español), Guillén, Juan Ramón, Gerardo Diego, Jorge Manrique (el primer poeta que modeló en una medalla junto a su hermano Paco en los años cincuenta), Machado (en un monumento sin terminar encargado en 1992 por el duque de Alba para el Palacio de las Dueñas de Sevilla y cuyo proyecto lo paralizó el Ayuntamiento)... Por su estudio vagan los espíritus de todos ellos -cual imágenes fantasmagóricas dignas del último Amenábar- gracias a los originales de poliéster de sus esculturas, que conserva con gran cariño.
Galería de premios Cervantes
También ha tenido el honor de inmortalizar la efigie de casi todos los premios Cervantes, en cuya nómina hay destacadísimos poetas. En el estudio cuelgan escayolas con la estampa de Cela, Vargas Llosa, Borges... y, aún a medio terminar sobre su mesa, la de Mutis, último laureado. A todo esto unimos que el artista es un buen lector de poesía -«no soy un lector de poesía poderoso, sino muy precario», dice con modestia-. Confiesa que en la poesía halla concentrados todos los temas humanos, dichos con la pura palabra. Soy un enamorado de la poesía y me asombra que la palabra pueda tener esa amplitud y abarcar campos tan sugerentes. Sin la poesía no podríamos ver nada trascendente en la vida».
Pero aún queda una última vinculación de López Hernández con la lírica. Cada vez que su hija Esperanza escribe un poemario, se inspira en él para realizar una pequeña escultura, algo que se ha convertido en una buena costumbre.
A comienzos de los años ochenta (81-82) ganó un concurso -el jurado lo presidía Santiago Amón- para hacer un monumento a Jorge Manrique en su pueblo natal, Paredes de Nava (Palencia). En 1986 concluyó la figura en bronce del poeta, que luce en una plaza de esta localidad. Pero aún faltaba por dar forma a una segunda parte del monumento: un relieve que se colocaría detrás del bronce de Manrique. Por tanto, veinte años después, se completa finalmente este gran monumento al autor de «Coplas por la muerte de mi padre». Modelado ya en barro, ahora sólo falta hacer los moldes de silicona y reproducirlo en un poliéster de piedra.
Como confiesa el propio escultor en la memoria del monumento a Manrique, éste se concibe como «un espacio abierto y contenido sólo por dos grandes planos: uno horizontal y otro vertical que vienen a aludir a la vida y a la muerte, respectivamente. En el primero, la vida, tierra y agua, situaremos la imagen de Jorge Manrique que deberá establecer un diálogo ineludible con el otro plano, el de la muerte. El poeta aparece sentado sobre la tierra que se estratifica de forma parecida a los meandros, figurando así el movimiento inagotable de un río».
Ha querido López Hernández que la imagen de Manrique tratara de acercarse a la descripción ideal que de él hace Azorín: «Toda su persona diríase que es una sombra traslúcida y detrás de él, detrás de su sonrisa de dulzura infinita, la imagen transparente también de la muerte. Una muerte que es una bella, grácil, pálida mujer que inclina un poco la cabeza hacia el poeta». Dicho y hecho. El escultor se dispuso a dar forma a estas ideas.
Ramas y hojas de parra
Quiso que el personaje se encarnase en un hombre que conservara características de época: «Sus atributos militares, si no totalmente omitidos, están someramente sugeridos para dar acento a su condición de escritor, aun conservando cierta apariencia de hombre fuerte, curtido por clima y paisaje. Como fondo se levanta un bajorrelieve con una mujer, figura azoriniana de la muerte. La plancha está atravesada por ramas y hojas de parra, símbolo del transcurso del tiempo». El bajorrelieve se completa con una inscripción basada en el lema: «Daremos lo no venido por pasado». Entre sus proyectos inmediatos Julio López tiene previsto rematar varias esculturas, en las que como modelos ha tomado a miembros de su familia: una de su hija Marcela, otra de un nieto suyo comiendo, cuya imagen aparece reflejada en la mesa...
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