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«Lucía de Lammermoor»: locura belcantista

Salvo error u omisión, con esta «Lucia di Lammermoor» el Palau de les Arts se va a citar por primera vez con el belcanto en estado puro desde que la sala principal del teatro abrió sus puertas. No

Actualizado 30/01/2010 - 18:22:21
Bajo la Luna de Escocia. Escena de la producción «Lucia de Lammermoor»
Bajo la Luna de Escocia. Escena de la producción «Lucia de Lammermoor»
Salvo error u omisión, con esta «Lucia di Lammermoor» el Palau de les Arts se va a citar por primera vez con el belcanto en estado puro desde que la sala principal del teatro abrió sus puertas. No obstante se adelantó el pequeño teatro Martín i Soler, sede del Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo, con una magnífica Scala di Seta rossiniana a principios de temporada.
Así que el estreno a lo grande en este género a caballo entre siglos XVIII y XIX lo será con esta la ópera en tres actos de Gaetano Donizetti, estrenada en el teatro de San Carlo de Nápoles 1835, en la que Salvatore Cammarano aporta un libreto empeñado en seleccionar las escenas más dramáticas de la novela de Walter Scott, en que se basa la historia, para construir una trama llena de sucesos sangrientos y escenas de pasiones irrefrenables, que hoy pueden provocar cierta hilaridad en el espectador que se resiste a comprender que por aquel entonces este paroxismo era cosa seria.
Desde que la célebre prima donna Fanny Tacchinardi-Persiani fuera la encargada de interpretar el papel protagonista, Lucía ha sido un rol decisivo para muchas de las sopranos que lo han paseado por los teatros de todo el mundo, puesto que conjuga virtuosismo vocal y expresión dramática, convirtiendo esta obra en todo un reto interpretativo. Quizás por ello, como indican las crónicas, la propia Tacchinardi fue factor decisivo para el éxito que de inmediato obtuvo la ópera.
Desde entonces pocas páginas han tenido una difusión tan inmediata en teatros tan lejanos: en 1937 ya se estrenó en el Teatro Principal de Barcelona, en 1841 ya se disfrutaba en Nueva York y en 1848 en Buenos Aires. También hay que decir que desde ese momento la partitura sería objeto de toda clase de aditamentos, reducciones, variaciones a la medida de unas o de otros.
Esta obsesión de las prima donnas por este rol tiene ejemplos tan significativos como el de Adelina Patti -posiblemente la estrella más celebrada de la ópera italiana en el siglo XIX- que se presentó como Lucía en Nueva York con apenas 16 años.
Lucías en la fonografía
Si Lucía es una ópera para divas, diva entre ellas fue la Callas. Su Lucia Ashton es referencial. Dos fueron las grabaciones que realizó junto al gran director italiano Tulio Serafín. Una primera en 1954, todavía en mono, junto a Di Stefano y Gobbi, y la segunda y extraordinaria con la Orquesta Philarmonia y Ferruccio Tagliavini, sensacional Edgardo, y Piero Cappuccilli que no le va a la zaga, sin olvidar la nada desdeñable que con Karajan llevara a cabo en 1955 para EMI, con Di Stefano nuevamente.
Otra de las favoritas de la crítica por la rutilancia de las voces es la grabación que para Decca hicieran el director inglés Richard Bonynge, su esposa Joan Sutherland y un joven Pavarotti en 1971 junto a la Orquesta del Covent Garden -de nuevo otra formación inglesa-. ¿Qué se puede esperar de la pareja Shutherland-Pavarotti en los mejores años de su carrera? Pues eso: esplendor, agilidades, frescura..
Nuestra representante en la nómina de eximias Lucías es, cómo no, Montserrat Caballé. Sin duda una de las grandes, que para Philips en 1976 grabó con Carreras y López Cobos una de las versiones a tener en cuenta. Eso sí, muy respetuosa con la partitura y lejos de añadidos y ornamentos tan de moda.
Lucía de les arts
Me arriesgaré vaticinando que las expectativas puestas en el joven reparto no se han visto frustradas, pero no olvidemos que esta partitura debe ser abordada por cantantes de primer nivel. Nino Machaidze es estrella emergente (debutó profesionalmente hace no más de tres años), pero ya se le escucha en los principales coliseos del mundo. Lo que le he escuchado y visto, precisamente en una Lucía de la Ópera de Salerno, posee medios y aptitudes dramáticas prometedoras, además de, hay que decirlo, una imagen que ayuda. Hay confianza en que Francesco Mali pueda hacer un gran Edgardo, pues ya mostró unas magníficas facultades en el Don Giovanni de la primera temporada con un Don Ottavio sobresaliente.
La orquesta de la Comunitat Valenciana y el Cor de la Generatitat están dirigidos por un debutante absoluto en nuestra ciudad como es el londinense Karel Mark Chichon. Le avala haber sido asistente del tristemente desaparecido Sinópoli y del mismísimo Gergiev. La crítica es benevolente con la labor de este joven director (1971) pero habrá que valorar tras la última función qué resultados ha extraído de la gran formación valenciana

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